Archive for the ‘Teoria Política’ Category

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El problema ‘Indiana Jones’

8 julio 2011

Un 15M rompiéndose la cabeza: ¿qué reformas hay que hacer en este país?

Lo podemos llamar el problema Indiana Jones: la necesidad de cambiar algo tan esencialmente fundamental del sistema que es necesario encontrarle un sustituto con el que reemplazarle rápidamente, con tal de evitar el colapso del sistema que se pretende salvar. Si imaginamos la red de relaciones de poder como scale-free (abajo), los bancos (punto rojo) o constructoras (punto azul) han acumulado tanto poder (se han situado en los sitios más hiperconectados de la red) que se han constituido en garantes de la cohesión del sistema. Si caen ellos, caemos todos y así se puede establecer el chantaje con el que los oligopolios se dirigen a la sociedad para obtener carta blanca en sus actuaciones y ser lo más irresponsables que se pueda. ¡Total, son too big to fail y van a ser salvados igualmente! Es el modo más fácil de legalizar la privatización de los beneficios, socialización de las pérdidas. Nos vemos obligados a costear entre todos el colchón de estos puntos hiperconectados, porque nos va también nuestra propia vida en ello.

Cuando las cosas van mal, en primer lugar, como en esta crisis, se opta por el recurso fácil: reforzar los cimientos del sistema para garantizarle la supervivencia, sin cambiar la estructura fundamental, tan sólo aligerando el peso de lo que se considera prescindible: esto son los recortes sociales al mismo tiempo que inyecciones de capital a saco a los bancos, que configuran el núcleo del sistema. Cuando se salva a Grecia a cambio de salvajes recortes sociales, en realidad lo que se está salvando son los bancos alemanes y franceses que les dieron crédito y ahora necesitan cobrar hasta el último céntimo de los intereses, pero es que desde un punto de vista sistémico, Grecia son “tan sólo” once millones de personas en apuros, pero la caída de los cuales puede generar un gigantesco efecto dominó que se lleve con ellos a alemanes, franceses, a toda Europa y hasta los USA: sumir a la civilización occidental en una depresión duradera sin ver la luz al final del túnel, acoplada al oil peak y con China, India y Brasil por ahí. Los bancos españoles falsean sus cuentas, España falsea sus cuentas, para aparentar que todo está saneado, todo el mundo lo sabe, pero que no se transmita la crisis de la periferia al núcleo, aunque las arcas estén vacías: se está esperando que lentamente se reactive la economía, que vuelva a circular el dinero, y así esa mentira flagrante sea tan sólo temporal.

Cuando están en bancarrota, las empresas pueden llegar a desaparecer. Los estados, no.

Iñigo Sáenz de Ugarte, La única vía de supervivencia para Grecia

¿Por qué no? ¿Acaso no han desaparecido muchísimos otros estados soberanos en la historia? ¿Por qué Grecia iba a ser una excepción? El hecho de que los Estados tengan una vida media considerablemente más larga que las empresas no quiere decir que no puedan caer, aunque a primera vista nos parezca constatar su robustez y estabilidad, que confundimos con eternidad desde una visión histórica un poco ciega. Comenta Sander van der Leeuw, ecólogo, antropólogo y experto en complejidad social, que las instituciones humanas son de hecho intangibles, amplios colectivos humanos poniéndose de acuerdo en peculiares convenciones lingüísticas, asumiendo unas normas comunes desde valores tan etéreos y poco materiales como la lealtad, el honor, la fe o la autoridad. Es, de hecho, un punto de vista tan bien explorado por la serie The Wire: cómo los seres humanos generamos las instituciones con nuestras propias actuaciones arbitrarias y cómo creemos e interactuamos con ellas.

Según van der Leeuw, las instituciones son patrones estructurales que se dan en las redes de relaciones de poder y que poseen una duración y estabilidad considerables: en el caso presente, los bancos son el fundamento del sistema actual, ubicados en el mismo centro de la tupida red de relaciones económicas, pero el manido recurso fácil de inyectarles dinero en detrimento de la estabilidad de países enteros amenaza de ser un sonoro fracaso, porque no solventa la cohesión del sistema. La solución inmediata de darle robustez a sus fundamentos pero insistiendo en las mismas estructuras y métodos se ha agotado. Entonces hay que buscar nuevas estructuras sociales más eficientes y equitativas que sustituyan los puntos rojos, azules y verdes de la red social. Pero este proceso de sustitución de un fundamento social por otro, de un mero punto por una trama más compleja pero estable  (no tan sólo cambiar un banco por otro banco) es extremadamente delicado y complicado: es el problema ‘Indiana Jones’.

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Hedonismo y desequilibrio: ¿por qué las instituciones humanas?

28 junio 2011

Quién quiere saborear los dorados rayos de sol, tiene que estar dispuesto a caer en la mierda y tragarse todo el lodo. La vida es una montaña rusa de emociones, un péndulo desbocado que salvaje golpea de lado a lado, un todo o nada continuo que corre sobre el abismo. No hay excusas, dijo Camus. La vida es para descantillarse; si no, no vale la pena que sea vivida. No hay más opción que ser un salvaje: vivir el desequilibrio inherente de la vida dando bandazos, gozando cada ínfimo y colorido detalle y matiz y peculiaridad de lo real y lo imaginario, agotando hasta el último minuto del día, buscando siempre la hora número veinticinco, aquella que nunca llega que es donde descansa nuestro espíritu frondoso y virgen.

Maravilloso el tornado sensorial. Sí, está bien pero. En Berlín, ciudad infinita, charlando con un joven bohemio americano de padres neocon renacidos, lo decíamos: sí, una vida de earthly pleasures está fenomenal, pero algo falta. Al puzzle de la vida le falta una pieza, esa sensación perenne que se repite en el jardín berlinés de Epicuro¿acaso todo se resume en la continua búsqueda del placer por el placer? Porque fuera, en la realidad normal y gris, todo se cae a pedazos lentamente, mientras nosotros, felices pero ingenuos, espectadores del eventual colapso de la civilización occidental. Aturdidos por el tamaño de la catástrofe, nos refugiamos en lo colorido de modo bien olvidadizo, como si pudiéramos ignorar que no somos idiotas -que somos ciudadanos y parte inseparable de la sociedad- y así tenemos tanto una responsabilidad cívica por fuera como un motor interno por dentro de construir algo en positivo.

A veces uno piensa que el Imperio Romano, comparación tópica pero obligatoria, terminó diseñando unas estructuras sociales que, con sus fiestas, orgías y bacanales, consiguió hacer olvidar a las potenciales mentes brillantes de sus responsabilidades para con la sociedad, de modo que apareciera tan sólo en décadas un Diocleciano, fundador del Dominado Romano (siglo III dC), y un conjunto de Pompeyos, Césares, Brutos, Marcos Antonios, Octavios y Cicerones en pocos años al final de la República (I aC). Igual comparemos ahora con la época de la Transición. En todo caso, hay que sacudirse de este hedonismo estúpido y cosificador, mucho más capitalista que epicúreo, y reivindicar lo político:

La tragedia [de los comunes] en cuestión aconteció a un grupo de pastores que utilizaban una misma zona de pastos. Un pastor pensó racionalmente que podía añadir una oveja más a las que pacían en los pastos comunes, ya que el impacto de un solo animal apenas afectaría a la capacidad de recuperación del suelo. Los demás pastores pensaron también, individualmente, que podían ganar una oveja más, sin que los pastos se deteriorasen. Pero la suma del deterioro imperceptible causado por cada animal, arruinó los pastos y tanto los animales como los pastores murieron de hambre. “La avaricia rompe el saco” suele decirse; […] así, racionalmente, pensaron los pastores, que siguiendo la estrategia del gorrón, aumentaron sus rebaños hasta que destruyeron los pastos comunes.

En 1968, pleno despertar de la primavera hippie, Hardin publicaba el artículo The Tragedy of the Commons en Science, con sus consideraciones sobre la sobre-explotación de los recursos naturales por parte de una población humana excesiva. En cierto modo, es una generalización a un número de jugadores del clásico dilema del prisionero, donde dos jugadores se enfrentan con dos estrategias posibles, cooperación y defección. El mejor resultado para la pareja es cuando los dos cooperan, pero está esa opción tan capitalista de maximizar los beneficios mediante el salto unilateral a defección (ie explotación): mientras tú sigues cooperando, yo gorroneo. Como los dos son agentes racionales, los dos toman idéntica decisión mediante ese salto y se da el escenario, paradójico, de que el beneficio para la pareja ha disminuido en total. De algún modo, el dilema del prisionero es la corrección a la legalización moral del egoísmo que hizo el liberalismo, una verdadera ruptura ética, con su clásico “el beneficio común se maximiza espontáneamente cuando cada persona busca maximizar sus beneficios individuales“. La narrativa que sostenía el tejido comunitario sufrió aquí su primer desgajo.

Precisamente, ése es el drama del cooperador, tan necesario y ubicuo, en la tragedia de los comunes: cargar una responsabilidad para la comunidad pensar a nivel global: abrir cuenta en banca ética, consumo responsable, uso de transporte eficiente, etcétera- cuando lo fácil sería abandonarse a una vida de placeres y excesos de puro free-rider individualista. Es comer la manzana del árbol de la ciencia e ignorar la de la vida. ¿Es que se pueden integrar sónar y 15-M? ¿O son acaso incompatibles? Estos extremos opuestos, por un lado el cultivo de un hedonismo saludable espiritualmente, es decir, de un proceso de individuación y autorrealización personal, y el cultivo del deber cívico para una comunidad más justa y eficiente, fueron, respectivamente, los estandartes de la izquierda hippie y la izquierda marxista. Precisamente en la imposibilidad de integrar placer y deber, felicidad y justicia, se debió la crisis de la izquierda americana a finales de los sesenta –Ponche de Ácido Lisérgico de Wolfe- y su generalización a nivel total e ideológico.

La otorgación del Premio Nobel a Elinor Ostrom muestra como las cosas están cambiando para mejor. Su gran trabajo ha sido demostrar como sistemas de administración económica cooperativa tienen éxito donde los teóricos del mercado desde hace mucho tiempo predecían que fallarían.

¿Por qué las instituciones humanas? La tragedia de los comunes no sólo ilustra el drama del cooperador que no se puede ir de sónar, sino plantea la necesidad de la misma existencia de instituciones humanas que canalicen y amplifiquen la acción colectiva del grupo, regulando el uso de los bienes comunes y permitiendo al mismo tiempo el florecimiento libre y personal. Precisamente, en antropología ésta sería la tesis integracionista del Estado (rollo socialdemócrata, liberal), donde éste tendría una función “buena”, opuesta a la tesis del conflicto, tanto de carácter marxista como libertario, que considera que su única función es la preservación de los privilegios de la elite. Como ocurre tantas veces, lo más probable es que la explicación buena sea una combinación de las dos, porque no son excluyentes: inicialmente una mayoría social consiente el acceso al poder de una elite que mediante las instituciones maximiza el bien común de modo más o menos efectivo, pero pasado el tiempo ésa se apoltrona y empieza a dirigir la sociedad de modo despótico y por el beneficio propio en detrimento del colectivo. ¿Nos suena la historia? Es también la de la Isla de Pascua, del Imperio Romano, y la de esta mañana en el discurso del Estado de la Nación.

En este sentido, la tesis libertaria no aboga por la abolición de las instituciones, sino que la función de éstas se limite a la coordinación y no a la consolidación de privilegios. ¿Qué tipo de estructuras sociales pueden liderar a eso? ¿Qué tipo de organización? Una idea, al vuelo, es la red de checks and balances de múltiples y diversos polos de poder que se compensan entre sí, evitando la concentración de poder, sea económico, o sea político- un modelo etéreamente federal. Obviamente, la teoría ya la tenemos bien aprendida – ¿pero cómo se llega a eso?

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Crónicas de un enfermo

26 junio 2011

Las cosas terrenales que le rompen a uno la periodicidad en el blog, primero el sónar y después la resaca más larga y dura de mi vida, tanto que casi me recordaba a otra cosa. En todo caso, en la enfermedad gastroenterítica -mi cuerpo sólo pide una cosa y no es zumo de naranja- a uno le golpean severos momentos de agrietada lucidez, y es que la semana ha dado de sí. Aquí unos apuntes.

Primero, que el descerebrado de Puig, el ahora claro fabricador de la supuesta violencia de indignados contra políticos (porque las pruebas en el otro sentido casi sobran) sigue sin dimitir, humillando la institución de Claris, Macià, Companys, Maragall y mía y tuya. Que el gobierno de CiU, debidamente masajeado por la muy crítica (risas enlatadas) prensa del régimen (que le pone un seis a un gobierno fascistoide y corrupto), y del brazo armado del FMI –oséase, el PSOE- siguen aplicando a rajatabla las recetas económicas de un acusado de violación e insigne socialisto, es decir, recortar, recortar y recortar hasta que del jardín epicureísta del placer que antes confundíamos con Estado del bienestar sólo quede un mísero bonsai raquítico en rigurosa aplicación de los preceptos de Friedman, escuela de Chicago (donde también se formó el recién preso gángster “Whitey” Bulger, por cierto). Los preceptos de Friedman son claramente y honesta anti-inflacionistas y para eso apoya una política monetaria conservadora, que no tire del déficit presupuestario alegremente que a la larga esto no se ajusta solo. Cuando haya crisis, recortar de lo habitualmente poco competitivo (sector público), poca fiscalidad y que el esfuerzo de los emprendedores haga girar de nuevo la rueda de la fortuna.

Comenzamos la semana con la intolerable insubordinación de esa agencia de rating llamada S&P al advertir sobre la posibilidad de arrebatarle la triple A al Gobierno estadounidense: ya saben, una parte del oligopolio privado de las agencias de calificación amenazando a quien ha creado y sustenta ese oligopolio privado. Enternecedor.

Juan Ramón Rallo, jefe de Opinión de Libertad Digital

El problema de fondo es que las medidas no van dirigidas a estos propósitos.

Las prioridades son otras: una y principal, el dedicar recursos al pago de la deuda (o más bien de sus intereses). Los grandes bancos europeos – alemanes, franceses, holandeses, hasta españoles- constituyen los acreedores principales de estos países periféricos y quieren cobrar sus préstamos y a ell se subordinan las otras finalidades posibles y deseables.

Miren Etxezarreta, No puede ser de otra manera. ¿Economistas de sesgos opuestos de acuerdo? ¿En qué mundo vivimos?

No estamos delante de “preceptos neoliberales de la escuela de Chicago” que consisten en dolorosos recortes que se tienen que aplicar por una supuesta responsabilidad política. No nos engañemos: es la ley al servicio del privilegio. Al mismo tiempo, Zapatero y Mas han reducido ingresos a las arcas del Estado mediante la supresión de impuestos (sucesiones, sociedades, patrimonio, etcétera) y han hecho caso omiso de los diez puntos que le sacamos a la media europea en fraude fiscal. Han situado a España en el segundo puesto de presión fiscal sobre los salarios. A nivel psicológico, para ellos, estas medidas -que unos dirán draconianas y obligadas y yo llamo a secas estafa monumental- son la única opción viable, consistentes a nivel ideológico y debidamente indicadas por los lobbies de turno. Son los de arriba contra los de abajo, pura lucha de clases.

Los griegos, que salían de décadas de pobreza, se lanzaron encantados a la fiesta y compraron coches y electrodomésticos alemanes con créditos alemanes. Y a los franceses les compraron, entre otros muchos juguetes militares, submarinos carísimos. Y todo ese cambalache fue engrasado con abundantes comisiones para los partidos.

Costa-Gavras, lúcido: Ha habido griegos corruptos y alemanes corruptores. Sustituya griego por español a ver qué pasa.

La cuestión es que estamos repitiendo de modo horrible el escenario que dio paso a la Gran Depresión en Europa: todo el mundo quiere cobrar hasta el último céntimo de sus deudas – ¿acaso romperá la avaricia el saco? Los bancos, origen de la crisis, quieren cobrar la deuda sí o sí, ni oír hablar de reestructuración, como indican los economistas sensatos; Obama, Sarkozy y Merkel les cubren, porque los bancos habitan en el mismo núcleo del sistema económico del país -son sus hiperhubs y  el mismo petróleo del sistema. Pero en esta avariciosa insistencia, se insiste en la paradoja que señala Etxezarreta: se coloca a los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia, España) al borde de la estancación económica total (paro, miseria, pesimismo) con el único fin de que devuelvan los intereses de la deuda y cuadren las cuentas a los bancos americanos, franceses y alemanes. Ésa es la vía para sanear el sistema que han encontrado las luminarias de Princeton y la London School of Economics.

P: ¿Se le ocurre cómo pasará Zapatero a la historia? ¿Como Alexander Dubcek, el soñador de la Primavera de Praga, o como Juan Negrín, odiado incluso dentro de su partido?

R. Será recordado como Gorbachov, rechazado en su país y admirado fuera. Yo suscribo toda su primera legislatura, en materia de avances sociales y libertades personales. En la segunda no dio pie con bola.

Joaquín Sabina, visionario si uno sabe bien lo que hizo Gorbachov con la URSS

Con la venia de las oligarquías locales, claro está, porque ya van a sacarle el jugo. ¿De qué cojones sirve una reforma laboral, señor Zapatero, tan necesaria que hizo aumentar el paro? ¡El País Vasco, con la misma legislación laboral, tenía el paro en la media europea! Quizá valdrán soluciones más o menos coyunturales como la del muy radical (risas enlatadas) Arcadi Oliveres -reducir la jornada laboral- que ya ha apadrinado el degano del Colegio de Economistas de Catalunya (redujo en dos millones los parados franceses en el año que se aplicó). Pero si uno tiene cabeza, la ley importa poco, porque es papel: al final lo que importa es lo que hay, que es el tejido productivo: una economía basada en el conocimiento y la participación democrática, puros generadores de valor añadido, valorará a sus asalariados, dará crédito a los emprendedores, y no dedicará a empobrecerlos como se explica tan bien aquí, siguiendo un modelo bastante perspicaz basado en turismo -sin valor añadido- y ladrillo -corruptor.

Pero es que nosotros seguimos aquí, con unos medios de comunicación entregados a las élites de este país, que no dudan en decir Diego donde dijeron digo en espectaculares mourinhismos discursivos de carácter tribal –yo soy de KAS naranja y tú de KAS limón, y tan cómodamente están en su sillón que no dudan en calumniar y ridiculizar los pocos soplos de aire fresco que brotan en este país (quedando ellos como soberanos gilipollas, dicho de paso), sí, amigos, el 15-M, cuna de la creatividad y la iniciativa política del ecuador de este año.

Entre los tres días de sónar y los seis de resaca pude asistir a la muy masiva manifestación de Barcelona del 19 de junio, declarando con mi presencia (y sin voz) que ya no quiero que me traten como el idiota que La Vanguardia insiste que soy, que no aprueben reformas de instituciones anticuadas como es el matrimonio en Nueva York mientras la deuda pública americana se amontona, gigante, que el debate no sea si unos estúpidos diez kilómetros por hora mientras legalizan la mayor estafa jamás montada: idiota, etimológicamente, es aquel ciudadano que ignora su responsabilidad cívica, que decide no meterse en el ágora y debatir los asuntos públicos, aquél que delega su deber político en otros. El 15-M, apoyado por la mayoría social, es la respuesta espontánea del que se sacude la etiqueta de idiota, del que se reapropía de la política, contra la pérdida de legitimidad de la democracia capitalista, un sistema obsoleto basado en instituciones del siglo XIX, dedicadas ahora como antes en la Revolución Francesa a consagrar privilegios de castas que no se lo merecen.

[…] (es) la crisis de un modelo socioeconómico agotado. El que combinaba liberalismo económico con una democracia de ambiciones igualitarias. […] Hoy tenemos suficientes indicios para afirmar que el capitalismo financiero globalizado en sus mercados es incompatible con el grado de democracia política y de bienestar social que habían tolerado hasta ahora. Esto obliga a optar: menos democracia para asegurar la continuidad de este modelo económico o corregir el modelo económico para preservar el máximo de democracia y de justicia social.

Josep Maria Vallès, catedrático de Políticas, ex conseller y muchas cosas más: Por qué voy a la manifestación

¿En qué lado estás tú, en esta crónica de un -sistema- enfermo?

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Un discurso de fondo: la globalización lo jodió todo

7 junio 2011

Discúlpanme si hago de abogado del diablo, pero es que muchas de las propuestas (impuesto de patrimonio, sucesiones, tipo máximo IRPF) que suenan en plaza Catalunya para un documento de mínimos, aunque loables, me suenan a mojadas cartas a los Reyes Magos. Nacionalizar los bancos conlleva hacerse cargo de su agujero y de sus tóxicos. Que devuelvan el dinero público implica su quiebra y corralito a la argentina. Dación en pago o poner las viviendas al mercado también implica quiebra de los bancos. Tasar las transacciones financieras o progresividad fiscal implica fuga de capitales. Reestructurar la deuda externa española –default- implica volver a la peseta y dejar la economía europea muy maltrecha como poco.

No es una cuestión de que falte el dinero para sanidad o educación. Es que no hay mecanismos efectivos para que los que sí lo tienen lo suelten. La socialdemocracia como modelo económico fue posible en unas circunstancias históricas muy específicas, eso es, sustentándose en un delicado equilibrio entre capital y trabajo a nivel nacional tal como se dio en los países occidentales al término de la Gran Guerra. Allí las presiones de los sindicatos tenían sentido y eran efectivas, porque había pocos trabajadores y la amenaza bolchevique era muy presente: para contrarrestar, los partidos burgueses tuvieron que ofrecer un gran poder político a partidos socialdemócratas y sindicatos – la consecuencia económica es la transición del liberalismo al keynesianismo, que con tal de evitar depresiones defiende la progresividad fiscal y la intervención estatal de la economía, es decir, el modelo socialdemócrata. Pero un Estado deficitario implica un Estado que ha contraído deuda -que está en deuda- con precisamente aquellos que tiene que fiscalizar. La otra opción es estabilidad presupuestaria: ¡recortes!

En función de la ideología, se dirá que fueron las conquistas de las luchas trabajadoras o el crecimiento del mercado lo que generó un espectacular aumento del bienestar general. Da igual; el hecho es que se terminó por generar una amplia clase media a partir de una sociedad muy polarizada en dos clases. En cierto modo, era el triunfo de la socialdemocracia: una sociedad con una clase media fuerte es lo más parecido a una sociedad de una sola clase (el comunismo) que podrá haber. Pero su misma victoria fue el inicio de su derrota – la caída del telón de acero lo jodió todo: ahora resulta que el capital es muy fluido y tremendamente difícil de fiscalizar -aumenta el tributo de las SICAV en País Vasco y se te van todas a Madrid-, al mismo tiempo que la demanda de trabajo se ha incrementado hasta el punto de que comprar derechos laborales le sale al empresario global a precio de saldo -un informático indio te hace lo mismo por una quinta parte de sueldo español-, la deslocalización como amenaza siempre a mano.

El equilibrio de fuerzas se ha decantado con ganas hacia el capital y así la socialdemocracia se cae inexorablemente a trozos, mientras los trabajadores son espectadores ingratos de cómo las conquistas de sus abuelos son liquidadas una a una “porque así lo manda el mercado” y los derechos fundamentales son puestos en duda por monos con bates de béisbol. La progresividad fiscal, antaño tan fácilmente realizable a nivel nacional, ahora sólo tiene sentido si es llevada a cabo a nivel internacional, como reconoce el cripto-keynesiano que tenemos de conseller de Economía, el señor Mas-Colell: hace falta un poder político global que haga frente a un poder económico global, como piden muchos. Internacionalización, exigen. Pero recordemos que el experimento de institución política supranacional más cercano que tenemos -la Unión Europea- es un ente opaco y poco democrático con el que nos han colado medidas como Bolonia o las directivas de la vergüenza y de las 65 horas. Los partidarios de la internacionalización del poder político como método democrático tendrían que tener en cuenta esta verdad de la buena: a medida que ascendemos niveles de decisión, los ciudadanos de a pie perdemos poder de influencia y lo ganan los lobbies.

En realidad, las peticiones de los internacionalistas irían en la tónica general: nos encontramos delante de una transición de un Estado de bienestar de capital nacional y público a uno de capital internacional y privado, con sus Zaras, H&Ms, Ryanairs, IKEAs, Endesas y etcétera, donde se funde lo público con lo privado y resulta que DSK, violador y director del FMI, es socialista, y los reguladores del mercado financiero (y tantos otros: energético, alimentario) son escogidos entre los mismos regulados, como nos recuerda Inside Job. La tendencia es hacia un empobrecimiento generalizado de la clase media -causa real de la indignación #15M– y la imposición de un neofeudalismo del turbocapital: élite político-económica versus una masa de trabajadores precarios con derechos low-cost. La dicotomía entre privado y público del siglo XX ha dado paso a la dicotomía entre global y local. 

Es preciso, por lo tanto, insistir en la necesidad de localizar en detrimento de globalizar y llevar el debate en el terreno donde el ciudadano medio tiene poder efectivo de decisión. La sociedad es una correlación de fuerzas y tenemos que ser conscientes de dónde cae el alcance de la nuestra, cómo efectuamos pequeñas cesiones de poder en lo cotidiano:  con una cuenta de crédito o una hipoteca en un macrobanco o comprando en un hipermercado o en una gran superficie nos colocamos en la base de la pirámide, sosteniéndola, en la punta de la cual están los peces gordos/mafiosos calabreses a los que ahora exigimos –mejor dicho, suplicamos– que paren sus recortes. Para poder negociar y exigir, hace falta una posición de fuerza, que no se consigue con manifestaciones o huelgas en tiempos de crisis, sino tomando conciencia de nuestras relaciones económicas diarias y cambiándolas: banca ética, cooperativas de consumo alimentario, cooperativas energéticas, modelos de cooperativas de uso para vivienda ética más colectivizar los servicios públicos, con tal de dejar de depender de las élites, y así pasar de suplicar a exigir.

En este nuevo contexto, asalariados, autónomos y pequeños y medianos empresarios estamos en el mismo barco: en el discurso de fondo hace falta transversalidad en lugar de un social-estatismo que lo único que hace al final es proteger a las oligarquías. Eso conlleva la superación a nivel moral de la figura laboral del asalariado (alguien que al fin y al cabo no concibe el producto de su trabajo como propio) y del empresario (que lo expropia), para apostar por un libremercado de cooperativas (también en servicios básicos), conjugando libertad económica con valores comunitarios –democracia económica-, y un modelo político de carácter asambleario-federal desde abajo hacia arriba, que bien puede fundamentarse en las actuales dinámicas del movimiento #15M, que ya se extiende a los barrios de cada ciudad. Este modelo, de carácter esencialmente libertario, es ciertamente difícil de llevar a cabo, pero ya es radicalmente distinto de las medidas socialdemócratas -que son directamente imposibles, porque no hay fuerza efectiva para llevarlas a cabo. También nos hubiéramos podido reunir en 1939 y exigir sentados que Hitler parara voluntariamente la guerra ya me imagino el resultado. Sin ir más lejos, la reforma de la ley electoral no deja de ser totalmente circunstancial: en Catalunya tenemos seis partidos con la misma ley; lo sensible son las estructuras de los partidos; los problemas son realmente de fondo.

Nos empobrecen, nos quitan derechos y además dicen que es inevitable. Se trata de cambiar el imaginario, romper con la esclavitud mental de quién se cree a las élites – y eso pasa por renunciar a priorizar la seguridad de la vivienda comprada, tan importante en sociedades tradicionalmente pobres y conservadoras como la española – porque esencialmente es entrar en deuda con mafiosos calabreses que reconocen abiertamente que son avariciosos y van a por la rodilla. ¿Por qué pagar impuestos si van a la Iglesia Católica, a televisiones infumables, a concesionarias de autopistas que han calculado mal sus ingresos, a AVEs sin rentabilidad, ayudas a las eléctricas y un largo etcétera? Somos nosotros quiénes sostenemos esa gigantesca pirámide de estafa social – son las élites las que nos necesitan a nosotros, auténtica fuerza productiva, y no al revés, tal como dice su narrativa sistémica. Pero para emanciparse de estos esquemas mentales neofeudalistas, hace falta iniciativa, autogestión, auto-organización – espíritu libertario.

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Nuestros sueños no caben en vuestras urnas [#15M]

17 mayo 2011

Y es que las urnas son muy pequeñas, es que es obvio: uno tiene mil dudas acerca de si votar a éstos, o a aquellos, o no votar, y debate y piensa y reflexiona. Al final, mete el voto en la urna y ya está, un papelito más para el partido tal. ¿Pero dónde van a parar todos estos argumentos, todas estas reflexiones previas? ¿En la urna? No, en la basura. Porque se elige a un determinado partido y, con él, se pierde cualquier matiz: el voto del groupie de Rajoy o Zapatero de turno y el mío avalarán al fin y al cabo exactamente el mismo programa electoral. Es por eso que vivimos en un mercado político de masas – los partidos son empresas que venden un producto (antes un programa electoral, ahora simplemente una marca) a los consumidores/votantes. Y este producto está bien definido por las reglas del márketing – apela mucho más a los símbolos de las diferentes tribus urbanas (éstos son de los míos) que a propuestas particulares.

Y la gente se presta a este juego de tribus sociales como si se tratara de un barçamadrid; en parte, eso es comprensible debido a la gran complejidad de la sociedad actual, que requiere propuestas igual de complejas y difíciles de interpretar y juzgar; el ciudadano medio no tiene tiempo para estas cosas y entonces delega este rol en los políticos que identifica como más próximos a su grupo social a nivel de valores ideológicos – como son de los míos ellos ya sabrán lo que es bueno. Es precisamente en esta delegación de la responsabilidad política que la democracia se traiciona a sí misma, no por maldad, sino por sentido práctico – gestionar los conflictos en sociedades tan grandes y complejas es muy difícil; las cosas a hacer devienen más complejas (y necesitan especialistas), pero los votantes no tienen tiempo para avalarlas (y los programas políticos se simplifican). La profesionalización de la política, fenómeno emergente de la sociedad, genera una casta alejada de la realidad, pero que al lado del gran capital son unos mindundis a su servicio – es la creación del híbrido Estado-Mercado.

Toma tesis: ahora asistimos a la muerte del Estado socialdemócrata y su eventual sustitución por el neofeudalismo del turbocapital. Pero igual que en 1918, después de la Gran Guerra, no había marcha atrás hacia el régimen liberal-burgués basado en el libremercado, la estabilidad presupuestaria y monetaria y el sufragio censitario, ahora ya no hay marcha atrás hacia un Estado benefactor basado en la progresividad fiscal, deuda pública, inflación y sufragio universal. En 1914-1918 los partidos socialistas cobraron un gran protagonismo por su participación en las maquinarias bélicas y como mal menor delante la revolución bolchevique. Entonces tenían el poder para introducir políticas sociales, pensiones y subsidios de paro y todo esto costeado gracias a la progresividad fiscal y la deuda pública. Ya no.

Ya no porque el equilibrio entre capital y trabajo que regía el régimen socialdemócrata se ha roto debido a la globalización del modelo americano: ya no hay telón de acero, Oriente aporta una gran fuerza de trabajadores a bajo coste con los que los occidentales no pueden competir y el capital se ha unificado y domina grandes oligopolios que ahora aspiran a sustituir al Estado de bienestar creando uno de capital privado y no público. La socialdemocracia venció, porque creó una numerosa clase media con derechos políticos, sociales y laborales. Pero ahora, los sucesores de los partidos socialistas de entonces están liquidando su propio modelo y sustituirlo por un régimen neofeudal: una élite política y económica sobre una gran masa de trabajadores precarios sin derechos. Y lo hacen porque pueden. Porque nosotros lo permitimos, ya que nos creímos su cuento chino.

¿Queríais democracia? Toma democracia.

El #15M tendría que ser, por lo tanto, la ruptura con esta narrativa terrorista; no sólo eso, sino también un cambio de rumbo que nos aleje de ese futuro orwelliano y distópico que es el neofeudalismo del turbocapital, acentuado por la crisis energética y ambiental. Nos tenemos que dar cuenta de que son ellos, la élite, los que necesitan nuestra fuerza productiva sobre la que fundamentan sus estructuras de poder, y no al revés. No los necesitamos en absoluto. En este contexto, el problema de escala de la interconectada sociedad actual (demasiado grande y compleja) hace que la democracia representativa ya no tenga sentido: esto se solventa reconstruyendo el tejido social local, volver a los barrios, hacerlos autosuficientes energética y alimentariamente pero también en red interconectada y plantearlos como polos opuestos al poder globalizado del capital, restaurando su soberanía local y directa. La sociedad es una balanza de poderes y tenemos que reivindicar, reconstruir y acampar en nuestro sitio.

Por lo que respecta al voto, es tan sólo un papelito que obvia todo lo descrito. Por eso, lo más recomendable no es quedarse en casa mientras uno reniega de todo, sino trabajar en la dirección descrita, pero con el pequeño extra cada cuatro años de meter el dichoso papel en la urna, un papel que avale el programa de quién sintoniza con esta dirección, aunque no tenga el poder fáctico para aplicarla: en Barcelona, CUP – Alternativa per Barcelona (Des de baix) o, al menos, ICV. Que son los únicos que tienen un modelo de ciudad europeo y avanzado en mente. Pero el esfuerzo tiene que residir en reivindicar la soberanía de lo local y desplazar, espontáneamente, los que se arrogan el rol de representantes.

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Neoliberalismo: la fina diferencia entre teoría y práctica

9 mayo 2011

No deja de ser curioso -e irónico- que la receta para salir de la crisis que proponen los economistas neoliberales como Juan Ramón Rallo (jefe de opinión de la Libertad Digital de Jiménez Losantos) sea exactamente la misma que la propuesta por los intelectuales de izquierdas como Noam Chomsky o Ken Loach – reestructurar la deuda, hacer un default. El Estado se endeudó demasiado y le pidió prestado el dinero a los mercados financieros – ahora se trata de renegociar esta gigantesca deuda, contraída con gente que ya sabíamos mafiosos. Pero es lo que tiene pedir favores a los poderosos Corleone, que te pillan por los huevos y no te dejan fácilmente.

En el fondo, lo que la izquierda etiqueta como neoliberalismo – la ideología de Bush, Aznar, Sarkozy, Cameron, Blair, Zapatero y cía- es a la teoría original (escuelas austríaca y de Chicago) lo que las purgas estalinistas de la URSS al marxismo o la Santa Inquisición al cristianismo: ideologías al servicio de unos pocos poderosos que se escudan, pervirtiéndolas, en vaguedades derivadas de un bonito mensaje original. Es más: tanto la teoría neoliberal como el marxismo detestan el mismo acaparamiento de poder por parte de la oligarquía, sea ésa la que domina las instituciones políticas que controlan al mercado (y con ello la libertad económica) o sea ésa la que domina el mercado que controla las instituciones políticas (y con ello la alienación psicológica de los trabajadores). En suma, que cada una insiste en sus matices, pero los valores morales son compartidos en mayor o menor grado – no se trata de un conflicto entre teorías, sino entre grupos sociales con intereses enfrentados que se escudan en ellas. Son más dinámicas tribales de grupo, a los que sucumbe una sociedad de masas sin referentes comunitarios locales, que otra cosa: el famoso parroquialismo altruista, fundamento de las sociedades complejas a gran escala.

Al fin y al cabo, el neofeudalismo del turbocapital que predican Bush y etcétera tiene poco de neoliberal, porque encumbra a la élite, al oligopolio económico, y merma así la libertad individual: la deregulación financiera de Clinton y Bush, que provocó la crisis financiera y tan bien descrita por Inside Job, consistía en la abolición de la Glass-Steagall Act mediante la Gramm-Leach-Bliley Act y demás favoritismos legales para los todopoderosos bancos. Se eliminaba la separación entre bancos comerciales (depósitos) y de inversión (capitales), obligatoria desde la Gran Depresión en 1933 para deshinchar a la especulación (de un modo bastante adecuado, como se puede ver retrospectivamente). La abolición de la Glass-Steagall obedecía a la narrativa justificatoria de un vago neoliberalismo, pero era -como la Guerra de Irak era contra las armas de destrucción masiva- un cuento chino: nada más que el objetivo de los grandes bancos desde los años ochenta con la intención de consolidar su poder oligopolístico, como aquí ha sido la bancarización-privatización de las cajas. Pero es que la misma existencia de estos grandes bancos es denostada por la Escuela Austríaca, que considera -bastante apropiadamente- que es totalmente excesivo y aberrante el poder, otorgado por el gobierno, de imprimir dinero en función de los tipos de interés fijados por el Banco Central. Pero, para ellos, esto es socialismo.

Igual que los intelectuales franceses de la posguerra, delante de las tremendas contradicciones con la teoría que ofrecían las revueltas del 17 de Junio en Alemania Oriental, Hungría en 1956 o Praga en 1968,  distinguían entre socialismo real -el soviético, el de las purgas de Moscú y de los gulags siberianos- y socialismo ideal -el utópico en los librillos-, la escuela neoliberal también se enfrenta a la fina línea que diferencia teoría y práctica: que la teoría -una sociedad de individuos libres interactuando entre sí mediante el mercado- es muy bonita, pero inaplicable con las actuales condiciones donde las oligarquías imperan y la manipulan con mala fe para justificar reformas políticas únicamente dedicadas a consolidar su poder criminal.

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La socialdemocracia como despotismo ilustrado (2): ¿por qué trabajar?

11 abril 2011

El primer objetivo era dar bienestar a la clase trabajadora y mediante la creación capitalista de riqueza y las luchas proletarias se hizo propietaria. Entonces, no sólo propietarios (nevera, lavadora, ordenador, microondas), sino también pagadores de impuestos (antes no tenían suficiente renda) y liberales, porque se termina valorando (muy legítimamente) un dinero fruto de su trabajo, que ven cómo se va mediante impuestos y con justificaciones metafísicas por el bien de la comunidad (procedentes de la izquierda socialdemócrata) que después no terminan de ser verdad (¿salvar a bancos y concesionarias de autopistas es por el bien público?). El gasto de dinero público tiene que ser transparente, eficiente y fácilmente controlable. Mientras tanto, la clase alta, antes principal aportadora de impuestos, ha huido a las rendas del capital – el sector financiero que ahora nos jode, tan difícilmente fiscalizable.

A nivel electoral, la izquierda socialdemócrata, con un mensaje paternalista que confunde caridad con solidaridad y justifica múltiples imposiciones y prohibiciones (ordenanzas cívicas sin ir más lejos), se ha hecho enemiga de la clase media, con las irresistibles ironías de la historia que eso conlleva. En una tremenda paradoja histórica, el mismo bienestar -que era el incentivo de la creación de la riqueza y también el objetivo de la izquierda- se ha cargado el espíritu emprendedor de la sociedad, que es exactamente la materia prima de sus fundamentos. El trabajo. El esfuerzo. La innovación. Según la jerarquía de valores de la pirámide de Maslow (y el sentido común), sólo una vez solucionado el problema material, tiene sentido proponer el problema espiritual. Es el particular mensaje de la izquierda hippie: ahora toca la emancipación espiritual, la realización de la autonomía moral personal, la individuación que preconizaba Jung. El trabajo por el trabajo (como creador de riqueza) no tiene sentido en una sociedad rica como la nuestra: tiene que fundamentarse sobre la autorealización personal, la individualidad y la creatividad. Un ora et labora moderno de menos de 35 horas semanales. El modelo de trabajo antiguo está basado en incentivos ahora inexistentes: ya no es necesario conseguir más bienestar material, sino el tiempo para disfrutar un martini al solecillo de una tarde de verano en medio de una agradable conversación sobre William Turner.

Hace falta un cambio de prioridades. Al mismo tiempo, estamos en crisis, con múltiples países en implícita bancarrota. Nos dicen: “hay que recortar el déficit” y se va por la solución fácil, la de recortar por abajo, pero es que quizá el problema viene por arriba y es el gigantesco peso de estructuras oligárquicas, antaño creadas por el bien público y ahora sólo preservadoras de privilegios neofeudales. Nos tendremos que apretar el cinturón, sí, está claro, pero queremos hacerlo por nosotros mismos, de modo autogestionario, y no con la dirección y los mensajes apocalípticos de gente que viaja en primera clase y coche oficial, lidera guerras de 400 millones de euros al año (Afganistán) y es el instrumento de gente que no paga impuestos y sólo roba a la sociedad (el sector financiero). ¿Para qué hace falta el Ejército, que nos cuesta 9000 millones al año? Las estructuras politicoeconómicas han devenido como la fase del Dominado del Imperio Romano: tan pesadas y rígidas para sus ciudadanos que éstos aplaudieron las invasiones bárbaras que veían como liberadoras.