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La mort d’Ivan Ílitx (Oriol Broggi, Biblioteca Nacional)

17 febrero 2011

Me encantan los viejos. Sin ir más lejos, quiero profundamente a mi abuela, de gran corazón y gran experiencia. Es más, una sociedad para considerarse normal tiene que cuidar de sus ancianos; las que los abandonan están condenadas. En Estados Unidos, un tercio de los “jubilados” deben volver a trabajar porque sus planes de pensiones se han ido al carajo por culpa de la crisis. En España, un 75% de los jubilados viven bajo la línea de la pobreza, si no me equivoco; al mismo tiempo, la verdad es que ignoro quién me pagará la pensión dentro de cuarenta años (o cincuenta, viendo cómo va de lanzado Zapatero). Vaya, que me encantan los viejos.

Pero esto no quita que una sociedad envejecida sea esencialmente una sociedad más conservadora y quizá esto explique en parte el conservadurismo atávico que nos rodea y nos vampiriza en este terruño de mundo que es España. Igualmente, un público envejecido busca un tipo de teatro conservador que no mola nada. Y el público de La mort d’Ivan Ílitx era muy mayor.

La obra se inspira en una novela de Tolstoi en el que retrata el último periodo vital de un juez de provincia obsesionado con la alta sociedad. El texto, cabe decirlo, es buenísimo, no buenísimo, sobrenatural, hipersensible. Pero la puesta en escena de Oriol Broggi se fundamenta en una concepción profundamente equivocada (según mi parecer, claro): el teatro es mentira (como dijo en el posterior y precioso coloquio con los conferenciantes de Aprender a morir). Para Broggi, todo es una impostura. No hay sinceridad, ni autenticidad. Por eso los actores se limitan a recitar el texto de Tolstoi, totalmente abstraídos y casi hieráticos, sin interactuar entre ellos (¿pero no es precisamente el teatro el instrumento artístico perfecto para explorar lo que es la intersubjetividad?), y de vez en cuando actuando levemente lo que están recitando. El trabajo actoral, por lo tanto, se reduce a la memorización del texto. Les pregunto: “¿ya que sois Ivan Ílitx e Ivan Ílitx muere, qué se siente cuando uno se muere?” “Nada”, me responden. Esto sí que es meterse en un papel.

Y no por culpa de ellos, sino del director, más centrado en conseguir imágenes de cierta belleza estética (¡para eso dedícate a la fotografía!) que en desarrollar lo esencialmente teatral, tan sólo dos palabras, el aquí y el ahora. ¡Aquí y ahora! ¡Aquí y ahora! El teatro es el arte que ocurre en el presente y a dos metros del espectador; es la carne y la pasión, la deseada fusión entre el narrador y protagonista. En una novela, se requiere cierto alejarse de la historia por parte del narrador; aunque sea en primera persona, nos hablará en pasado y si es en presente pues no es más que un pasado de tan sólo dos o tres segundos. Es la inevitable pared que nos evita poder verbalizar lo presente, que el teatro se permite dinamitar. Por eso, fue totalmente incomprensible que en el principio de la obra te digan que Ivan Ílitx murió gritando desgarrado durante tres días y después va y cuando se muere, lo hace sí, con un poco de dolor, pero casi una molestia, y se marcha plácidamente. ¿Disculpe? Así que mejor compren directamente el libro de Tolstoi, un texto precioso y más barato que la obra, que es un tostón.

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