Archive for the ‘Economia’ Category

h1

¿El derrumbe de la civilización occidental?

19 julio 2011

Sí, al final parece que puede petar todo. La prima de riesgo española sobre los 300 puntos, Defcon 1, que implica riesgo inminente de quiebra. Nuestro amigo que trabaja en el sector público quizá no cobra el próximo mes. Portugal de bono basura, y un tercio de su deuda está en manos españolas. Prima de riesgo italiana en 337 puntos; las inversiones francesas en su deuda equivalen en un tercio de su PIB. Es decir: la economía europea es una complejísima red de interdependencias donde todo el mundo le debe a pasta a su vecino y los últimos vecinos tienen tremendos problemas para devolver las deudas a unos bancos franceses y alemanes con tremendos agujeros que tapar. Y al otro lado del charco, los republicanos se cierran en banda y no le dejan a Obama ni subir los impuestos (los recortes de impuestos de Bush han causado un déficit enorme en su economía -¿pero los recortes de impuestos no creaban riqueza, señor Friedman?-, junto con las guerras de Irak y Afganistán) ni endeudarse, lo que implicaría que el Imperio se declarara en suspensión de pagos y no pudiera pagar las nóminas de sus funcionarios para agosto. Las piezas de dominó van cayendo y el efecto extendiéndose – ¿estamos delante el fin de la Europa tal como la conocemos, sumida en una larguísima recesión como si fuera una nueva Edad Medieval, estancada en miedos ultraconservadores, paranoica a lo nuevo y extraño, sin savia fresca con la que bombear al tejido productivo?

Si el crecimiento europeo sigue así de retrasado respecto al de sus competidores, a mitad de siglo su economía podría tener la misma dimensión que la de África.

Gordon Brown, ¿Por qué se durmió Europa?

Quizá el tiempo de Europa ya ha pasado. Los Estados, como las especies, nacen, se desarrollan y terminan muriendo. Es ley de vida – política. Ciertamente el camino al siguiente nivel pasa por cambios extensivos en la economía que revisen los modos de producción para humanizarlos y hacerlos más ecológicos y democráticos; precisamente Europa es un óptimo campo de experimentación para ello (decrecimiento en Francia, Takis Fotopoulos, etcétera). Pero introducir novedades que permanezcan -innovar, vaya- es extremadamente difícil.

Es evidente que cada una de estas tres preocupaciones –déficits, inestabilidad bancaria y bajo crecimiento– está entrelazada con las otras dos de tal manera que las políticas que se centran en una sola de ellas son mucho menos eficaces que una estrategia global que intente resolver las tres de forma simultánea. Y la estrategia paneuropea es aún más necesaria porque el euro se creó sin ningún mecanismo para evitar ni resolver crisis y sin ningún acuerdo sobre quién tiene la resposabilidad suprema de financiar los costes de las crisis.

Gordon Brown

En esta crisis, hay dos salidas del túnel distintas: la fácil, porque no es innovadora, que consiste en ir cada uno a la suya, petar el euro, volver a la peseta, endeudarse devaluándola y con esto creando inflación, decir adiós al 10-15% del PIB español fruto de inversiones extranjeras y ponerse a trabajar duro-duro. Esto es retroceder décadas de integración y progreso económico. La otra opción es la chunga, porque significa entrar en un terreno nuevo: los Estados Unidos de Europa, frutos de una verdadera integración económica en materia presupuestaria (impuestos alemanes para servicios sociales alemanes también en España, y no impuestos africanos para servicios europeos) y así con el permiso para endeudarse con eurobonos pagados quizá tan sólo a un 0,25% más que los alemanes, porque la avalaría una disciplina en los ingresos y los gastos mucho más responsable que dedicarse a montar juegos olímpicos en Atenas con un fraude fiscal generalizado.

Porque aquí está la clave: para una verdadera estrategia paneuropea, hace falta una revolución en la cultura cívica de los países del sur. Evadiendo nuestros impuestos a pequeña escala justificamos los desmanes más grandes de Botín y compañía, un modo bastante tonto de dispararse en el pie, porque resulta más económico pagar la porción de impuestos que toca que tolerar ese fraude fiscal a grande escala no habiendo pagado. En Gran Bretaña, el abuso de los gastos parlamentarios -las MP’s expenses– no era en absoluto ilegal, pero sí poco ético. Hubo dimisiones. En el caso Murdoch, ya han dimitido la número 3 del imperio mediático, el jefe y subjefe de Scotland Yard, el jefe del gabinete de comunicación del primer ministro y otros ¡sin que tan siquiera haya juicios!, no sólo en el sector público, sino también privado, porque allí al norte existe la idea de rendición de cuentas de los poderosos – la sociedad civil tiene conciencia de su poder cuando se indigna, un poder siempre tan necesario.

Éstas son las cosas maravillosas que hemos podido ver este año: la sociedad egipcia echando a Mubarak y con ello poniendo en jaque a todo el imperio americano, la sociedad británica rebelándose contra Murdoch, son casos de muchos David haciendo frente a Goliat. Es la afirmación de un poder muy real que olvidamos demasiadas veces, y que aquí brotó en forma de 15-M, y todavía permanece vivo. Si nos olvidamos de este poder, que conlleva una gran responsabilidad, pasa lo que pasa: aquí un presidente de comunidad autónoma será juzgado por sobornos y tenemos que tolerarlo porque lo han votado 1.200.000 valencianos. En Italia tienen a Berlusconi. No hase falta decir nada más. La integración europea, única solución de facto, pasa por una mayor cultura cívica, que eche a este tipo de políticos a la calle.

h1

Los recortes sociales son de izquierdas

18 julio 2011

La crisis empezó en Wall Street, está claro. Pero una vez los bancos cierran el grifo del crédito y van a las inversiones más seguras (que los bancos tuvieran estas funciones era parte intrínseca del sistema que mucha gente -no todos- aceptaba, beneficiándose también), las más arriesgadas se resienten y esto se convierte en una crisis de deuda: una inversión poco segura son los bonos de los países del sur (Grecia, Portugal, España, Italia) más Irlanda, los PIIGS. Por un lado, Irlanda tuvo que ser rescatada por las pérdidas de sus bancos, pero los países del sur comparten las mismas características: una (in)disciplina presupuestaria muy pero que muy chunga, gastar mucho más de lo que uno ingresa, ya que, claro, por algo tenemos los fondos de cohesión europeos y tanta inversión extranjera.

Y, sobre todo lo demás, [Italia] es un país con una economía extraña, casi incomprensible, un caso casi único de burocracia y derroche, desempleo bajo y ocupación todavía más baja (el 50% de las mujeres no trabajan), deuda pública estratosférica (1,89 billones, el 120% del PIB) y crecimiento casi nulo (un 0,2% acumulado desde 2001 hasta ahora, solo mejor que Haití y Zimbabue), déficit moderado (4,6%) y actividad sumergida a espuertas. Como en España, o más.

Las tres mafias italianas facturan unos 150.000 millones anuales, según las estimaciones de diversas asociaciones de comerciantes y de la patronal, Confindustria. La corrupción cuesta cada año, según el Tribunal de Cuentas, 70.000 millones de euros. Y la evasión fiscal, según ha declarado Tremonti hace unos días al Financial Times, se eleva a 150.000 millones. “Increíble”, apostillaba Tremonti, como si las tres amnistías fiscales que su Gobierno ha aprobado en nueve años no las hubiera hecho él.

Compartimos un fraude fiscal espectacular (un 23% del PIB en el caso español, diez puntos por encima de la media europea) que lastra los ingresos del Estado y un gasto que va entre el derroche en obras faraónicas (AVEs lo contrario de rentables, Ciudades de las Artes y las Ciencias, Madrid olímpica, etcétera) y un Estado de bienestar infradesarrollado (nada de inversión en I+D, universidades endeudadas, sanidad paralizada). Con estas cuentas, no me extraña que nadie quiera invertir ahora en España.

Cuando uno tiene pérdidas, para equilibrar el presupuesto o bien subes los ingresos o bien bajas el gasto: lo primero se consigue o bien aumentando los impuestos (justo lo opuesto de lo hecho por el Zapatero de “lo que hay es una pequeña desaceleración económica, no crisis”) o bien endeudándose con la emisión de bonos (lo que crea inflación -de momento muy controlada- y, claro está, uno contrae deudas con los buitres mafiosos de Wall Street, que no es tan divertido el keynesianismo de a la larga estaremos todos muertos y podemos aumentar el déficit tanto como queramos) o bien vendiendo activos (es decir, privatizando). La otra opción es reducir gastos: menos universidades, menos hospitales, menos pensiones, y no mola nada.

Pero también menos Ejército (9000 millones al año) o menos Iglesia Católica (6000 millones al año): el primero constituye un 4% del PIB y vender toda la maquinaria bélica (¡privatizarla!) a los chinos daría un respiro a las cuentas. Igualmente, lo ahorrado por los recortes a universidades catalanas equivale a lo perdido por la supresión del impuesto de sucesiones, unos 400 millones que se imponían a pocas familias. Según su peculiar idea de lo que es “defender a Catalunya”, CiU, cuando toca recortar, quita ingresos -impuestos- y se ceba con los servicios sociales, olvidándose oportunamente de las generosísimas inyecciones de dinero público a constructoras y bancos. Y es que cuando toca equilibrar presupuesto, mucho mejor si lo hace alguien con sensibilidad de izquierdas (y no me refiero a la centroderecha con un tarro de vaselina retórico al lado) que de derechas (tradicionalmente derrochadoras, sólo hay que ver el déficit causado por Berlusconi, Reagan o Bush y el superávit de Solbes, Prodi y Clinton). No sólo toca tener una presión fiscal de características europeas para poder ofrecer unos servicios europeos -recuperación del impuesto de patrimonio, de sucesiones, sociedades y el tipo máximo del IRPF-, sino también imponer una racionalización de la Administración: menos y más eficiente.

Cuando el PSOE ha tenido que equilibrar presupuesto, ha ido a lo fácil, es decir, al pequeño y débil: más impuestos regresivos (IVA…) y menos servicios sociales. Lo que haría cualquier partido de derechas. Pero la crisis reclama una revisión de las prioridades, preguntarse si este modelo productivo tiene sentido en el contexto de la globalización, y acometer reformas no sólo al nivel más bajo, sino también al nivel más alto, que es lo difícil, lo valiente -el problema que hemos llamado de Indiana Jones. ¿De qué sirve un Parlamento con 350 diputados con sus dietas y beneficios si al final todos votan al unísono de lo que les manda el portavoz de su partido? La “racionalización de la Administración” no es un eufemismo, y conlleva cambios importantes y extensivos a todos los niveles: el gobernante izquierdoso redistribuirá de un modo mucho más justo el esfuerzo con el que todos pagamos la crisis; hará recortes, sí, pero también en la construcción del AVE a Albacete, del que sólo se beneficia el constructor Florentino Pérez.