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Sobre la imperiosa necesidad de una revolución bolivariana

16 febrero 2010

Ayer Montilla consiguió que Ernest Maragall rectificara de sus declaraciones, “que Catalunya está fatigada de tripartito”. Esto salía en portada de La Vanguardia, el diario más vendido de Cataluña, en TV3, la tele pública. Unión y PP piden elecciones anticipadas, en su lógica habitual. Los periodistas orgánicos, auténticos buitres 21st century style, se ceban en la enésima crisis mediática de un gobierno democrático, cuando se presupone que en democracia conviven diversas opiniones y que esto precisamente es saludable (corrijo: presupongo sólo yo, por lo que veo ). Después de todo, el gobierno tripartito 2.0 ha fracasado en lo que ha dejado de hacer y no ha sabido vender lo que ha hecho de bueno, debido al bloqueo de un establecimiento mediatico-económico al que el progreso le importa un bledo y prefiere mantener el poder sobre las cenizas antes que dejarlo en otras manos quizá más ambiciosas e inteligentes. Para conseguir no perderlo, ha vendido la imagen de un gobierno tripartito gris (que ha hecho bastante más que CiU en 20 años, pero bueno) y la gente,¡viva el instinto de rebaño!, se lo ha creído. “Vender mediáticamente la acción tripartito” no sería más que admitir la derrota de un pensamiento de progreso y sucumbir a la dinámica mercantil que ahora lo fagocita todo, asumiendo en primer lugar que la gente es estúpida y que no está suficiente motivada por meterse en Internet, googlear durante largos diez segundos y ver sin ningún filtro interesado la acción de quienes gobiernan la comunidad política donde vive y trabaja. Pero claro, es el de siempre, el discurseo de “estoy desencantado de la política”, cuando precisamente es que la política es una basura porque el ciudadano lo ha dejado, sin ejercer ningún tipo de control fáctico (como era la su responsabilidad), en manos de periodistas iletrados y políticos endogámicos, que siguen lógicas electoralistas / de mercado, haciendo bajar enormemente la calidad de sus decisiones / informaciones, ya que el público incomprensiblemente prefiere la mierda a dos euros el kilo al salmón ahumado gratis. Cosas del mercado, lleno de agentes racionales, donde por ej. el Financial Times, diario de prestigio, mantiene durante más de tres días sus fundadas opiniones económicas.

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En todo caso, lo que me recuerda más toda esta situación es a los moai de la Isla de Pascua. Explica Jared Diamond en Colapso la decadencia de una sociedad próspera y agrícola que duró con sus altibajos desde el 300-400 dC hasta que llegaron los europeos en el siglo XIX. Muy interesante todo. El tío se pregunta en qué pensaba el hombre que cortó el último árbol de la isla, culminando un enorme proceso de deforestación que se cargó la economía agrícola de la civilización, debido a la erosión del suelo, como también incomunicó la isla con otros archipiélagos (al no poder construir canoas) y evitó que se pudieran mover las esculturas de los moai hasta sus pedestales de piedra, los ahu. Por tradición oral se supo de la estructura social isleña que había un líder tribal general para toda la isla y unos nueve clanes, cada uno con su líder y su territorio, que se dedicaban a comerciar entre ellos y a competir en la belleza de los moai (ya que daba estatus al líder del clan), según la evidencia arqueológica. Y aquí está la raíz de todo: en aquella isla se había montado una civilización compleja, con todas sus interacciones y diversidad, que por motivos internos (sorprendentes para nosotros, comprensibles por algún contemporáneo de la isla) inició una escalada en la construcción de moai, obviando fatalmente la vulnerabilidad de la isla a una deforestación tan creada por dinámicas naturales (la Edad de Hielo pequeña, por ej. y circunstancias geográficas particulares) como humanas (superpoblación y por tanto sobre explotación agrícola). La crisis económica consecuente supuso un cambio efectivo en el orden político y la pérdida de credibilidad en la alianza en el poder de los líderes políticos y religiosos, que fue sustituida por una casta guerrera, más belicosa. La guerra civil se precipitó, de la que hay evidencia arqueológica (quizá no tanta como se quisiera) justo antes de la llegada de los europeos, que encontraron una sociedad ya derrumbada y en declive.

La conexión es clara. Tenemos una sociedad montada las cuestiones centrales de la cual son discusiones financieras, políticas, deportivas y Belén Esteban, cosas perfectamente legítimas, sí, pero sólo si se dedica el tiempo suficiente a preguntarse por qué queremos cortar el último árbol de la isla que ahora es el mundo. En la Isla de Pascua el colapso no fue un proceso instantáneo: el hombre que cortó el árbol no sabía más de una isla ya prácticamente deforestada, con vagos recordatorios por parte de su abuelo de un paisaje mucho más boscoso. Y es que la escala temporal de las civilizaciones es mayor que la de los humanos, a veces con consecuencias dramáticas. Ahora, desde las preocupaciones ecologistas que comenzaron en los años sesenta, el capitalismo posmoderno ha supuesto la conversión de una economía industrial a una de servicios y la consagración de Wall Street y la City de Londres como los templos religiosos del mercado financiero. Un mercado financiero que no sólo no revierte sus beneficios a la sociedad de ninguna manera (ya se ha intentado, en forma de tasa Tobin o Robin Hood Tax), sino que se derrumba periódicamente en crisis especulativas el precio de las que hemos que pagar entre todos. Privatizar los beneficios, socializar las pérdidas. El caso más sonado ahora mismo es Grecia, justo antes de que nos toque a nosotros. Incomprensiblemente, una crisis de la que todos sabemos que fue gestada por individuos con nombres y apellidos en Wall Street, Manhattan, Nueva York, deberá ser pagada por las disminuciones de salarios y recortes sociales de Grecia. La cuestión es que, para poner esta cosa en marcha, los poderosos de nuestra compleja sociedad deberán tener la credibilidad suficiente para convencer a los huéspedes de los cuales son parásitos (según analogía biologista de J. Diamond), es decir, los trabajadores que son quién realmente produce, de que su sangría sigue siendo necesaria. Como en tantas otras situaciones históricas (Imperio Romano, Asanazi, taifas de Al-Andalus, Antiguo Régimen francés, colonias inglesas de América, Berlusconilandia), ahora no la tienen. Esto significa el colapso, si le juntamos la crisis estructural porque pronto cortaremos el último árbol, cuestión que quién tiene poder obvia porque está ocupado en ingenierías financieras “muy complicadas y necesarias” y quién tiene interés lo obvia porque está mirando el Barça.

La situación es, por tanto, muy clara. Por el mismo éxito de nuestras fórmulas, se ha construido una sociedad muy compleja, con muchas interacciones entre sus diversas partes y consecuentemente muy vulnerable a fluctuaciones, tanto internas como externas. Las fórmulas que antes triunfaban se han desgastado o han cambiado y la robustez que podía caracterizar antes nuestra civilización ahora brilla por su ausencia. La cultura a corto plazo que impregna las decisiones de los directivos de empresa (porque tienen que rendir cuentas a los accionistas), los políticos democráticos (porque tienen que rendir cuentas cada cuatro años) y los editores de prensa (porque los periódicos son también empresas) no es precisamente el mejor antídoto contra una decadencia que se precipita. Mientras tanto, el partido progresista que gobierna el país se dedica a cargarse derechos fundamentales y garantías constitucionales y a jugar con el ordenamiento jurídico (caso Sinde) y social (queriendo abaratar el despido o retrasando la edad de jubilación) sobre el que se funda la sociedad.

https://i2.wp.com/imagenes.lavanguardia.es/lavanguardia/img/20100209/rypin_mao4.JPG

Paradójicamente, tal vez China esté mejor preparada para esta eventualidad inminente, en el momento en que sus dirigentes pueden pensar en plazos de diez generaciones, incluso (ver aquí la crítica sutil al sufragio democrático y universal cada cuatro años, pero qué iconoclasta soy). De esta manera, hay que cambiarlo todo, desde abajo hasta arriba, y reconstruir una sociedad que realmente pueda enfrentarse a los retos que la acechan, antes que la que ahora tenemos se derrumbe como el castillo de naipes que de hecho es, por culpa de las contradicciones inherentes del capitalismo como sistema económico, aunque muchos no lo queramos ver. La palabra para denominar lo que inevitablemente toca hacer, de hecho, es revolución. Como soy una persona seria, analizaremos la revolución desde una perspectiva científica (teoría de juegos mediante) y según los principios sociales y locales que ya hemos enunciado: por lo tanto, practicaremos el socialismo científico 2.0. Marx is back! O, como dicen en su lengua original, Marx ist muss.

4 comentarios

  1. Well, the Chinese preparedness is indeed questionable: There will be much more hardship soon with a looming Chinese collapse bigger than the Soviet Union’s.


  2. “En les condicions d’una politica totalment secularizada l’estat de dret no pot ni ser realitzat ni ser mantingut sense democràcia radical.”

    Diu Habermas, jo molt més modest llegeixo la Vanguardia i m’indigno a diari (encara, per sort).

    Durant les 10 primeres línies m’ha semblat veure un retroping al blog del Miquel Iceta tu… de fet una Ctrl+c…


  3. True, crisismaven, but my point here is a different one: that 4-year terms in democracy have led to policies that only take into account these brief periods of time, so that a political leader not imprisoned in this logic, such as the Chinese, is much more able to maneuver in the economic arena so hypothetically could build a more stable system. The thesis is understandable when looking at the Western countries, but seems to be rejected as well if Chinese collapse comes to reality.

    Very interesting blog anyway. Thanks,


  4. ofont, de vegades em costa amagar el meu sociatisme irredempt, ja ho saps…

    L’afirmació de Habermas molt certa: plas, plas, plas. Caldrà dedicar-li un post al respecte.



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