Posts Tagged ‘sociedad de masas’

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Un discurso de fondo: la globalización lo jodió todo

7 junio 2011

Discúlpanme si hago de abogado del diablo, pero es que muchas de las propuestas (impuesto de patrimonio, sucesiones, tipo máximo IRPF) que suenan en plaza Catalunya para un documento de mínimos, aunque loables, me suenan a mojadas cartas a los Reyes Magos. Nacionalizar los bancos conlleva hacerse cargo de su agujero y de sus tóxicos. Que devuelvan el dinero público implica su quiebra y corralito a la argentina. Dación en pago o poner las viviendas al mercado también implica quiebra de los bancos. Tasar las transacciones financieras o progresividad fiscal implica fuga de capitales. Reestructurar la deuda externa española –default- implica volver a la peseta y dejar la economía europea muy maltrecha como poco.

No es una cuestión de que falte el dinero para sanidad o educación. Es que no hay mecanismos efectivos para que los que sí lo tienen lo suelten. La socialdemocracia como modelo económico fue posible en unas circunstancias históricas muy específicas, eso es, sustentándose en un delicado equilibrio entre capital y trabajo a nivel nacional tal como se dio en los países occidentales al término de la Gran Guerra. Allí las presiones de los sindicatos tenían sentido y eran efectivas, porque había pocos trabajadores y la amenaza bolchevique era muy presente: para contrarrestar, los partidos burgueses tuvieron que ofrecer un gran poder político a partidos socialdemócratas y sindicatos – la consecuencia económica es la transición del liberalismo al keynesianismo, que con tal de evitar depresiones defiende la progresividad fiscal y la intervención estatal de la economía, es decir, el modelo socialdemócrata. Pero un Estado deficitario implica un Estado que ha contraído deuda -que está en deuda- con precisamente aquellos que tiene que fiscalizar. La otra opción es estabilidad presupuestaria: ¡recortes!

En función de la ideología, se dirá que fueron las conquistas de las luchas trabajadoras o el crecimiento del mercado lo que generó un espectacular aumento del bienestar general. Da igual; el hecho es que se terminó por generar una amplia clase media a partir de una sociedad muy polarizada en dos clases. En cierto modo, era el triunfo de la socialdemocracia: una sociedad con una clase media fuerte es lo más parecido a una sociedad de una sola clase (el comunismo) que podrá haber. Pero su misma victoria fue el inicio de su derrota – la caída del telón de acero lo jodió todo: ahora resulta que el capital es muy fluido y tremendamente difícil de fiscalizar -aumenta el tributo de las SICAV en País Vasco y se te van todas a Madrid-, al mismo tiempo que la demanda de trabajo se ha incrementado hasta el punto de que comprar derechos laborales le sale al empresario global a precio de saldo -un informático indio te hace lo mismo por una quinta parte de sueldo español-, la deslocalización como amenaza siempre a mano.

El equilibrio de fuerzas se ha decantado con ganas hacia el capital y así la socialdemocracia se cae inexorablemente a trozos, mientras los trabajadores son espectadores ingratos de cómo las conquistas de sus abuelos son liquidadas una a una «porque así lo manda el mercado» y los derechos fundamentales son puestos en duda por monos con bates de béisbol. La progresividad fiscal, antaño tan fácilmente realizable a nivel nacional, ahora sólo tiene sentido si es llevada a cabo a nivel internacional, como reconoce el cripto-keynesiano que tenemos de conseller de Economía, el señor Mas-Colell: hace falta un poder político global que haga frente a un poder económico global, como piden muchos. Internacionalización, exigen. Pero recordemos que el experimento de institución política supranacional más cercano que tenemos -la Unión Europea- es un ente opaco y poco democrático con el que nos han colado medidas como Bolonia o las directivas de la vergüenza y de las 65 horas. Los partidarios de la internacionalización del poder político como método democrático tendrían que tener en cuenta esta verdad de la buena: a medida que ascendemos niveles de decisión, los ciudadanos de a pie perdemos poder de influencia y lo ganan los lobbies.

En realidad, las peticiones de los internacionalistas irían en la tónica general: nos encontramos delante de una transición de un Estado de bienestar de capital nacional y público a uno de capital internacional y privado, con sus Zaras, H&Ms, Ryanairs, IKEAs, Endesas y etcétera, donde se funde lo público con lo privado y resulta que DSK, violador y director del FMI, es socialista, y los reguladores del mercado financiero (y tantos otros: energético, alimentario) son escogidos entre los mismos regulados, como nos recuerda Inside Job. La tendencia es hacia un empobrecimiento generalizado de la clase media -causa real de la indignación #15M– y la imposición de un neofeudalismo del turbocapital: élite político-económica versus una masa de trabajadores precarios con derechos low-cost. La dicotomía entre privado y público del siglo XX ha dado paso a la dicotomía entre global y local. 

Es preciso, por lo tanto, insistir en la necesidad de localizar en detrimento de globalizar y llevar el debate en el terreno donde el ciudadano medio tiene poder efectivo de decisión. La sociedad es una correlación de fuerzas y tenemos que ser conscientes de dónde cae el alcance de la nuestra, cómo efectuamos pequeñas cesiones de poder en lo cotidiano:  con una cuenta de crédito o una hipoteca en un macrobanco o comprando en un hipermercado o en una gran superficie nos colocamos en la base de la pirámide, sosteniéndola, en la punta de la cual están los peces gordos/mafiosos calabreses a los que ahora exigimos –mejor dicho, suplicamos– que paren sus recortes. Para poder negociar y exigir, hace falta una posición de fuerza, que no se consigue con manifestaciones o huelgas en tiempos de crisis, sino tomando conciencia de nuestras relaciones económicas diarias y cambiándolas: banca ética, cooperativas de consumo alimentario, cooperativas energéticas, modelos de cooperativas de uso para vivienda ética más colectivizar los servicios públicos, con tal de dejar de depender de las élites, y así pasar de suplicar a exigir.

En este nuevo contexto, asalariados, autónomos y pequeños y medianos empresarios estamos en el mismo barco: en el discurso de fondo hace falta transversalidad en lugar de un social-estatismo que lo único que hace al final es proteger a las oligarquías. Eso conlleva la superación a nivel moral de la figura laboral del asalariado (alguien que al fin y al cabo no concibe el producto de su trabajo como propio) y del empresario (que lo expropia), para apostar por un libremercado de cooperativas (también en servicios básicos), conjugando libertad económica con valores comunitarios –democracia económica-, y un modelo político de carácter asambleario-federal desde abajo hacia arriba, que bien puede fundamentarse en las actuales dinámicas del movimiento #15M, que ya se extiende a los barrios de cada ciudad. Este modelo, de carácter esencialmente libertario, es ciertamente difícil de llevar a cabo, pero ya es radicalmente distinto de las medidas socialdemócratas -que son directamente imposibles, porque no hay fuerza efectiva para llevarlas a cabo. También nos hubiéramos podido reunir en 1939 y exigir sentados que Hitler parara voluntariamente la guerra ya me imagino el resultado. Sin ir más lejos, la reforma de la ley electoral no deja de ser totalmente circunstancial: en Catalunya tenemos seis partidos con la misma ley; lo sensible son las estructuras de los partidos; los problemas son realmente de fondo.

Nos empobrecen, nos quitan derechos y además dicen que es inevitable. Se trata de cambiar el imaginario, romper con la esclavitud mental de quién se cree a las élites – y eso pasa por renunciar a priorizar la seguridad de la vivienda comprada, tan importante en sociedades tradicionalmente pobres y conservadoras como la española – porque esencialmente es entrar en deuda con mafiosos calabreses que reconocen abiertamente que son avariciosos y van a por la rodilla. ¿Por qué pagar impuestos si van a la Iglesia Católica, a televisiones infumables, a concesionarias de autopistas que han calculado mal sus ingresos, a AVEs sin rentabilidad, ayudas a las eléctricas y un largo etcétera? Somos nosotros quiénes sostenemos esa gigantesca pirámide de estafa social – son las élites las que nos necesitan a nosotros, auténtica fuerza productiva, y no al revés, tal como dice su narrativa sistémica. Pero para emanciparse de estos esquemas mentales neofeudalistas, hace falta iniciativa, autogestión, auto-organización – espíritu libertario.

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Nuestro propio Inside Job

12 abril 2011

[Os podéis bajar Inside Job subtitulada clicando aquí o verla en el Verdi Park o Renoir con alta definición. Horarios Verdi y Horarios Renoir]

Inside Job te relata exactamente cómo se gestó la crisis en Wall Street, de factura estéticamente interesante y éticamente contundente y con datos muy completos y bien documentados. Si alguien no los conoce, vale la pena que vaya al cine y además con libreta y boli. Pero si ya los conoce, el documental es un poco más de lo mismo. Me apeteció ver una parte VI: muy bien, esto es así, ¿pero ahora, qué hacemos?

A mí, a pesar de todo, el comportamiento de los islandeses me parece extraordinariamente irresponsable y egoísta. Durante una década votaron a un gobierno neoliberal que decidió apoyar a la banca islandesa, que recababa fondos de fuera para potenciar el PIB general del país. Ahora que se les ha acabado el chollo, se niegan a cumplir con los compromisos del gobierno neoliberal al que tanto apoyaron. (…)

En tres palabras: que se jodan. Porque si se salieran con la suya, Islandia no sería como país más que un ejemplo de privatizar los beneficios y socializar las pérdidas.

Antonio, comentario en Guerra Eterna

Es cierto. Aparte de consideraciones de que no todos los islandeses votaron neoliberal y pagar la deuda contraída por los banqueros sería una forma de castigo colectivo, tenemos que asumir que, en general, los de abajo también tuvimos responsabilidad, sobre todo en el hecho de hacernos dependientes de gente irresponsable y codiciosa, a la que sustentábamos con nuestro propio trabajo diario. El documental omite sistemáticamente que en Estados Unidos toda esa gigantesca pirámide de estafa financiera estaba fundamentada sobre una gran demanda para la compra de casas por parte de gente trabajadora que no tenía problemas para endeudarse hipotecándose. No hubiera habido pirámide sin esta gente, igual como no hubiera habido burbuja inmobiliaria ni crisis española si los españoles no hubieran votado a PP, PSOE y CiU ni participado en la compra de casas masiva que sostuvo el boom de la construcción. Es muy fácil subirse al tren que genera riqueza y sólo criticar que lo hace de modo fraudulento cuando ya ha descarrilado.

La enfermedad de nuestro tiempo es la evasión de la responsabilidad individual: en el sector financiero, el inversor -también el pequeño- sólo quiere la rentabilidad de sus inversiones y le da igual que éstas sean en armamento mata-niños-africanos o investigación biomédica contra la malaria. Los bancos se han crecido en este no-pedir-cuentas de sus clientes, en esta opacidad permisiva, y crearon una masiva cantidad de dinero virtual, producto de la especulación y no del trabajo realmente productivo, que volvieron a meter en la economía real, dándole los pies de barro que en 2008 se fundieron y cayeron. Pero la economía española no está en crisis por la codicia de Wall Street y la Casa Blanca, sino por haberse fundamentado demasiado sobre el ladrillo y el turista y no diversificarse en cosas más productivas en época de vacas gordas. Y ahora se nos cae todo encima.

Los ciudadanos de a pie participamos en esta espiral-estafa, comprando casas (y no alquilándolas), pidiendo hipotecas, votando a determinados partidos políticos, no exigiendo transparencia en nuestras inversiones, no buscando alternativas como las cooperativas de vivienda y la banca ética. Con estas acciones, no culpables per se, nos hacíamos dependientes -y al final cómplices- de gente abiertamente codiciosa y sin escrúpulos. Con nuestro trabajo les dimos el poder. Sin ir más lejos, hace unos meses los catalanes votaron masivamente a Artur Mas, que proponía idénticas medidas de recortes fiscales como las de Bush, como la eliminación del famoso impuesto de sucesiones, que beneficia de modo muy importante tan sólo al 1% más rico de la sociedad. Asi que los catalanes votaron crisis. Lo peor es que no lo saben. Y si no te informas, te la meten doblada.

Se trata de ir un paso más allá y apelar a la responsabilidad individual. Vale, tenemos un asesino en serie (o un banquero americano movido por la codicia sin límites o un constructor inmobiliario ibérico) que nos han dicho que podíamos meter en casa, primero disfrutamos de sus sonrisas y sus regalos, qué tío tan guay, pero empieza a cargarse gente, primero no los conocemos, pero ahora también va a por nosotros. Obviamente el primer paso (Inside Job) es identificar al asesino en serie, pero limitarse a describir la culpa que tiene en los asesinatos mientras el tío sigue libre por casa no es muy inteligente. El próximo paso es informarse y organizarse y una vez con fuerza, pararle los pies. Las cosas siempre han funcionado así. ¿Que es difícil y será lento? Seguro. Pero la alternativa es dejarse matar por el asesino en serie.

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La socialdemocracia en crisis: ¿la muerte del Estado?

4 marzo 2011

En Algo va mal, el politólogo Tony Judt elabora una evocación nostálgica del Estado de bienestar socialdemócrata, nacido en Occidente después de la II Guerra Mundial a partir de un pacto social basado en políticas económicas keynesianas. En los años ochenta, Thatcher y Reagan rompieron este mismo pacto y se decidió unilateralmente la demolición de ese Estado de bienestar, aprovechando la crisis financiera de 2008 para llegar a su culminación. Judt se pregunta, sin poderse responder, por qué la eficiencia económica se ha convertido ahora en el principio supremo al margen de cuestiones como la justicia social, y pide un retorno al Estado como garante de igualdad social y de infraestructuras públicas como la red ferroviaria. Porque resulta que las sociedades más igualitarias también son aquellas con menor delincuencia e índices más altos de salud física y mental y movilidad social.

Precisamente, el pacto socialdemócrata nace del equilibrio entre capital y trabajo que se da en Occidente después de la II Guerra Mundial, vistos los efectos catastróficos que podía causar una burbuja especulativa a gran escala (crac del 29) y con el contrapeso ideológico del comunismo fuertemente implantado en las propias sociedades occidentales, mirando a la Unión Soviética en plena Guerra Fría. Pasado el recuerdo de la Gran Depresión y caído el Muro de Berlín, la globalización ha alterado este equilibrio y el capital, libre de ataduras, se siente con poder suficiente para desmantelar los beneficios sociales para los trabajadores que pagaban los más ricos.

Desde 1990 hasta hoy, [en Alemania] los impuestos a los más ricos bajaron un 10%, mientras que la imposición fiscal a la clase media subió un 13%. En veinte años la clase media se ha reducido, pasando del 65% a englobar al 59%. Los salarios reales se han reducido un 0,9%, mientras que los sueldos superiores y los ingresos por beneficios y patrimonio aumentaron un 36%. En 1987 los directivos de las principales empresas (índice DAX) ganaban como media 14 veces más que sus empleados, hoy ganan 44 veces más. Incluso en Alemania, la clase media está descubriendo la precariedad.

Rafael Poch, Antes de dos años

En Estados Unidos, en Alemania, en España, las desigualdades crecen y el proyecto de igualitarismo socialdemócrata se desvanece. Nació como una traición al internacionalismo comunista en la Primera Guerra Mundial, hasta el punto que la Alemania del SPD de Ebert persiguió, ejecutó y tiró los cadáveres de sus antiguos compañeros de partido al río (Liebknecht y Luxemburgo). En su esplendor, ejerció un tipo de despotismo ilustrado de facto -todo para la masa trabajadora pero sin la masa trabajadora- y al final ha terminado como mero instrumento del capital para terminar con el ineficiente bienestar de las clases medias.

Los ricos cada vez son más ricos

La crisis de la izquierda se entiende desde la alteración de ese equilibrio. Ya no somos trabajadores: somos consumidores, y desde ese rol tan pasivo que nuestra vida tiene sentido en el marco del turbocapitalismo. Que produzcan los chinos, mientras nosotros nos limitamos a consumir, aprovechando un poder adquisitivo ilusorio gracias al lowcost de Ikea, Ryanair y Zara, a la vez un modo muy fácil de dejar ir la frustración que genera el continuo atraco que es el turbocapitalismo, un eficaz mecanismo para la disminución de la conflictividad social. Las grandes multinacionales del lowcost terminan por construir una sociedad a imagen del consumidor típico -la sociedad de masas. Éste es el resultado de treinta años de socialdemocracia; es lógico que esté en crisis.

¿Sigue teniendo sentido ahora el proyecto socialdemócrata? El equilibrio entre capital y trabajo se ha roto (deslocalización) – el capital ya no está dispuesto a dar bienestar a las masas trabajadoras, que disfrutan de su nuevol rol como consumidoras y parece que tampoco se permiten la coacción que requiere la existencia del Estado. ¿Ha llegado, entonces, la muerte del Estado? ¿Ha llegado la era del Mercado?

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Crecer por crecer

18 febrero 2011

Hoy en día quién cree en un crecimiento infinito en un mundo finito o bien es idiota o bien es economista

Serge Latouche

La religión del crecimiento, la llaman, aquella que reside en la divinización de una mano invisible (sic) que regula la oferta y la demanda de un mercado abstracto, teórico e irreal. En el libre mercado auténtico, todos los agentes económicos tienen igual acceso a la información libre, pero esto obviamente no pasa en las sociedades occidentales actuales donde la información se pretende monopolio de un sector empresarial, el mediático. En el libre mercado auténtico, la competencia es perfecta y por lo tanto los beneficios son nulos, porque la continua reducción de costes entre competidores al final les obliga a vender a precio de coste. En el libre mercado auténtico, los aumentos en productividad se traducen en paro, que se compensa con la creación de empleo en las nuevas industrias creadas por ese mismo aumento de productividad. Existe el mismo abismo entre socialismo real y teórico que había allá en 1968 que entre liberalismo real y liberalismo teórico hoy en el 2011. Y el liberalismo teórico está muy bien, pero no es lo que hay. Sólo hay que ver a Estados Unidos, que quita aranceles a los otros pero sigue con los propios, además de mantener jugosas subvenciones a lo autóctono y obligar FMI mediante de suprimirlas en los países pobres.

En el liberalismo real, el que se toca y se huele y resulta que apesta, la espontánea acumulación de capital genera enormes oligopolios que se entremezclan con el poder político para proteger a sus intereses, hasta el extremo de que los cargos políticos para la regulación de sectores económicos los ocupan ex directivos de grandes empresas de estos mismos sectores (sólo hay que ver sector alimentario o financiero: con el último el caso es especialmente sangrante porque de ahí que se generó esta crisis «más grave desde la Gran Depresión»).

Crecer por crecer, porque quién no acapara al máximo el mercado se lo va a comer su competidor. Detrás de este constante y desasosegante movimiento perpetuo para aumentar la productividad y reducir costes que es el darwinismo económico, están todas las innovaciones tecnológicas en forma de lavadoras, portátiles y neveras que configuran la base del bienestar occidental, esto se tiene que tener en cuenta, ya que el libre mercado ha probado ser el mecanismo social más potente de generación de riqueza y eficiencia en la gestión de los recursos hasta ahora: pero del mismo modo que el crecimiento exponencial de una especie biológica llega a su techo (la carrying capacity del environment) y el ecosistema puede llegar al colapso, lo mismo le pasa al crecimiento económico, que llega a un punto en que si la economía no deviene sostenible el sistema colapsa.

Así que llega un momento en que el crecer por crecer es puesto en duda como fundamento social, a riesgo de degenerar en una ineficiente gestión de los recursos. ¿Estamos dispuestos? A la insostenibilidad a largo plazo del capitalismo real le veo otros problemas:

  • su darwinismo social que deja tirados a los pobres y encumbra a los ricos en una versión un poco extrema por cruel (y parcial, porque ¿de veras existe la igualdad de oportunidades?) de la meritocracia. Los hombres nos hemos inventado la medicina para neutralizar los efectos de la selección natural, a riesgo de perder adaptación al medio como especie. Mi padre quizá tiene el tobillo que le duele, pero eso no es motivo para sacrificarle… La política funcionaría así como la medicina contra una selección económica demasiado radical, pero sin excesos, porque ya vemos cómo puede funcionar la mala regulación. A veces hay que dejar caer (los bancos, por ejemplo) y a veces hay que relativizar y sostener.
  • conlleva una fuerte ideologización que contradice la pretendida libertad de opinión, ya que la maximización de beneficios es el valor supremo que rige esta sociedad y todo tiene que acatarlo, dejando de lado otros tipos de realizaciones personales (artísticas, familiares). Someterse a la ley de la selva -económica- que es la American Way of Life, y todo el individualismo destejedor de lo social que sigue.
  • esta misma maximización de beneficios en una producción a gran escala lleva a la búsqueda del consumidor típico para quién el producto se adecúe mejor y por lo tanto a la construcción de una sociedad a su medida. Ese consumidor típico, el mayoritario, es el hombre-masa de la sociedad de masas que se le construye específicamente y al que todos hemos mencionado alguna vez como «sí, pero la gente -la gente-masa- en general quiere…» y poned aquí Telecinco o David Bisbal.
  • perjuicio a la libertad individual cuando el resto de la sociedad incurre en actitudes colectivas chungas para la sociedad, por ejemplo, ¿cómo debe sentirse el empresario responsable una vez ha estallado la burbuja inmobiliaria de la que se ha enriquecido histéricamente el resto de la sociedad? ¿qué va a decir el ciudadano bien informado de la política cuando la mayoría vota porque ése es guapo o ése tiene cojones? ¿No les están estafando? Esta vulneración de facto de la libertad individual a partir de actitudes colectivas según la teoría debe ser penada por la ley, pero es imposible en la práctica.

Llega un momento para el desarrollo de las sociedades en que ser más rico ya no quiere decir ser más feliz; una sociedad que pase de ese umbral, una vez moderna y democrática, tiene que reorientarse y humanizarse.  La socialdemocracia no es una solución, porque sus instituciones políticas, aspirando a controlar al capital, se colocan a su mismo nivel, el global, y terminan por convertirse en meros instrumentos suyos. Lo local, la verdadera sociedad civil, debe buscar nuevas formas de protegerse de lo global y oligárquico.

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Sobre el peligroso estalinismo de la sociedad actual

28 diciembre 2010

En la primera época [de la glasnost] Gorbachov buscaba ávido en la prensa «signos de que el país comenzaba a ponerse en movimiento, de que sus constantes llamamientos a que la gente se sacudiera el letargo y se pusiera a replantear la vida por fin encontraban eco», recuerdan sus colaboradores.

Rafael Poch, La gran transición. Rusia (1985-2002)

Más que estalinismo, brezhnevismo, que es su consecuencia natural: el terror estalinista purgó el espíritu valiente y dinámico y primó el arribismo carrerista e hipócrita basado en la autocensura, en proclamar el amor al Gran Líder en público ocultando las ideas más personales que quizá podrían ser más fértiles. Después de Stalin, esto terminó por configurar una sociedad muy conservadora, hiperburocratizada, esclerótica e hipócrita, incapaz por lo tanto de sumarse a las iniciativas aperturistas y democratizadoras que venían de arriba, del «monarca absoluto que animaba a desacralizar su propia figura», Gorbachov.

Salvando las distancias, las empresas que venden sus productos en el actual mercado político de masas, los partidos políticos, igualmente desconectados del sentir popular, sufren de la misma parálisis como organización, donde espontáneamente se favorece el arribismo y no la calidad personal como gestor público. La hiperburocratización ha desarticulado la sociedad civil que, como la soviética en su tiempo ahora prioriza mucho más la comodidad material por delante de las libertades políticas. Esta despreocupación conformista, unida a la firme voluntad del neoliberalismo de demolición del Estado socialdemócrata (erigido en pensamiento único ahora que el socialismo real no ejerce de contrapeso como alternativa sistémica), está carcomiendo los fundamentos del sistema actual de modo peligroso.

En la misma línea, los intentos democratizadores y aperturistas de los políticos reformistas (ICV,CpC) para fomentar la participación ciudadana son sintomáticos de su visión cerrada, incapaz de salir del propio contexto de mercado político de masas, que recuerda a las curiosas propuestas de ciertos intelectuales soviéticos renovadores de fomentar la iniciativa privada de modo forzado y desde la Administración¿Es que la democracia abierta se tiene que reducir a elegir entre bulevar y rambla para la reforma de la Diagonal? Pero rizando el rizo, la propia sociedad rechaza estas iniciativas desde dentro en su extremo conservadurismo y decide abrazar los programas políticos que le permiten seguir adormecida en el sofá.

Obra sólo como si la máxima de tu acción fuera a tornarse por tu voluntad en ley universal. Immanuel Kant

Al igual que la sociedad soviética, nos tenemos que sacudir el letargo en el que nos sume la particular narrativa social actual –be stupid– y empezar a movernos. En la dirección de Kant: según aquellas actitudes que si todo el mundo las adoptara todo sería bonito y molón. Dejar de delegar nuestra responsabilidad política en parlamentos, nuestra responsabilidad educativa en escuelas, nuestra responsabilidad emocional en gabinetes psicológicos y afirmarnos como auténticos ciudadanos libres y no como grises bloques del rebaño. Dejar de abdicar como espíritus libres.

Dos cosas stupid. No deja de ser curioso que las drogas que se prescriben legalmente (Valium, Prozac) o son legales (alcohol) ayuden a sobrellevar una vida gris, triste y monótona en un letargo de pseudofelicidad, mientras que las que expanden la mente y nos ponen a prueba siguen ilegales. Ah, y ahora CNN+ pasará a ser Canal Gran Hermano 24 horas. Perfecto.

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Smart may have the brains, but stupid has the balls. Be stupid

26 diciembre 2010

Be stupid. Diesel.

¡La política ya no es necesaria!, exclaman los neoliberales en modo triunfal, delante de las ruinas de la antigua Unión Soviética, olvidando las miserias de la crisis. Que toda relación humana sea intercambio económico de bienes comerciales, también los fluidos, el sudor, las lágrimas, el semen, la sangre, las enfermedades venéreas, porque en el fondo la sociedad es un mercado de masas y esto es lo que hay.

Para vender productos en el mercado de masas y maximizar beneficios se tiene que maximizar el número de consumidores, y esto se hace construyendo un perfil de consumidor que corte por lo bajo, de mínimos, stupid. El consumidor stupid es el espejo donde se nos obliga a reflejarnos a todos; en el proceso, todo el mundo se idiotiza. La sociedad turbocapitalista es una sociedad idiota e idiocrática. Sólo hay que poner la tele para comprobarlo.

Los mass media generan la ilusión de un espacio público dominado por el consumidor stupid; la gente que quiere ir más allá serán unos frikis dispersos por el mundo, como callejeros viajeros. Pero un mundo idiota -en teoría económica, compuesto por «agentes económicos racionales»- inevitablemente agota todos los recursos y decae y desaparece. La política es necesaria, porque impone la visión a largo plazo, esencial para que una sociedad funcione de modo justo y eficiente. Obviamente, no la política de los políticos, que también es irremediablemente stupid, sino la política de la sociedad que se autoorganiza y coopera. En una sociedad donde todo el mundo va a la suya, es posible que la gente que dedica una parte de su esfuerzo en construir lo común, antepusiendo voluntad general a interés personal, sea vista, irónicamente, como los idiotas, cándidos e ingenuos stupids. Como el Idiota de Dostoyevsky. Como el Ingeniero de Ibsen. Como románticas versiones de los déspotas ilustrados: todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Es el espíritu trágico del cooperador en un mundo stupid.

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El estado de alarma es como una droga

17 diciembre 2010

Cuando haces pop, ya no hay stop

No es que vayas en sitios donde te metan estados de alarma en los bolsillos, ¡y gratis!, sino es que, con estas cosas, una vez empiezas, ya no puedes parar. Es declarar el estado de alarma una vez para resolver un conflicto laboral con el Ejército (!!!) y ya estás dos meses más tarde metiéndote heroína por las calles del Raval, oséase, nazificando a la sociedad. ¿Es que cómo iba a empezar todo el Tercer Reich? ¡Diciendo que sí a una rápida calada de un porro de hachís! y, pasito a pasito, se llegó a la sobredosis de metadona.

Hay una muy buena película de Fritz Lang, M, el vampiro de Düsseldorf, que ilustra el pánico de las masas y sus reacciones casi animales (en este caso a la existencia de un asesino de niños), sus movimientos en lo social en vez de finos y elegantes como groseros, como turbulencias. El tema de la masa, sobre todo como germen del totalitarismo, era obsesivo para este director alemán, el de Metrópolis, una de las favoritas de Hitler precisamente por lo mismo, los movimientos mecánicos de la masa trabajadora que seducían a unos y aterraban a otros (Lang, la Escuela neomarxista de Frankfurt, etcétera).

De este modo,

¡Di NO a los Estados de Alarma!

Fundación de Ayuda a la Naziadicción

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El curioso feedback suicida de la izquierda que llega al Parlamento

16 diciembre 2010

Porque es naïve, ingenua, un cordero entre lobos, cree, erróneamente, que cuando ya en el Parlamento uno se sienta a negociar con lobbies de intereses, pusilánimes convergentes, beligerantes senadores del Partido Republicano, lo que sea, etcétera, ellos van a prestarse a un debate racional y sereno sobre lo que más conviene al país. Alguien criticaba precisamente eso en el presidente Obama: creer que se encontraría interlocutores consecuentes, coherentes, racionales y con un sentido de la voluntad general. Es un error. Hay gente que atiende más a las razones del chulo piscinas que del gris gestor del dinero.

Sobre esta ingenuidad mayúscula (a la que tampoco puede renunciar, porque dejaría de ser izquierda), se fundamenta su política parlamentaria: así, inevitablemente termina descafeinando sus propuestas de reformas. El descafeinamiento provoca la desilusión de su electorado, que se aleja de ella. Este alejamiento de su electorado aumenta la debilidad de la izquierda en el Parlamento, que ya no puede negociar sus reformas con tanta fuerza. Esto hace que tenga que descafeinar aún más sus propuestas y así su electorado se termina desvinculando totalmente de lo que en un inicio había sido su primera opción. Éste es el curioso feedback suicida que empieza con Zapatero diciendo: «Os prometo que el poder no me va a cambiar» y termina con Zapatero declarando estados de alarma para sofocar huelgas, abaratando el despido y dando a los más ricos lo que es de los más pobres.

Esto no tiene por qué pasar así: la izquierda parlamentaria siempre será débil en sus negociaciones con el establishment, siempre la criticarán desde los mass media, pero tiene que tener en cuenta que su poder no reside en el número de sillones que hay en el Parlamento, sino en la base social que la apoya. Cuando se siente a negociar, tiene que decir que esto se hará así, que renuncia categóricamente a descafeinar sus reformas, y si éste o aquél no lo aceptan habrá boicots, huelgas, manifestaciones, hasta que caiga. La izquierda tiene que ser muy consciente de que implementar sus reformas será difícil, y que tiene que estar siempre conectada con donde reside su poder: la base social. Si no hay conexión, tenemos un electorado desilusionado y una izquierda débil que termina convirtiéndose en derecha.