Posts Tagged ‘contradicciones del capitalismo’

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Occupy Wall Street: toma de contacto

16 noviembre 2011

Sé que llamar OWS: toma de contacto a la primera crónica de una serie el día después de su desalojo desacreditaría a cualquier vago intento de llamar periodismo a esta cosa, pero es lo que tiene sufrir de productividad española enfrente a la vertiginosa sucesión de hechos que cualquier movimiento indignado desencadena. Como corresponsal Pobrelberg en Nueva York, me han preguntado varias veces por una crónica sobre OWS. Uno compara, uno contrasta, todo para poder decir qué es lo que caracteriza #OWS a diferencia del resto, pero le resulta que tanto #OWS como el #15M son movimientos esencialmente idénticos, tanto en la forma como el contenido, y siguen procesos esencialmente paralelos. La misma dinámica de cooperación y autogestión, el mismo carácter pacífico de las protestas, la misma brutalidad policial de un sistema que teóricamente acredita la libertad de expresión, las mismas justificaciones por salubridad e higiene, los mismos intentos de ridiculizarlos y desprestigiarlos, las mismas etiquetas ideológicas de tiempos pasados.

En todas partes el establishment politicomediático se pregunta, confusobut what do they want? Intenta clasificarnos en el tradicional eje izquierda-derecha, pero en vano: #OWS lo supera ampliamente. El presidente del país habla de simpatía con el movimiento, al mismo tiempo que aplica claras políticas en contra de él: ¿es que es idiota? Quizá. ¿es que acaso tiene las manos atadas y no puede hacer nada al respecto? También. Zapatero, Obama, Soros o Botín ven con buenos ojos un movimiento que irónicamente les señala a ellos mismos como culpables. Pero ellos no son malvados uruk-hai de Mórdor, sino es el sistema que intrínsecamente nos enfrenta a nosotros contra ellos. Es la misma estructura que, contra su voluntad, nos los presenta como enemigos. Y ellos, los que teóricamente tienen la sartén por el mango, no tienen ni idea de cómo cambiar algo que ya intuyen que no funciona. La verdad es que están igual de atrapados que nosotros, o más.

Pero para estar atrapados, viven muy bien los jodidos. Su problema es que tienen mucho que perder.

They tell you we are dreamers. The true dreamers are those who think things can go on indefinitely the way they are. (…) We are not destroying anything. We are only witnessing how the system is destroying itself. Slavoj Zizek

Si Occupy Wall Street tiene alguna particularidad, es su privilegiadísima posición des de la cual presencia el mismo colapso del sistema: Zuccotti Park es el mismo núcleo del reactor en plena fusión, el epicentro del terremoto del turbocapital, la zona cero del modelo anglosajón de neoliberalismo. Es en Wall Street donde se ordenó el desguace de la Glass-Steagall Act bajo la Administración Clinton que desató esta crisis. Es en Wall Street donde delincuentes multireincidentes con un alto plus de peligrosidad social conviven alegremente con los mismos a las que las víctimas de los primeros pagan para protegerse. Es en Wall Street donde los mafiosos culminan el sueño de Tony Montana, top of the world, entre cocaína, prostitutas de lujo y todos tus ahorros. Es en Wall Street donde están los pérfidos especuladores que juegan con la deuda soberana de Portugal, Irlanda, Grecia, Italia, España: es ahí dónde se aprieta el botón que desencadena una larguísima cadena de decisiones que termina con la muerte de pacientes catalanes que merodean por los hospitales buscando quién les asista. Si “los mercados” a los que Zapatero intenta calmar con sus millones de medidas antisociales tienen un hábitat natural, ése es Wall Street.

They also carry out these ugly activities with almost complete impunity — not only too big to fail, but also “too big to jail.” Noam Chomsky

Hay motivo. En OWS se tiene la seguridad de estar en lo cierto: we are the 99%, en un país donde el 10% de la población tiene el 71% de la riqueza: la gente está en la calle indignada por la absoluta impunidad de los que generaron esta crisis, que son el 1%. Sólo Madoff está en la cárcel y porque defraudó a los de su misma especie. No es un problema en absoluto coyuntural, como algunos quieren hacer ver. El sistema entero se halla fundado sobre un principio teórico que la misma historia ha desmentido empíricamente: el mercado podía ser un mecanismo de redistribución de riqueza. Si Estados Unidos es el modelo neoliberal por antonomasia, es algo muy chungo; sus fundamentos van siendo gradualmente minados por sus propias contradicciones: tiene, con diferencia, el porcentaje de PIB en gasto en sanidad más alto de la OCDE (casi el triple que España), pero ofrece un servicio social pésimo. Otro disparo en el pie, consecuencia de la misma lógica: la burbuja de los student loans está produciendo una generación de profesionales hipercualificados pero con nula capacidad emprendedora debido a su enorme endeudamiento. Otro disparo en el pie: El índice de desigualdad económica coloca al país a niveles africanos (entre Camerún y Jamaica). El país ya no es una democracia, sino una plutocracia: sólo los ricos pueden permitirse costearse una campaña electoral, con los resultados que tiene. Otro disparo en el pie: el grueso de los impuestos va a financiar el complejo militar del imperio, con Irak y Afganistán como si fueran “la AIG bélica”. Puro keynesiasismo militarista, la deuda del cual se financia… en Wall Street.

Por OWS han pasado para instalarse desde intelectuales de primer orden (Slavoj Zizek, Noam Chomsky, Flores d’Arcais, Judith Butler…) hasta cubanas octogenarias –la inigualdad nos enferma (sic)-, miembras del movimiento transversal Occupy the Hood/Occupy el Barrio, que aspira a integrar (con éxito) los no-blancos en el movimiento, los grandes perjudicados por el racismo inherente del sistema. Igual que el #15M, el movimiento empezó con unas pocas tiendas en una plaza y ahora se extiende, confiado de tener razón, por todo el país y por cada rincón de las ciudades. También aquí hay iniciativas de guerrilla gardening

Zuccotti Park (propiedad de una empresa: privatización del espacio público), rebautizado con su nombre original, Liberty Plaza, representa la misma praxis de la Primera Enmienda: la libertad de expresión, algo que la policía demuestra día sí día también que le cuesta tolerar, continuamente vallando las protestas, democráticamente exigiendo permiso para reuniones de más de veinte personas, confiscando los equipos electrógenos argumentando que podían causar fuego (!) y prohibiendo los mecanismos de amplificación de sonido, a lo que los manifestantes han respondido adoptando el sencillo método del human mic, ir repitiendo las palabras del orador, que siempre empieza con un melódico y positivo I propose, a modo de eco en una, dos, tres, hasta cuatro oleadas, algo que quizá sólo la esquemática gramática del inglés puede permitir. Ante el libre ejercicio de la Primera Enmienda, hoy una juez ha permitido una versión descafeinada y tutelada del derecho de manifestación – qué gran generosidad la del sistema de ofrecernos estos enclaustrados métodos de protesta! Por si lo olvidaban, el derecho a llevar armas (Segunda Enmienda) no fue obra de los locos de la Asociación del Rifle, sino de los líderes revolucionarios que reconocieron al pueblo el legítimo derecho a rebelarse contra un gobierno injusto. Ésta es la semilla de libertad en OWS tan intolerable para los poderes y que quieren restringir a toda costa.

La primera señal de fuerza fue en Times Square, donde decenas de miles se congregaron en la catedral del consumismo, para decir basta a ese gigante bukkake publicitario que es la apoteosis del turbocapitalismo. Gritos que sonaban: This is what democracy looks like! o No more war, por favor! Tan sólo por existir, el movimiento es especialmente molesto para los de arriba, porque con su natural espíritu cooperativo se pone en duda el acérrimo individualismo punto de partida de todo; en las plazas ocupadas éste se suspende momentáneamente y se readmite el trueque, la reciprocidad y el altruismo como formas básicas de relación económica. Es especialmente molesto, porque con su natural espíritu de auto-gestión lanza un directo mensaje al poder: no os necesitamosEn ese sentido, al igual que todas las protestas de indignados, el movimiento representa en sí una toma de conciencia de un nuevo espíritu, el germen de una sociedad más libre y justa: una semilla que está siendo plantada.

Próximas entregas: la rebelión de las cuentas bancarias; entrevista a un activista de OWS; entrevistas a profesores de Columbia.

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Personalmente, me da igual

27 septiembre 2011

Marx señalaba que la principal función del Estado es como preservador de los privilegios de una minoría. Sólo en casos particulares donde hay un equilibrio entre dos clases -el periodo de prosperidad occidental 1945-1975, por ejemplo, con su delicado equilibrio entre trabajo y capital- el Estado se convierte en mediador en estas tensiones. Por eso se sostenía antes el Estado de bienestar. Por otro lado, tenemos a Grecia, España, Nueva York, donde la policía se dedica a reprimir al personal que protesta por un orden flagrantemente injusto de las cosas. Hay fases en las estructuras políticas en las que éstas coordinan la acción colectiva y amplifican los beneficios de su cooperación mientras que hay otras en las que éstas se convierten en la estructura que Marx denunciaba como de privilegio y represión. Lo hemos visto muchas veces – casi podríamos decir que es su dinámica natural. Y ahora nos encontramos con esto: la sociedad del turbocapital como estafa colectiva a gran escala en las que unos siempre ganan y los otros siempre pringan. Lo que era una simbiosis ha pasado a ser parasitismo.

Personalmente, he estado soñando con este momento desde hace tres años. Tengo que confesarlo, yo me voy a la cama cada noche soñando con una recesión, soñando con un momento como éste.

Alessio Rastani

Pero lo más sorprendente no es esto: es el hecho de que quiénes se benefician a espuertas de este particular orden de las cosas no creen absolutamente en él ni en su supervivencia. Les da igual. A Esperanza Aguirre, a Artur Mas o a Alessio Rastani. Por ellos, se podría ir al garete, pero sus beneficios seguirían intactos. El Estado ya no es lo que era: una estructura de represión destinada a transferir el dinero de los productores a unos pretendidos gestores. Ahora, los que teóricamente eran gestores según la narrativa oficial se dedican a desmantelar la res pública y a beneficiarse de este asesinato premeditado. Casi mejor que se queden el invento y busquemos por nuestra cuenta fórmulas económicas alternativas.

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Los fundamentos del Empire State

6 septiembre 2011

Disculpen la larga ausencia, pero entre las estupendas vacaciones a Berlín y el huracanado salto del charco hasta la Big Apple, uno se desconcentra, al mismo tiempo que aprovecha para inspirarse con los nuevos y alucinógenos calideoscopios que le pasan a uno delante de las narices. Y es que Estados Unidos no deja de ser una gigantesca operación de márketing, las alcantarillas echan humo blanco y los taxis son amarillos como en las películas y el Empire State hunde sus raíces en el fango que es la miseria humana del homeless, que no es más que el prototípico ciudadano americano que disfruta de la verdadera American way of life, oséase, la puta calle. Si no les molan los tópicos, el auténtico americano se esconde detrás de las caras del nuevo lumpenproletariat emergente que son los trabajadores de Wal-mart, IKEA, Zara, Nike, Starbucks -el complejo de nuevo infra-Estado de bienestar, esta vez de capital privado- y un largo etcétera, todos al servicio de la élite del país y del mundo que siempre los mirará por encima del hombro porque ellos sí pudieron estudiar en Yale o Harvard.

¡No es lo que piensas, cariño!

Ahora las películas clásicas al uso ya no son rentables, y sólo Transformers 3 tiene sentido, por el margen de beneficio que da a la inversión dada. Por presión de los accionistas, HP tiene que abandonar tiene sus fábricas de ordenadores y concentrarse en software. Es la transición de la economía real y productiva a la virtual en forma de moai de Isla de Pascua o de tecnología financiera de alta gama. O, ya no tan demagógicamente, es la especialización de la élite de la first nation in the world en la logística de una economía global que produce en China y consume en Occidente mientras el resto del mundo ejerce de público pasivo y/o se muere de hambre. EL centro de este mundo es Nueva York, la apoteosis del capitalismo americano, el pato cebado a más no poder, la nueva Babilonia obsesionada en demostrar al mundo que le sobra el dinero en su irracional celebración catártica del hiperconsumo. Así se sentirían los ciudadanos del Imperio Romano en visitar Roma por primera vez y ver al Coloseo al fondo del Foro a la izquierda. Así me he sentido yo, vaya.

Un espectáculo que se le recuerda a uno en cada paseo por Manhattan y es que Estados Unidos tiene una desigualdad económica de carácter africano o chino: el 40% más pobre tiene un 0.4% de la riqueza del país, mientras que el 20% más rico acapara el 83%. En Suecia, los números son un 11% para el 20% más pobre y un 36% para el 20% más rico. Pero, claro, la progresividad fiscal es anti-económica porque desincentiva el afán de lucro y por lo tanto la creación de riqueza. No importa que la desigualdad económica correlacione de modo espectacular con la delincuencia o la incidencia de enfermedades mentales, como señalaba Judt en su ensayo póstumo, Algo va mal. Eso es el sueño americano. Pero es que uno tiene ahí la torre Sears de Chicago mientras la contempla desde un bus de estándares infra-europeos con los que viaja hasta Nueva York durante 20 horas a través de la dura cara B de América, el lado oscuro del American dream. O los anuncios en el metro de New York State-sponsored student loans, el gigantesco endeudamiento a largo plazo de la nueva generación de profesionales liberales del país. Qué social fabric se va a sostener con eso. Pero la vida sigue fluyendo por Times Square en la ciudad que nunca duerme – una orgía capitalista de carteles luminosos, un enorme bukkake publicitario sobre el espectador que termina por sentirse violado en el sentido más íntimo.

Y eso que sólo hablamos de temas domésticos, pero ahora uno empieza a leer Blowback: The Costs and Consequences of the American Empire de Chalmers Johnson, donde cuenta cómo cada acción terrorista es la respuesta a una acción del Imperio allende sus fronteras en este libro publicado en el año 2000 y por lo tanto, claro está, justo antes del 11-S. Pero, a pesar de todo, God bless America. Puro delirio de Nueva York.

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Ni putas ni sumisas ni racistas

10 mayo 2011

Viendo la propaganda electoral racista de la aún no ilegalizada (y podemos esperar) Plataforma per Catalunya, uno recuerda el movimiento feminista con origen en París que se rebeló tanto contra los orwellianos cánones de belleza occidentales –ni putas– como contra el sometimiento a las normas tradicionales islámicas –ni sumisas. Pero yendo más allá, cuando nos acordamos de que lo que decide si un inmigrante es regular o irregular no es ninguna esencia milenaria sino nada más que un convenio –la ley de Extranjería-, que resulta que con sus arbitrariedades contrarias a los derechos humanos crea una enorme bolsa de trabajo de trabajadores sin derechos laborales ni políticos listos para ser explotados en el 23% del PIB español, que es lo que representa la economía sumergida.

El PPSOE es delictivamente permisivo con la economía en negro, auténtica lacra de Europa del Sur (76000 millones de euros que dejamos de ingresar): el PPSOE no persigue el fraude fiscal y además crea la figura jurídica del inmigrante sin papeles ni derechos – la mano de obra que sustentó el boom inmobiliario español, el “ascenso de nuestra economía con los grandes de Europa” y la garantía de la sostenibilidad de las pensiones y el conjunto del Estado de Bienestar. Y etcétera. Los inmigrantes constituyen una de las bases fundamentales de la pirámide social española; el PPSOE esto lo sabe, pero insiste en un discurso xenófobo que no sólo es criminal, sino también groseramente cínico e irresponsable a nivel económico.

Pero son extremadamente efectivos cuando apelan a las emociones de los trabajadores de clases bajas, que se encuentran compitiendo por los mismos recursos que los inmigrantesno es una cuestión de racismo cultural o étnico (un factor secundario), sino el resultado de un conflicto social. Pero este conflicto social esconde una enorme falta de conciencia de clase: tanto autóctonos como inmigrantes comparten intereses económicos contra una élite que parasita su fuerza de trabajo, creando un sistema social injusto con los trabajadores -independientemente de su nacionalidad- dedicado a preservar los privilegios oligárquicos.

Si a uno le meten en una jaula con un león, obviamente el primer impulso será cagarse en el león, pero el responsable último del marrón es el diseñador de la jaula, que resulta que es el mismo que me ha metido dentro apuntándome con la pistola. En todo caso, podríamos hacer lo mismo con los propagandistas racistas del PPSOE que lo que hacía mi profesora de inglés cuando pedía un voluntario y algún listillo corría a señalar a un compañero, que le tocaba al listillo hacer de voluntario: expulsar del país a la gente que exija expulsar a otros.

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La socialdemocracia como despotismo ilustrado (2): ¿por qué trabajar?

11 abril 2011

El primer objetivo era dar bienestar a la clase trabajadora y mediante la creación capitalista de riqueza y las luchas proletarias se hizo propietaria. Entonces, no sólo propietarios (nevera, lavadora, ordenador, microondas), sino también pagadores de impuestos (antes no tenían suficiente renda) y liberales, porque se termina valorando (muy legítimamente) un dinero fruto de su trabajo, que ven cómo se va mediante impuestos y con justificaciones metafísicas por el bien de la comunidad (procedentes de la izquierda socialdemócrata) que después no terminan de ser verdad (¿salvar a bancos y concesionarias de autopistas es por el bien público?). El gasto de dinero público tiene que ser transparente, eficiente y fácilmente controlable. Mientras tanto, la clase alta, antes principal aportadora de impuestos, ha huido a las rendas del capital – el sector financiero que ahora nos jode, tan difícilmente fiscalizable.

A nivel electoral, la izquierda socialdemócrata, con un mensaje paternalista que confunde caridad con solidaridad y justifica múltiples imposiciones y prohibiciones (ordenanzas cívicas sin ir más lejos), se ha hecho enemiga de la clase media, con las irresistibles ironías de la historia que eso conlleva. En una tremenda paradoja histórica, el mismo bienestar -que era el incentivo de la creación de la riqueza y también el objetivo de la izquierda- se ha cargado el espíritu emprendedor de la sociedad, que es exactamente la materia prima de sus fundamentos. El trabajo. El esfuerzo. La innovación. Según la jerarquía de valores de la pirámide de Maslow (y el sentido común), sólo una vez solucionado el problema material, tiene sentido proponer el problema espiritual. Es el particular mensaje de la izquierda hippie: ahora toca la emancipación espiritual, la realización de la autonomía moral personal, la individuación que preconizaba Jung. El trabajo por el trabajo (como creador de riqueza) no tiene sentido en una sociedad rica como la nuestra: tiene que fundamentarse sobre la autorealización personal, la individualidad y la creatividad. Un ora et labora moderno de menos de 35 horas semanales. El modelo de trabajo antiguo está basado en incentivos ahora inexistentes: ya no es necesario conseguir más bienestar material, sino el tiempo para disfrutar un martini al solecillo de una tarde de verano en medio de una agradable conversación sobre William Turner.

Hace falta un cambio de prioridades. Al mismo tiempo, estamos en crisis, con múltiples países en implícita bancarrota. Nos dicen: “hay que recortar el déficit” y se va por la solución fácil, la de recortar por abajo, pero es que quizá el problema viene por arriba y es el gigantesco peso de estructuras oligárquicas, antaño creadas por el bien público y ahora sólo preservadoras de privilegios neofeudales. Nos tendremos que apretar el cinturón, sí, está claro, pero queremos hacerlo por nosotros mismos, de modo autogestionario, y no con la dirección y los mensajes apocalípticos de gente que viaja en primera clase y coche oficial, lidera guerras de 400 millones de euros al año (Afganistán) y es el instrumento de gente que no paga impuestos y sólo roba a la sociedad (el sector financiero). ¿Para qué hace falta el Ejército, que nos cuesta 9000 millones al año? Las estructuras politicoeconómicas han devenido como la fase del Dominado del Imperio Romano: tan pesadas y rígidas para sus ciudadanos que éstos aplaudieron las invasiones bárbaras que veían como liberadoras.

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Lo confieso, no tengo afán de lucro

16 marzo 2011

Hace dos semanas colaboré en montar una fiesta de carnaval -el Carnaval de Bajtin– en un garito del Poble Espanyol que, según voces exigentes, fue bien molona. Resulta que la fiesta no era gratuita y mi estatus allí era entre accionista y agitador, a lo que siguió la pregunta: ¿cuál es mi motivación para esta fiesta? ¿El afán de lucro? ¿o montar una buena fiesta de disfraces en la que nos podamos divertir los amigos y que sea más o menos autofinanciada? Un buen anarcoliberal rápidamente respondería por mí: usted tiene afán de lucro y monta esta fiesta para ganar dinero, no se engañe; toda motivación es egoísta y esta fiesta no iba a ser la excepción. “Todos nos movemos por lo mismo; es la naturaleza humana”. Pero resulta que, oh dios (dinero), perdóname, lo confieso, no tengo afán de lucro; sinceramente, lo que me motivaba era sencillamente montar una fiesta para nosotros, quizá pecando de amateur, pero que hubiera buen rollo y buenos disfraces y no el mánager del Apolo o el Razzmatazz succionando nuestros ahorros a base de cubateo de garrafón y música igual de average desde su cómoda poltrona. Yendo a estos sitios uno se siente como en la fnac, el ikea o el zara, un número más, consumidor que va allí a ser consumido, parte del rebaño en busca de pienso. Se trata de ir más allá.

Parece que las opciones ideológicas de cada uno no son más que las prolongaciones de perfiles psicológicos. Según estudios que ahora no tengo aquí, la gente de derechas es (generalmente) menos empática y más individualista y miedosa, mientras que la gente de izquierdas es más confiada y con un sentido colectivista mayor. La gente de izquierdas tiende a excusar comportamientos chungos por temas de pobreza, familiares -de contexto- mientras que las derechas son más duras y apelan más a la responsabilidad individual. Por eso, los segundos tienden a exigir más dureza en el Código Penal, mientras que los primeros demandan solucionar estos problemas contextuales (esencialmente la desigualdad social) que evitarían muchos conflictos y muchas veces mediante el Estado de bienestar, obra magna del colectivismo. De allí emanan sus convicciones, su modelo de sociedad ideal, etcétera. En un paper sobre gestión de bosques en la tragedia de los comunes, se observan entre las diferentes comunidades proporciones variables de cooperadores, de individualistas (free-riders), etcétera. Así, existe una variabilidad de facto en los perfiles psicológicos que termina generando diversidad ideológica, que a su vez garantizaría la cohesión social a la vez que potencial para evolucionar. Y es que la variabilidad es una característica esencial que se da en los sistemas evolutivos, ya lo dijo Darwin, porque la selección –social– obviamente no puede operar sobre arquetipos homogéneos. Siguiendo esta hipótesis…, sería necesaria una fracción social de gente conservadora para garantizar la robustez y sostenibilidad del sistema, mientras que una fracción social más progresista exigiría continuamente mejoras y cambios en el sistema, de hecho precisamente para profundizar en su misma sostenibilidad. Son roles sociales que tienen una finalidad específica y que sí, que nos tocan llevar a cabo.

En todo caso, todo este rollo paracientífico venía a cuento de lo cabronazo del especialista en márketing que suelta un suspiro, arquea las cejas y dice, lapidariamente: “al fin y al cabo, le guste a la gente o no, se trata de VENDER” con este ácido regusto a “esto es lo que hay, simplemente estoy siendo realista“, pero que en el fondo tan sólo consiste en imponer una determinada visión sobre las relaciones humanas de las que es totalmente lícito disentir. Aparte de lo absurdo del legustealagenteono (porque precisamente se trata de esto, de que le guste a la gente y vivamos felices y comamos perdices), que recuerda al tío que dijo hablando de Japón “afortunadamente, el coste económico del tsunami es mucho menor que el coste en vidas humanas”, cuando bueno, es que se trata de que la gente viva; si realmente soy realista, nos daremos cuenta de que hay otras visiones de la estrictamente mercantilista, otro tipo de perfiles psicológicos diferentes del tiburón de las finanzas, otro tipo de preferencias personales -legítimas- en las que el afán de lucro no es prioritario. En el fondo, en este hipermercantilismo reside un espíritu profundamente totalitario -sí, totalitario, ¡como Stalin!- que impone una determinada visión de las cosas, y la sociedad se construye en función de este pensamiento único y la verdad es que se construye… mal.

En ésas estamos que teóricos como Serge Latouche (decrecimiento) piden recapitular y hacer un inventario de lo que realmente necesitamos y queremos y lo que no, y calcular los datos económicos como el PIB en función de este inventario y no de criterios estrictamente economicistas que toda la sociedad obviamente no tiene que compartir. Se trata de cambiar el imaginario colectivo.

 

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La revolución… ¿verde?

7 febrero 2011

Entre los años cuarenta y setenta, la agricultura experimentó enormes cambios, sobre todo en los países en vías de desarrollo: se mecanizó y se introdujeron variedades muy productivas, además de fertilizantes, pesticidas y herbicidas, resultando en una maximización de la producción – el arroz moderno podía llegar a ser diez veces más productivo que el tradicional. La llamada revolución verde salvó al subcontinente indio de una hambruna salvaje y salvó la vida a muchas generaciones. Beneficios de la modernidad y el progreso – los defensores de la agricultura ecológica tendrían que tener eso en cuenta.

Algunos de los grupos de presión ambiental de las naciones occidentales son la sal de la tierra, pero muchos de ellos son elitistas. Nunca han experimentado la sensación física de hambre. Ellos hacen su trabajo de lobbies desde cómodas suites de oficina en Washington o Bruselas … Si vivieran sólo un mes en medio de la miseria del mundo en desarrollo, como yo durante cincuenta años, clamarían por tractores y fertilizantes y canales de riego y se indignarían de regreso a casa que elitistas cool tratando de negar estas cosas.  Norman Borlaug

¿Pero la revolución verde… es verde?  Desde principios del siglo veinte, la productividad por hectárea se ha cuadruplicado, pero la energía necesaria para la maquinaria, bombas de irrigación y producción de fertilizante ha aumentado ochenta veces. Un producto típico recorre 2400 kilómetros desde su producción hasta dónde se consume. Es un gasto energético enorme que se ha pasado por alto momentáneamente gracias al bajo precio del petróleo y el gas natural, pero en breve la agricultura moderna se volverá insostenible. Al mismo tiempo, la industrialización de la agricultura, dirigida por el principio del máximo beneficio, ha conllevado efectos secundarios bastante chungos, como la propagación de nuevas enfermedades, aumento de las alergias y la esterilidad y serios desequilibrios en la dieta, con pocas empresas que controlan el mercado y el poder político que teóricamente tendría que controlarlas a ellas. El consumidor se encuentra, entonces, indefenso. El documental Food Inc., que os podéis bajar aquí, ya lo explica todo, con las contradicciones de un sistema que con tal de maximizar beneficios ofrece productos basura (sólo hay que fijarse en el “producto terminado” de la principal productora americana de hamburguesas, lavado a base de cloro, sí, el cloro de las piscinas) fuertemente subvencionados por el poder político y con un alto coste energético.

Pero entonces, ¿el paso a un sistema de producción de alimentos más local (huertos urbanos, cooperativas de consumo), biológico y ecológico, que ahora parece esencial, no es acaso una renuncia al progreso que alimentó a millones de bocas el pasado siglo? ¿No es quizá renunciar a la modernidad desvincular la producción económica del principio del máximo beneficio y así acoplar producción y consumo de modo responsable? Estos cambios en la estructura de producción, vitales para asegurar la sostenibilidad del sistema y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, pueden conllevar lo que un capitalista más teme: no pérdida de bienestar, sino pérdida de competitividad y de innovación tecnológica. Lo que se está convirtiendo en la auténtica revolución verde es un rechazo categórico a los fundamentos del libre mercado. No es nada tonto. ¿Estamos dispuestos, así, a llevarla a cabo?