Posts Tagged ‘injusticias’

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España son cenizas

11 octubre 2011

Ya me podéis decir qué tipo de democracia va a haber en este erial intelectual que llamamos España cuando todos los sondeos auguran una victoria aplastante de un partido endémicamente corrupto que ni tan siquiera presenta un programa político para tal efecto. Que sí, que ahora la gente no vota según el programa y se guía según la tribu a la que pertenece o la trademark de partido, pero al menos podríamos disimular que tampoco es tan difícil. Es que hasta su prensa adicta se dedica a publicar sondeos totalmente inventados. En cambio, la buena noticia está en el totalmente merecido histórico retroceso del PSOE, cosa que honra a sus ex-votantes e impide que podamos confirmar al cien por cien el hecho de que la gran masa de electores españoles esté compuesta por monos amaestrados de circo.

Esta dinámica es idéntica a la de las recientes elecciones catalanas (victoria aplastante de CiU) y sólo parece tener una lectura posible: la socialdemocracia carece de fuerza real para implementar su ideario político de modo que, al gobernar, se dedica a imitar el programa neoconservador, con consecuencias nefastas para su popularidad. Esta falta de fuerza es, a nivel económico, efecto directo del desequilibrio entre trabajo y capital producido por la globalización a partir de los setenta y, a nivel ideológico, de la asunción intelectual -errónea- de que no hay alternativa al modelo actual de capitalismo. De alternativas, haberlas, haylas. Pero no hay ni intención (por quién tiene el poder) ni valentía (por quién a veces lo tiene) para implementarlas.

El débil espíritu de la izquierda es flagrante en el actual patetismo de Izquierda Unida: en un panorama totalmente idóneo para un enorme crecimiento, con continuas protestas  en la calle, un empobrecimiento generalizado de la clase media en favor de la clase alta y el descrédito total de la “izquierda oficial”, tan sólo consiguen 4 diputados, lejísimos de los 21 a los que llegó Anguita el 1996 con la misma ley electoral. Por culpa de un sectarismo endogámico y acrítico, no existe voluntad de renovarse adaptándose a los nuevos canales de información, ni de servir de canal abierto y amplificador para las protestas del 15M, occupywallstreet y etcétera. En vez de eso, estos movimientos se declaran huérfanos políticos porque son esencialmente de carácter anarquista, a diferencia del infame socialestatismo actual, ahora en proceso de desmantelación total.

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¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?

8 septiembre 2011

Me siento como si me hubieran entrado a robar en casa.

Marta Ferrusola, mujer de Jordi Pujol, después del cambio de gobierno (2003)

En su particular y oligofrénica visión de la política de un país, la derecha nacionalista (PP, CiU) concibe el poder como su patrimonio personal y privado, como algo legítimamente propio que les pertenece y del que pueden disponer tranquilamente sin rendir cuentas a nadie. Por eso no aceptan la normal alternancia democrática en el poder y los cambios de gobierno cuando se van ellos siempre son “un robo” y “una estafa”.

Por eso, cuando las urnas les echan, se histerizan hasta el punto de necesitar de pasar una temporada por un psiquiátrico y empiezan a delirar poetizando -”Catalunya se desnaturaliza” (como si fuera una proteína), “Catalunya se está deconstruyendo” (como si fuera una tortilla de patatas en el Bulli), decía Mas- o a dibujar conspiraciones en el aire donde los servicios secretos marroquíes, el PSOE, la policía nacional y ETA colaboran conjuntamente en un atentado en Madrid que mata a cien personas. En esa línea, no contentos con eso, en su reacción histérica se dedican a boicotear el gobierno elegido por las urnas con duras estrategias de acoso y derribo, filibusterismo parlamentario, continuas referencias al apocalipsis y manipuladora propaganda de los periódicos a su servicio (El Mundo, La Vanguardia).Particular concepción de amor por un país: “te pego porque te quiero”.

El equilibrio del orden cósmico, siempre tan delicado, cómo se va a sustentar sobre el nirvana del Buda, sino sobre el mero hecho de que ellos estén en el poder, en su querido sillón. Por algo van a ser los herederos políticos de los monarcas absolutos, que gobernaban por derecho divino. Al igual que ellos, PP y CiU “defienden el país”. Al igual que ellos, eran unos corruptos patológicos. Curioso. En el gobierno, se dedican a establecer tupidas redes clientelares que, dado el carácter servil y poco meritocrático del ibérico, tardarán décadas en desaparecer y con las que cimentan su poder megalítico y monolítico in saecula saeculorum. Ya lo decía el Bigotes, que estaban jodidos porque “ahora estaba el PSOE en Hacienda”. ¿A qué se refería con eso? A la connivencia de la derecha con el fraude fiscal a cambio de votos y apoyo político –vótame que haré la vista gorda con tu declaración a Hacienda y te licitaré obras. Por eso el PP arrasa en Valencia.

Curiosa concepción de amor por un país: tanto PP como CiU tienen a sus tesoreros acusados de corrupción, eso es, de vaciar las arcas públicas con criterios dudosos. Es que es algo patológico en ellos, pobres yonkis del poder y la pasta. El PP, con la mitad de los vocales del CGPJ, del Supremo y el Constitucional en su talonario, obliga al archivo de la causa contra Bárcenas y CiU ofrece subidas en el escalafón al juez del Palau, mientras obliga a desviar la vista hacia Fèlix Millet, tan sólo un mero intermediario de los sobornos de Ferrovial a la conselleria de Obres Públiques, gobernada entonces por -¡sí, el mismo!- la apoteosis del nacionalismo te pego porque te quiero, Felip Puig, este delincuente amoral que ordena masacres y palizas a los ciudadanos que le pagan el sueldo mientras cobra suculentas comisiones para obras de dudosa necesidad.

“Estamos viviendo un tira y afloja para ver con cuánto es capaz de conformarse la gente, hasta qué punto acepta una reducción de su nivel de vida para que las élites puedan mantener el suyo”.

Erick McCormack, economista británico

Ahora bien, después de 23 años de gobierno convergente, Catalunya tenía el privilegio de ser la región europea con menor gasto de PIB en educación. Es que son un peligro total en el ministerio de Economía – sólo hay que ver a Osborne en el UKObsesionados con una pretendida austeridad (cuando antes corrían a encargar superfluas obras públicas monumentales a sus amigos del alma), se dedican ahora a perder el dinero ahorrado con los recortes sociales reduciendo los impuestos a las clases altas. El dinero ahorrado por los recortes a las universidades catalanas es igual al perdido por la abolición del impuesto de sucesiones. El dinero ahorrado por el despido del 12% de los profesores madrileños es igual al perdido por las deducciones por escolaridad a los colegios privados. Al mismo tiempo, Castilla está envejeciendo a ritmos espectaculares debido a la artificial política de infraestructuras de meter dinero a Madrid a espuertas, ignorando cualquier criterio de rentabilidad económica o cohesión territorial que no sea el de cebar a la ciudad para construir la megalópolis del sur de Europa.

Entonces, visto todo el cotarro, a uno le entran ganas de abordar a estos cleptómanos mentirosos que cansinamente no se cansan de hablar de un supuesto gran amor por el país y preguntarles de una vez: “por qué le llamáis amor, cuando sólo queréis decir sexo?”

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Para que nos entendamos

9 junio 2011

Podemos imaginar la sociedad como la red europea de aeropuertos, con vuelos que los interconectan, vaya, el gráfico de siempre que nos encontramos entre las páginas del magazine en el avión. Vemos que hay hubs, es decir, centros hiperconectados (Heathrow, deGaulle, Frankfurt) y nodos casi aislados (Ciudad Real, Castelló). Se dice que la estructura de la red es scale-free, una topología omnipresente en la naturaleza y la sociedad. La cuestión es que las relaciones económicas/de poder en una sociedad también pueden imaginarse de la misma manera, de modo que los bancos y otros sectores estratégicos (construcción, turismo, automóvil) están en los hubs. Esto les permite establecer el chantaje tradicional, tan chungo-chunguísimo, a la sociedad de “si caigo yo, caemos todos”, al igual que si cae Heathrow, toda la red de aeropuertos se va a la mierda.

Podría ser una red genética, pero es el organigrama de la Asamblea de Catalunya

Con esta amenaza, se cumple sistemáticamente esa gigantesca estafa de la “privatización de los beneficios, socialización de las pérdidas“. El argumento es, la verdad, infalible -“es necesario sostener los oligopolios pese a su incompetencia manifiesta, porque si caen, caemos todos porque al fin y al cabo toda la sociedad depende de ellos”- pero, obviamente, tan sólo a corto plazo. Se termina produciendo una transferencia de poder a los hubs, cada vez acumulándolo más, en detrimento de los otros nodos, disminuyendo cada vez su necesidad de ser competitivos, vaya, de esforzarse. Otra estafa: seguro que tocará salvarlos otra vez. Qué esclavitud. Ciertamente en los bancos están los ahorros de los ciudadanos y, si quiebran, implica el corralito a la argentina. Por lo tanto, no deben quebrar. ¿Acaso esto justifica la alternativa de que tenemos que pagar entre todos los errores de unos pocos, simplemente porque ellos han sido tan listos de colocarse en los susodichos hubs? ¿Qué tipo de inversión es aquella que no admite posibilidad de pérdida? Una estafa, para el resto.

Es que esto no es ni capitalismo -es su degeneración perversa. Es lo contrario a democracia -sea económica, sea política, da igual: las Constituciones democráticas (¡liberales!) introducieron en las estructuras políticas un sistema de checks and balances, es decir, una tupida red de poderes opuestos entre sí, de balanzas de poder que se compensan, para así evitar la acumulación de poder por parte de uno de estos polos. Es, en el fondo, la aplicación sensata de la separación de poderes. Es, también, un principio opuesto diametralmente a la planificación centralizada, sea económica (plutocracia) o política (dictadura) -un gobierno de las élites, al fin y al cabo. ¿Qué tipo de checks and balances -de poderes opuestos- tienen los bancos o las constructoras? Ninguno, y por eso acumulan tanto poder, por eso siguen tranquilamente acomodados en los malditos hubs de la sociedad, parasitándola, vampirizándola, plácidamente durmiendo con el sueño que da tener a toda la sociedad cogida por los testículos, porque claro, si caemos, todos caen con nosotros. Para frenar tal estafa a nivel global, pasa por revisar las relaciones económicas con las que, tan sólo con el fin de estar conectados en la densa maraña social y beneficiarnos un granito de arena de la sociedad, ejercemos de aeropuerto de Ciudad Real y suplicamos que, por favor, Heathrow nos conecte con nosotros y, Heathrow, generosamente, nos conecta. ¡Hace falta golpear la mesa con el puño! y estar dispuestos a auto-organizarnos en nuestras propias estructuras, más justas, más libres -cortar con cordones umbilicales tóxicos con los que nos conformamos que nos den una pequeña fracción de lo que sería equitativo- pero para eso falta un espíritu valiente y emprendedor. ¿Lo tenemos? ¿Estamos dispuestos?

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Un discurso de fondo: la globalización lo jodió todo

7 junio 2011

Discúlpanme si hago de abogado del diablo, pero es que muchas de las propuestas (impuesto de patrimonio, sucesiones, tipo máximo IRPF) que suenan en plaza Catalunya para un documento de mínimos, aunque loables, me suenan a mojadas cartas a los Reyes Magos. Nacionalizar los bancos conlleva hacerse cargo de su agujero y de sus tóxicos. Que devuelvan el dinero público implica su quiebra y corralito a la argentina. Dación en pago o poner las viviendas al mercado también implica quiebra de los bancos. Tasar las transacciones financieras o progresividad fiscal implica fuga de capitales. Reestructurar la deuda externa española –default- implica volver a la peseta y dejar la economía europea muy maltrecha como poco.

No es una cuestión de que falte el dinero para sanidad o educación. Es que no hay mecanismos efectivos para que los que sí lo tienen lo suelten. La socialdemocracia como modelo económico fue posible en unas circunstancias históricas muy específicas, eso es, sustentándose en un delicado equilibrio entre capital y trabajo a nivel nacional tal como se dio en los países occidentales al término de la Gran Guerra. Allí las presiones de los sindicatos tenían sentido y eran efectivas, porque había pocos trabajadores y la amenaza bolchevique era muy presente: para contrarrestar, los partidos burgueses tuvieron que ofrecer un gran poder político a partidos socialdemócratas y sindicatos – la consecuencia económica es la transición del liberalismo al keynesianismo, que con tal de evitar depresiones defiende la progresividad fiscal y la intervención estatal de la economía, es decir, el modelo socialdemócrata. Pero un Estado deficitario implica un Estado que ha contraído deuda -que está en deuda- con precisamente aquellos que tiene que fiscalizar. La otra opción es estabilidad presupuestaria: ¡recortes!

En función de la ideología, se dirá que fueron las conquistas de las luchas trabajadoras o el crecimiento del mercado lo que generó un espectacular aumento del bienestar general. Da igual; el hecho es que se terminó por generar una amplia clase media a partir de una sociedad muy polarizada en dos clases. En cierto modo, era el triunfo de la socialdemocracia: una sociedad con una clase media fuerte es lo más parecido a una sociedad de una sola clase (el comunismo) que podrá haber. Pero su misma victoria fue el inicio de su derrota – la caída del telón de acero lo jodió todo: ahora resulta que el capital es muy fluido y tremendamente difícil de fiscalizar -aumenta el tributo de las SICAV en País Vasco y se te van todas a Madrid-, al mismo tiempo que la demanda de trabajo se ha incrementado hasta el punto de que comprar derechos laborales le sale al empresario global a precio de saldo -un informático indio te hace lo mismo por una quinta parte de sueldo español-, la deslocalización como amenaza siempre a mano.

El equilibrio de fuerzas se ha decantado con ganas hacia el capital y así la socialdemocracia se cae inexorablemente a trozos, mientras los trabajadores son espectadores ingratos de cómo las conquistas de sus abuelos son liquidadas una a una “porque así lo manda el mercado” y los derechos fundamentales son puestos en duda por monos con bates de béisbol. La progresividad fiscal, antaño tan fácilmente realizable a nivel nacional, ahora sólo tiene sentido si es llevada a cabo a nivel internacional, como reconoce el cripto-keynesiano que tenemos de conseller de Economía, el señor Mas-Colell: hace falta un poder político global que haga frente a un poder económico global, como piden muchos. Internacionalización, exigen. Pero recordemos que el experimento de institución política supranacional más cercano que tenemos -la Unión Europea- es un ente opaco y poco democrático con el que nos han colado medidas como Bolonia o las directivas de la vergüenza y de las 65 horas. Los partidarios de la internacionalización del poder político como método democrático tendrían que tener en cuenta esta verdad de la buena: a medida que ascendemos niveles de decisión, los ciudadanos de a pie perdemos poder de influencia y lo ganan los lobbies.

En realidad, las peticiones de los internacionalistas irían en la tónica general: nos encontramos delante de una transición de un Estado de bienestar de capital nacional y público a uno de capital internacional y privado, con sus Zaras, H&Ms, Ryanairs, IKEAs, Endesas y etcétera, donde se funde lo público con lo privado y resulta que DSK, violador y director del FMI, es socialista, y los reguladores del mercado financiero (y tantos otros: energético, alimentario) son escogidos entre los mismos regulados, como nos recuerda Inside Job. La tendencia es hacia un empobrecimiento generalizado de la clase media -causa real de la indignación #15M– y la imposición de un neofeudalismo del turbocapital: élite político-económica versus una masa de trabajadores precarios con derechos low-cost. La dicotomía entre privado y público del siglo XX ha dado paso a la dicotomía entre global y local. 

Es preciso, por lo tanto, insistir en la necesidad de localizar en detrimento de globalizar y llevar el debate en el terreno donde el ciudadano medio tiene poder efectivo de decisión. La sociedad es una correlación de fuerzas y tenemos que ser conscientes de dónde cae el alcance de la nuestra, cómo efectuamos pequeñas cesiones de poder en lo cotidiano:  con una cuenta de crédito o una hipoteca en un macrobanco o comprando en un hipermercado o en una gran superficie nos colocamos en la base de la pirámide, sosteniéndola, en la punta de la cual están los peces gordos/mafiosos calabreses a los que ahora exigimos –mejor dicho, suplicamos– que paren sus recortes. Para poder negociar y exigir, hace falta una posición de fuerza, que no se consigue con manifestaciones o huelgas en tiempos de crisis, sino tomando conciencia de nuestras relaciones económicas diarias y cambiándolas: banca ética, cooperativas de consumo alimentario, cooperativas energéticas, modelos de cooperativas de uso para vivienda ética más colectivizar los servicios públicos, con tal de dejar de depender de las élites, y así pasar de suplicar a exigir.

En este nuevo contexto, asalariados, autónomos y pequeños y medianos empresarios estamos en el mismo barco: en el discurso de fondo hace falta transversalidad en lugar de un social-estatismo que lo único que hace al final es proteger a las oligarquías. Eso conlleva la superación a nivel moral de la figura laboral del asalariado (alguien que al fin y al cabo no concibe el producto de su trabajo como propio) y del empresario (que lo expropia), para apostar por un libremercado de cooperativas (también en servicios básicos), conjugando libertad económica con valores comunitarios –democracia económica-, y un modelo político de carácter asambleario-federal desde abajo hacia arriba, que bien puede fundamentarse en las actuales dinámicas del movimiento #15M, que ya se extiende a los barrios de cada ciudad. Este modelo, de carácter esencialmente libertario, es ciertamente difícil de llevar a cabo, pero ya es radicalmente distinto de las medidas socialdemócratas -que son directamente imposibles, porque no hay fuerza efectiva para llevarlas a cabo. También nos hubiéramos podido reunir en 1939 y exigir sentados que Hitler parara voluntariamente la guerra ya me imagino el resultado. Sin ir más lejos, la reforma de la ley electoral no deja de ser totalmente circunstancial: en Catalunya tenemos seis partidos con la misma ley; lo sensible son las estructuras de los partidos; los problemas son realmente de fondo.

Nos empobrecen, nos quitan derechos y además dicen que es inevitable. Se trata de cambiar el imaginario, romper con la esclavitud mental de quién se cree a las élites – y eso pasa por renunciar a priorizar la seguridad de la vivienda comprada, tan importante en sociedades tradicionalmente pobres y conservadoras como la española – porque esencialmente es entrar en deuda con mafiosos calabreses que reconocen abiertamente que son avariciosos y van a por la rodilla. ¿Por qué pagar impuestos si van a la Iglesia Católica, a televisiones infumables, a concesionarias de autopistas que han calculado mal sus ingresos, a AVEs sin rentabilidad, ayudas a las eléctricas y un largo etcétera? Somos nosotros quiénes sostenemos esa gigantesca pirámide de estafa social – son las élites las que nos necesitan a nosotros, auténtica fuerza productiva, y no al revés, tal como dice su narrativa sistémica. Pero para emanciparse de estos esquemas mentales neofeudalistas, hace falta iniciativa, autogestión, auto-organización – espíritu libertario.

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Nuestro propio Inside Job

12 abril 2011

[Os podéis bajar Inside Job subtitulada clicando aquí o verla en el Verdi Park o Renoir con alta definición. Horarios Verdi y Horarios Renoir]

Inside Job te relata exactamente cómo se gestó la crisis en Wall Street, de factura estéticamente interesante y éticamente contundente y con datos muy completos y bien documentados. Si alguien no los conoce, vale la pena que vaya al cine y además con libreta y boli. Pero si ya los conoce, el documental es un poco más de lo mismo. Me apeteció ver una parte VI: muy bien, esto es así, ¿pero ahora, qué hacemos?

A mí, a pesar de todo, el comportamiento de los islandeses me parece extraordinariamente irresponsable y egoísta. Durante una década votaron a un gobierno neoliberal que decidió apoyar a la banca islandesa, que recababa fondos de fuera para potenciar el PIB general del país. Ahora que se les ha acabado el chollo, se niegan a cumplir con los compromisos del gobierno neoliberal al que tanto apoyaron. (…)

En tres palabras: que se jodan. Porque si se salieran con la suya, Islandia no sería como país más que un ejemplo de privatizar los beneficios y socializar las pérdidas.

Antonio, comentario en Guerra Eterna

Es cierto. Aparte de consideraciones de que no todos los islandeses votaron neoliberal y pagar la deuda contraída por los banqueros sería una forma de castigo colectivo, tenemos que asumir que, en general, los de abajo también tuvimos responsabilidad, sobre todo en el hecho de hacernos dependientes de gente irresponsable y codiciosa, a la que sustentábamos con nuestro propio trabajo diario. El documental omite sistemáticamente que en Estados Unidos toda esa gigantesca pirámide de estafa financiera estaba fundamentada sobre una gran demanda para la compra de casas por parte de gente trabajadora que no tenía problemas para endeudarse hipotecándose. No hubiera habido pirámide sin esta gente, igual como no hubiera habido burbuja inmobiliaria ni crisis española si los españoles no hubieran votado a PP, PSOE y CiU ni participado en la compra de casas masiva que sostuvo el boom de la construcción. Es muy fácil subirse al tren que genera riqueza y sólo criticar que lo hace de modo fraudulento cuando ya ha descarrilado.

La enfermedad de nuestro tiempo es la evasión de la responsabilidad individual: en el sector financiero, el inversor -también el pequeño- sólo quiere la rentabilidad de sus inversiones y le da igual que éstas sean en armamento mata-niños-africanos o investigación biomédica contra la malaria. Los bancos se han crecido en este no-pedir-cuentas de sus clientes, en esta opacidad permisiva, y crearon una masiva cantidad de dinero virtual, producto de la especulación y no del trabajo realmente productivo, que volvieron a meter en la economía real, dándole los pies de barro que en 2008 se fundieron y cayeron. Pero la economía española no está en crisis por la codicia de Wall Street y la Casa Blanca, sino por haberse fundamentado demasiado sobre el ladrillo y el turista y no diversificarse en cosas más productivas en época de vacas gordas. Y ahora se nos cae todo encima.

Los ciudadanos de a pie participamos en esta espiral-estafa, comprando casas (y no alquilándolas), pidiendo hipotecas, votando a determinados partidos políticos, no exigiendo transparencia en nuestras inversiones, no buscando alternativas como las cooperativas de vivienda y la banca ética. Con estas acciones, no culpables per se, nos hacíamos dependientes -y al final cómplices- de gente abiertamente codiciosa y sin escrúpulos. Con nuestro trabajo les dimos el poder. Sin ir más lejos, hace unos meses los catalanes votaron masivamente a Artur Mas, que proponía idénticas medidas de recortes fiscales como las de Bush, como la eliminación del famoso impuesto de sucesiones, que beneficia de modo muy importante tan sólo al 1% más rico de la sociedad. Asi que los catalanes votaron crisis. Lo peor es que no lo saben. Y si no te informas, te la meten doblada.

Se trata de ir un paso más allá y apelar a la responsabilidad individual. Vale, tenemos un asesino en serie (o un banquero americano movido por la codicia sin límites o un constructor inmobiliario ibérico) que nos han dicho que podíamos meter en casa, primero disfrutamos de sus sonrisas y sus regalos, qué tío tan guay, pero empieza a cargarse gente, primero no los conocemos, pero ahora también va a por nosotros. Obviamente el primer paso (Inside Job) es identificar al asesino en serie, pero limitarse a describir la culpa que tiene en los asesinatos mientras el tío sigue libre por casa no es muy inteligente. El próximo paso es informarse y organizarse y una vez con fuerza, pararle los pies. Las cosas siempre han funcionado así. ¿Que es difícil y será lento? Seguro. Pero la alternativa es dejarse matar por el asesino en serie.

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Sin fuerza, no hay derecho: ¿es capitalismo ley de la selva?

9 marzo 2011

Decíamos en el post anterior que, sin la fuerza que daba el espectro del comunismo soviético y el miedo a las crisis sistémicas (1929, 2008), el Estado socialdemócrata es incapaz de fiscalizar el capital (en España la economía en negro es el 17% del PIB), de tasar las transacciones financieras (ATTAC, tasa Tobin), de perseguir los paraísos fiscales, vaya, en resumen, de aplicar el principio socialdemócrata de la progresividad fiscal (also known as el Robin Hood). La dura espada con la que Tony Judt y demás socialdemócratas defendían el pacto social ha perdido filo; el Estado se ha vuelto inútil (como mínimo) y el instrumento explotador del capital (como máximo). Así, desde Thatcher y Reagan que el principio de Robin Hood se ha invertido en un pervertido mecanismo que no tiene nada de liberal pero sí de ladrón que ha terminado convirtiéndose en “privatizar beneficios, socializar las pérdidas”, además de reducir los impuestos a los más ricos hasta que no paguen nada al Estado y concentrar la recaudación sobre la clase media, con la excusa de que tasar al capital reduce la creación de riqueza, que el mercado se encarga de distribuir. Pero no hay evidencia empírica de esta redistribución de la riqueza a cargo del mercado.

En todo caso, una buena pregunta es: ¿qué hacer cuando los que se encargan de los fundamentos del sistema los han corroído hasta el riesgo de catástrofe? La respuesta lógica sería castigar a los culpables pero reforzar los fundamentos. Pero en el sistema real los reguladores y los regulados en Wall Street se entremezclan de modo casi simbiótico, de modo que los culpables siempre se van de rositas. ¿Es acaso esta simbiosis propia del sistema? Según la teoría marxista, la acumulación espontánea de capital genera oligopolios que terminan corrompiendo al poder político.

“Everything’s fucked up, and nobody goes to jail,” he said. “That’s your whole story right there. Hell, you don’t even have to write the rest of it. Just write that.”
Why Isn’t Wall Street in Jail, Matt Taibbi

El segundo punto es reforzar los fundamentos, pero en este caso estamos aplicando la socialización de las pérdidas… La teoría liberal exige dejar caer estas columnas que sostienen al sistema, es decir, dejar actuar al principio de la selección económica, porque al fin y al cabo la destrucción capitalista es creativa. Pero la destrucción creativa del capitalismo no es más que un eufemismo de las crisis sistémicas, que generan víctimas inocentes que no deben pagar por ellas. ¿Estas crisis sistémicas, que seleccionan a las mejores empresas, valen la pena? La teoría liberal se basa en la eficiencia natural de la selección económica (un buen e interesante sucedáneo de la selección natural), pero impone de facto una ley de la selva en el mercado; la burbuja inmobiliaria, ¿valió la pena? Los miles de desahucios diarios en España posteriores, ¿valen la pena? La creación artificial de demanda (obsolescencia programada), ¿vale la pena? La desaparición de la sociedad de la Isla de Pascua, ¿valió la pena? Precisamente, la sociedad tendría que ser la alternativa a la ley de la selva, no su principal producto. ¿Qué hacer, entonces, con las personas mayores –inútiles desde un punto de vista económico-, por ejemplo, el cuidado de las cuales es un deber moral de la sociedad? ¿Qué hacer cuando la acumulación exponencial de riqueza lleva a la tragedia de los comunes, esto es, la extinción de recursos naturales fundamentales para la supervivencia de la sociedad (ejem, petróleo, ejem, oil peak)?

Resumiendo, la planificación central soviética acarrea ineficiencia y corrupción. El liberalismo acarrea crisis sistémicas, ley de la selva y tragedia de los comunes. Y la solución híbrida, la socialdemocracia, corrupción de los reguladores y oligopolios de los regulados. Quizá serán mis propios prejuicios, pero cada vez que escucho los discursos neoliberales, más que visualizar el libre intercambio de bienes entre agentes económicos más o menos iguales que nos prometen (y que sería tan deseable), me imagino una sociedad neofeudal donde los señores feudales que se encargan de la seguridad y otros servicios públicos son los jefes de los oligopolios. Empíricamente, a esto tendimos, sea la culpa de quién sea.

Y no es buena ni deseable la existencia de un gran capital únicamente motivado por el afán de lucro -el Big Brother moderno-, porque los trabajadores sin organizarse son incapaces de contrarrestar su inmenso poder. El derecho sólo tiene sentido cuando se da de hecho un equilibrio de poderes; un paisaje multipolar de fuerzas. Sin fuerza para imponerlo, no hay derecho. Por eso ni el genocidio de Vietnam ni los especuladores de Wall Street han sido juzgados. Por eso el Estado socialdemócrata se revela ahora totalmente inútil. Sinceramente, yo no quiero vivir en un mundo donde la ley de la selva económica sustituya a la selva propiamente dicha. La sociedad está por encima de eso – la sociedad nació para estar por encima de eso.

Desde mi punto de vista, el problema radica en la gran escala de las sociedades modernas, que nos convierte en meros números y disuelve los atributos de persona; la primera Constitución efectiva de España, la de 1835, se promulgó y dispuso unas instituciones políticas para una población de 12 millones de habitantes. Ahora, somos 50 millones y los medios para comunicarnos, para organizarnos políticamente y económicamente, parecen totalmente superados para su función democrática y sólo sirven para la sociedad de masas. Precisamente, son las sociedades más pequeñas (Estados escandinavos, por ejemplo), donde la democracia es mucho más robusta, la población participa en la agenda política y las instituciones son más transparentes. No es que defienda el retorno al localismo como solución a nuestros problemas, pero sí es necesario el conocimiento de la construcción en capas de la sociedad, de cómo se puede organizar en red alrededor de diversos nodos interactuando entre sí, un tipo de municipalismo de tipo federal pero con vocación global.

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Coda: ¿quién vigila a los vigilantes?

13 enero 2011

Los pensadores liberales del siglo XIX estaban obsesionados con evitar la tiranía del gobierno a toda costa – aunque éste fuera democrático. Su concepción (de tradición anglosajona) de la sociedad pasaba por una compleja maraña de interrelaciones de poder, luchando entre sí, dinámicas, compensándose y en este delicado equilibrio residía el orden y el progreso social: el hombre nacía libre y el derecho servía para restringir esta libertad en casos excepcionales para garantizar la libertad de sus compañeros. La ley por lo tanto tenía que ser mínima, igual que el poder del gobierno. La ciudadanía tiene que erigirse en contrapoder crítico duro de pelar, vigilando de cerquísima las líneas rojas que dibuja la Constitución, porque a la mínima que aparte la vista el gobierno lo aprovechará para cruzarlas. Este pensamiento reside en el mismo corazón de Estados Unidos; los valores republicanos, su individualismo irreductible, su agresividad en lo social y económico y en las relaciones internacionales, su imperialismo. En este contexto son compatibles la libertad de palabra, Primera Enmienda, y el derecho a llevar armas, Segunda Enmienda de la Constitución Americana: el pueblo que vigila el gobierno. Estados Unidos practica el imperialismo porque no existe ningún contrapoder – China, quizá, que ya plantea un escenario multipolar.

If we don't, who watches the Watchmen?

Personalmente, a mí no me mola mucho este paradigma tan americano de la sociedad como una selva donde todos luchan contra todos – el sueño americano equivale a coronarse rey León. Pero también es cierto que la concepción europea de la sociedad, más socialdemócrata, como un barco donde estamos todos juntos y el capitán marca cierto rumbo que todos tendríamos que seguir más o menos (y por lo tanto reservándose el derecho a decirme lo que debo o no debo hacer), ha generado totalitarismos, como ya veía Tocqueville en la Revolución Francesa. Pero el modelo americano termina siendo el de una sociedad desbocada que trabaja por trabajar y crece por crecer, hasta el infinito y más allá, sin más dirección que ir un poco más allá. Oséase, el turbocapitalismo.

Se tiene que optar por un modelo híbrido de sociedad – y adaptarlo a la cultura autóctona, como hicieron los rusos con el comunismo, los americanos con el liberalismo y los chinos con esta extraña fusión postmoderna de libremercado y planificación central. Un sistema se construye sobre valores fundamentales y se adapta a la cultura propia de la zona. En este caso la española, que bajo el paradigma americano produce paro crónico, nula cultura emprendedora, nefasta cultura empresarial, atomización social, desinterés por lo común, fraude fiscal legal e ilegal a gran escala, economía sumergida. Y esto vale para todos los países mediterráneos.

En todo caso, sobre ayer: en el escenario de ETA, se plantea como si hubiera una lucha entre dos bandos, ETA y Estado. Pero no hay dos bandos, sino tres – también está la ciudadanía, que no sólo asiste harta a las chaladuras de ETA, sino que también ¿pasivamente? a las violaciones de DDHH y garantías democráticas que comete sistemáticamente el Estado. Como se intenta plantear, ¿es ésta una cuestión de que las reivindicaciones políticas se tienen que plantear pacíficamente y no con las armas? En absoluto: simultáneamente, hemos presenciado el fracaso del Estatut, que, éste sí, planteaba pacíficamente sus reivindicaciones de más autogobierno, pero se dijo no hay debate, la cuestión no es pertinente, ninguna reforma estructural es necesaria, igual que siempre se ha negado que hubiera una cuestión política en el conflicto vasco. El Estado no plantea la necesidad de un debate público y pacífico sobre la reforma de sus propias estructuras – se plantea la necesidad de someterse a su autoridad.

Pero una democracia no tiene súbditos – sino ciudadanos. Si no lo hacemos nosotros, ¿quién vigilará a los vigilantes?