Posts Tagged ‘hiperconsumo’

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Contra los guiris

14 septiembre 2011

Los turistas, aquí en casa, tendrían que ser sagrados. Sobre todo, con la crisis económica.

Xavier Rius, lumbrera nacional, aprovechando además para pedir un endurecimiento del Código Penal en el país europeo con menor tasa de delincuencia y mayor duración media de las penas. Es lo que necesitamos, exacto.

Transparency International señala la construcción como el sector económico más ligado a la corrupción política – su exceso destruye el paisaje y el tejido social. No contentos con hacer de ésa la principal actividad económica en España, también hemos fundamentado nuestro modelo productivo en el turismo de sol y playa. El turista trae dinero, trae prestigio, trae actividad económica, nos dicen. Y nosotros nos lo creemos a pies juntillas.

La actividad económica no es neutral. No se desarrolla mediante mecanismos automáticos, involuntarios o inintencionales. Toda decisión económica es, en último término, una decisión ética, asumida desde un marco determinado de convicciones y cuyas consecuencias favorecen a unos y perjudican a otros.

Proyecto Fiare

La actividad económica no es neutral, efectivamente. ¿Qué tipo de personajes aparecerán en una ciudad donde la construcción emplea a la mayor parte de sus habitantes? Generará peones de obra, puestos de trabajo precarios, inseguros y mal pagados; generará especuladores inmobiliarios, constructores y promotores; generará concejales de urbanismo necesitados de dinero para el Ayuntamiento (dado el sistema de financiación español) pero con gran poder. Ésta será la sociedad de la ciudad, basada en un sector que no genera valor añadido alguno y nada más que puestos de trabajo precarios y poco dignos.

¿El turismo? El turismo genera borrachos y ruidosos que atraen a prostitutas contra su voluntad y carteristas, jóvenes camareros mal pagados y sin contrato, constructores de urbanizaciones, alcaldes nazis, gerentes de hoteles que sobornan a funcionarios corruptos para conseguir licencias y propietarios de pensiones de días ilegales. Dado la capacidad adquisitiva del turista, los precios no hacen más que subir, al mismo tiempo que la ciudad, Barcelona, se masifica hasta sobrepasar cualquier límite y ponerse en peligro la convivencia ciudadana. El turismo degrada, porque consume la ciudad como si fuera de usar-y-tirar – sólo recibe de ella pero no da nada a cambio. El auténtico viajero, que no guiri, no se presta al hiperconsumo, también de lugares, sino que interactúa con ellos – el turista va a Barcelona como va al H&M de rebajas.

¿Es ésta la ciudad que queremos? Una que nos pregunta, casi escupiendo a la cara, ¿consumes? y si la respuesta es NO corre a echarte? La degradación de la ciudad por el turismo ha encerrado Barcelona, antaño vital y creativa, en sí misma, presa del neofranquismo más rancio, que se mete donde no se tendría que meter. Fundamentar nuestra economía en el ladrillo y el turista, sectores sin ningún tipo de valor añadido y totalmente incapaces de competir en precios con Croacia o Turquía (porque, claro, lo nuestro es ofrecer productos baratos, no de calidad como Alemania), no sólo ha sido una causa principal de que ahora España esté al borde de la bancarrota – sino que se ha cargado nuestras ciudades, ha generado todo un séquito de personajes indeseables que no aportan absolutamente nada a la comunidad y las ha degradado hasta el límite. Promover un sector económico determinado es promover un tipo de sociedad determinado – y la mía claramente no es la de promotores inmobiliarios «creadores de empleo» –¿pero qué tipo de empleo?– realmente esclavizado gracias a la reforma laboral, sino la de gente dinámica y creativa, que aporta valor añadido y por lo tanto es valorada y cuidada -y no explotada- por su propio trabajo original.

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Los fundamentos del Empire State

6 septiembre 2011

Disculpen la larga ausencia, pero entre las estupendas vacaciones a Berlín y el huracanado salto del charco hasta la Big Apple, uno se desconcentra, al mismo tiempo que aprovecha para inspirarse con los nuevos y alucinógenos calideoscopios que le pasan a uno delante de las narices. Y es que Estados Unidos no deja de ser una gigantesca operación de márketing, las alcantarillas echan humo blanco y los taxis son amarillos como en las películas y el Empire State hunde sus raíces en el fango que es la miseria humana del homeless, que no es más que el prototípico ciudadano americano que disfruta de la verdadera American way of life, oséase, la puta calle. Si no les molan los tópicos, el auténtico americano se esconde detrás de las caras del nuevo lumpenproletariat emergente que son los trabajadores de Wal-mart, IKEA, Zara, Nike, Starbucks -el complejo de nuevo infra-Estado de bienestar, esta vez de capital privado- y un largo etcétera, todos al servicio de la élite del país y del mundo que siempre los mirará por encima del hombro porque ellos sí pudieron estudiar en Yale o Harvard.

¡No es lo que piensas, cariño!

Ahora las películas clásicas al uso ya no son rentables, y sólo Transformers 3 tiene sentido, por el margen de beneficio que da a la inversión dada. Por presión de los accionistas, HP tiene que abandonar tiene sus fábricas de ordenadores y concentrarse en software. Es la transición de la economía real y productiva a la virtual en forma de moai de Isla de Pascua o de tecnología financiera de alta gama. O, ya no tan demagógicamente, es la especialización de la élite de la first nation in the world en la logística de una economía global que produce en China y consume en Occidente mientras el resto del mundo ejerce de público pasivo y/o se muere de hambre. EL centro de este mundo es Nueva York, la apoteosis del capitalismo americano, el pato cebado a más no poder, la nueva Babilonia obsesionada en demostrar al mundo que le sobra el dinero en su irracional celebración catártica del hiperconsumo. Así se sentirían los ciudadanos del Imperio Romano en visitar Roma por primera vez y ver al Coloseo al fondo del Foro a la izquierda. Así me he sentido yo, vaya.

Un espectáculo que se le recuerda a uno en cada paseo por Manhattan y es que Estados Unidos tiene una desigualdad económica de carácter africano o chino: el 40% más pobre tiene un 0.4% de la riqueza del país, mientras que el 20% más rico acapara el 83%. En Suecia, los números son un 11% para el 20% más pobre y un 36% para el 20% más rico. Pero, claro, la progresividad fiscal es anti-económica porque desincentiva el afán de lucro y por lo tanto la creación de riqueza. No importa que la desigualdad económica correlacione de modo espectacular con la delincuencia o la incidencia de enfermedades mentales, como señalaba Judt en su ensayo póstumo, Algo va mal. Eso es el sueño americano. Pero es que uno tiene ahí la torre Sears de Chicago mientras la contempla desde un bus de estándares infra-europeos con los que viaja hasta Nueva York durante 20 horas a través de la dura cara B de América, el lado oscuro del American dream. O los anuncios en el metro de New York State-sponsored student loans, el gigantesco endeudamiento a largo plazo de la nueva generación de profesionales liberales del país. Qué social fabric se va a sostener con eso. Pero la vida sigue fluyendo por Times Square en la ciudad que nunca duerme – una orgía capitalista de carteles luminosos, un enorme bukkake publicitario sobre el espectador que termina por sentirse violado en el sentido más íntimo.

Y eso que sólo hablamos de temas domésticos, pero ahora uno empieza a leer Blowback: The Costs and Consequences of the American Empire de Chalmers Johnson, donde cuenta cómo cada acción terrorista es la respuesta a una acción del Imperio allende sus fronteras en este libro publicado en el año 2000 y por lo tanto, claro está, justo antes del 11-S. Pero, a pesar de todo, God bless America. Puro delirio de Nueva York.

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Lo confieso, no tengo afán de lucro

16 marzo 2011

Hace dos semanas colaboré en montar una fiesta de carnaval -el Carnaval de Bajtin– en un garito del Poble Espanyol que, según voces exigentes, fue bien molona. Resulta que la fiesta no era gratuita y mi estatus allí era entre accionista y agitador, a lo que siguió la pregunta: ¿cuál es mi motivación para esta fiesta? ¿El afán de lucro? ¿o montar una buena fiesta de disfraces en la que nos podamos divertir los amigos y que sea más o menos autofinanciada? Un buen anarcoliberal rápidamente respondería por mí: usted tiene afán de lucro y monta esta fiesta para ganar dinero, no se engañe; toda motivación es egoísta y esta fiesta no iba a ser la excepción. «Todos nos movemos por lo mismo; es la naturaleza humana». Pero resulta que, oh dios (dinero), perdóname, lo confieso, no tengo afán de lucro; sinceramente, lo que me motivaba era sencillamente montar una fiesta para nosotros, quizá pecando de amateur, pero que hubiera buen rollo y buenos disfraces y no el mánager del Apolo o el Razzmatazz succionando nuestros ahorros a base de cubateo de garrafón y música igual de average desde su cómoda poltrona. Yendo a estos sitios uno se siente como en la fnac, el ikea o el zara, un número más, consumidor que va allí a ser consumido, parte del rebaño en busca de pienso. Se trata de ir más allá.

Parece que las opciones ideológicas de cada uno no son más que las prolongaciones de perfiles psicológicos. Según estudios que ahora no tengo aquí, la gente de derechas es (generalmente) menos empática y más individualista y miedosa, mientras que la gente de izquierdas es más confiada y con un sentido colectivista mayor. La gente de izquierdas tiende a excusar comportamientos chungos por temas de pobreza, familiares -de contexto- mientras que las derechas son más duras y apelan más a la responsabilidad individual. Por eso, los segundos tienden a exigir más dureza en el Código Penal, mientras que los primeros demandan solucionar estos problemas contextuales (esencialmente la desigualdad social) que evitarían muchos conflictos y muchas veces mediante el Estado de bienestar, obra magna del colectivismo. De allí emanan sus convicciones, su modelo de sociedad ideal, etcétera. En un paper sobre gestión de bosques en la tragedia de los comunes, se observan entre las diferentes comunidades proporciones variables de cooperadores, de individualistas (free-riders), etcétera. Así, existe una variabilidad de facto en los perfiles psicológicos que termina generando diversidad ideológica, que a su vez garantizaría la cohesión social a la vez que potencial para evolucionar. Y es que la variabilidad es una característica esencial que se da en los sistemas evolutivos, ya lo dijo Darwin, porque la selección –social– obviamente no puede operar sobre arquetipos homogéneos. Siguiendo esta hipótesis…, sería necesaria una fracción social de gente conservadora para garantizar la robustez y sostenibilidad del sistema, mientras que una fracción social más progresista exigiría continuamente mejoras y cambios en el sistema, de hecho precisamente para profundizar en su misma sostenibilidad. Son roles sociales que tienen una finalidad específica y que sí, que nos tocan llevar a cabo.

En todo caso, todo este rollo paracientífico venía a cuento de lo cabronazo del especialista en márketing que suelta un suspiro, arquea las cejas y dice, lapidariamente: «al fin y al cabo, le guste a la gente o no, se trata de VENDER» con este ácido regusto a «esto es lo que hay, simplemente estoy siendo realista«, pero que en el fondo tan sólo consiste en imponer una determinada visión sobre las relaciones humanas de las que es totalmente lícito disentir. Aparte de lo absurdo del legustealagenteono (porque precisamente se trata de esto, de que le guste a la gente y vivamos felices y comamos perdices), que recuerda al tío que dijo hablando de Japón «afortunadamente, el coste económico del tsunami es mucho menor que el coste en vidas humanas», cuando bueno, es que se trata de que la gente viva; si realmente soy realista, nos daremos cuenta de que hay otras visiones de la estrictamente mercantilista, otro tipo de perfiles psicológicos diferentes del tiburón de las finanzas, otro tipo de preferencias personales -legítimas- en las que el afán de lucro no es prioritario. En el fondo, en este hipermercantilismo reside un espíritu profundamente totalitario -sí, totalitario, ¡como Stalin!- que impone una determinada visión de las cosas, y la sociedad se construye en función de este pensamiento único y la verdad es que se construye… mal.

En ésas estamos que teóricos como Serge Latouche (decrecimiento) piden recapitular y hacer un inventario de lo que realmente necesitamos y queremos y lo que no, y calcular los datos económicos como el PIB en función de este inventario y no de criterios estrictamente economicistas que toda la sociedad obviamente no tiene que compartir. Se trata de cambiar el imaginario colectivo.

 

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La socialdemocracia en crisis: ¿la muerte del Estado?

4 marzo 2011

En Algo va mal, el politólogo Tony Judt elabora una evocación nostálgica del Estado de bienestar socialdemócrata, nacido en Occidente después de la II Guerra Mundial a partir de un pacto social basado en políticas económicas keynesianas. En los años ochenta, Thatcher y Reagan rompieron este mismo pacto y se decidió unilateralmente la demolición de ese Estado de bienestar, aprovechando la crisis financiera de 2008 para llegar a su culminación. Judt se pregunta, sin poderse responder, por qué la eficiencia económica se ha convertido ahora en el principio supremo al margen de cuestiones como la justicia social, y pide un retorno al Estado como garante de igualdad social y de infraestructuras públicas como la red ferroviaria. Porque resulta que las sociedades más igualitarias también son aquellas con menor delincuencia e índices más altos de salud física y mental y movilidad social.

Precisamente, el pacto socialdemócrata nace del equilibrio entre capital y trabajo que se da en Occidente después de la II Guerra Mundial, vistos los efectos catastróficos que podía causar una burbuja especulativa a gran escala (crac del 29) y con el contrapeso ideológico del comunismo fuertemente implantado en las propias sociedades occidentales, mirando a la Unión Soviética en plena Guerra Fría. Pasado el recuerdo de la Gran Depresión y caído el Muro de Berlín, la globalización ha alterado este equilibrio y el capital, libre de ataduras, se siente con poder suficiente para desmantelar los beneficios sociales para los trabajadores que pagaban los más ricos.

Desde 1990 hasta hoy, [en Alemania] los impuestos a los más ricos bajaron un 10%, mientras que la imposición fiscal a la clase media subió un 13%. En veinte años la clase media se ha reducido, pasando del 65% a englobar al 59%. Los salarios reales se han reducido un 0,9%, mientras que los sueldos superiores y los ingresos por beneficios y patrimonio aumentaron un 36%. En 1987 los directivos de las principales empresas (índice DAX) ganaban como media 14 veces más que sus empleados, hoy ganan 44 veces más. Incluso en Alemania, la clase media está descubriendo la precariedad.

Rafael Poch, Antes de dos años

En Estados Unidos, en Alemania, en España, las desigualdades crecen y el proyecto de igualitarismo socialdemócrata se desvanece. Nació como una traición al internacionalismo comunista en la Primera Guerra Mundial, hasta el punto que la Alemania del SPD de Ebert persiguió, ejecutó y tiró los cadáveres de sus antiguos compañeros de partido al río (Liebknecht y Luxemburgo). En su esplendor, ejerció un tipo de despotismo ilustrado de facto -todo para la masa trabajadora pero sin la masa trabajadora- y al final ha terminado como mero instrumento del capital para terminar con el ineficiente bienestar de las clases medias.

Los ricos cada vez son más ricos

La crisis de la izquierda se entiende desde la alteración de ese equilibrio. Ya no somos trabajadores: somos consumidores, y desde ese rol tan pasivo que nuestra vida tiene sentido en el marco del turbocapitalismo. Que produzcan los chinos, mientras nosotros nos limitamos a consumir, aprovechando un poder adquisitivo ilusorio gracias al lowcost de Ikea, Ryanair y Zara, a la vez un modo muy fácil de dejar ir la frustración que genera el continuo atraco que es el turbocapitalismo, un eficaz mecanismo para la disminución de la conflictividad social. Las grandes multinacionales del lowcost terminan por construir una sociedad a imagen del consumidor típico -la sociedad de masas. Éste es el resultado de treinta años de socialdemocracia; es lógico que esté en crisis.

¿Sigue teniendo sentido ahora el proyecto socialdemócrata? El equilibrio entre capital y trabajo se ha roto (deslocalización) – el capital ya no está dispuesto a dar bienestar a las masas trabajadoras, que disfrutan de su nuevol rol como consumidoras y parece que tampoco se permiten la coacción que requiere la existencia del Estado. ¿Ha llegado, entonces, la muerte del Estado? ¿Ha llegado la era del Mercado?

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Crecer por crecer

18 febrero 2011

Hoy en día quién cree en un crecimiento infinito en un mundo finito o bien es idiota o bien es economista

Serge Latouche

La religión del crecimiento, la llaman, aquella que reside en la divinización de una mano invisible (sic) que regula la oferta y la demanda de un mercado abstracto, teórico e irreal. En el libre mercado auténtico, todos los agentes económicos tienen igual acceso a la información libre, pero esto obviamente no pasa en las sociedades occidentales actuales donde la información se pretende monopolio de un sector empresarial, el mediático. En el libre mercado auténtico, la competencia es perfecta y por lo tanto los beneficios son nulos, porque la continua reducción de costes entre competidores al final les obliga a vender a precio de coste. En el libre mercado auténtico, los aumentos en productividad se traducen en paro, que se compensa con la creación de empleo en las nuevas industrias creadas por ese mismo aumento de productividad. Existe el mismo abismo entre socialismo real y teórico que había allá en 1968 que entre liberalismo real y liberalismo teórico hoy en el 2011. Y el liberalismo teórico está muy bien, pero no es lo que hay. Sólo hay que ver a Estados Unidos, que quita aranceles a los otros pero sigue con los propios, además de mantener jugosas subvenciones a lo autóctono y obligar FMI mediante de suprimirlas en los países pobres.

En el liberalismo real, el que se toca y se huele y resulta que apesta, la espontánea acumulación de capital genera enormes oligopolios que se entremezclan con el poder político para proteger a sus intereses, hasta el extremo de que los cargos políticos para la regulación de sectores económicos los ocupan ex directivos de grandes empresas de estos mismos sectores (sólo hay que ver sector alimentario o financiero: con el último el caso es especialmente sangrante porque de ahí que se generó esta crisis «más grave desde la Gran Depresión»).

Crecer por crecer, porque quién no acapara al máximo el mercado se lo va a comer su competidor. Detrás de este constante y desasosegante movimiento perpetuo para aumentar la productividad y reducir costes que es el darwinismo económico, están todas las innovaciones tecnológicas en forma de lavadoras, portátiles y neveras que configuran la base del bienestar occidental, esto se tiene que tener en cuenta, ya que el libre mercado ha probado ser el mecanismo social más potente de generación de riqueza y eficiencia en la gestión de los recursos hasta ahora: pero del mismo modo que el crecimiento exponencial de una especie biológica llega a su techo (la carrying capacity del environment) y el ecosistema puede llegar al colapso, lo mismo le pasa al crecimiento económico, que llega a un punto en que si la economía no deviene sostenible el sistema colapsa.

Así que llega un momento en que el crecer por crecer es puesto en duda como fundamento social, a riesgo de degenerar en una ineficiente gestión de los recursos. ¿Estamos dispuestos? A la insostenibilidad a largo plazo del capitalismo real le veo otros problemas:

  • su darwinismo social que deja tirados a los pobres y encumbra a los ricos en una versión un poco extrema por cruel (y parcial, porque ¿de veras existe la igualdad de oportunidades?) de la meritocracia. Los hombres nos hemos inventado la medicina para neutralizar los efectos de la selección natural, a riesgo de perder adaptación al medio como especie. Mi padre quizá tiene el tobillo que le duele, pero eso no es motivo para sacrificarle… La política funcionaría así como la medicina contra una selección económica demasiado radical, pero sin excesos, porque ya vemos cómo puede funcionar la mala regulación. A veces hay que dejar caer (los bancos, por ejemplo) y a veces hay que relativizar y sostener.
  • conlleva una fuerte ideologización que contradice la pretendida libertad de opinión, ya que la maximización de beneficios es el valor supremo que rige esta sociedad y todo tiene que acatarlo, dejando de lado otros tipos de realizaciones personales (artísticas, familiares). Someterse a la ley de la selva -económica- que es la American Way of Life, y todo el individualismo destejedor de lo social que sigue.
  • esta misma maximización de beneficios en una producción a gran escala lleva a la búsqueda del consumidor típico para quién el producto se adecúe mejor y por lo tanto a la construcción de una sociedad a su medida. Ese consumidor típico, el mayoritario, es el hombre-masa de la sociedad de masas que se le construye específicamente y al que todos hemos mencionado alguna vez como «sí, pero la gente -la gente-masa- en general quiere…» y poned aquí Telecinco o David Bisbal.
  • perjuicio a la libertad individual cuando el resto de la sociedad incurre en actitudes colectivas chungas para la sociedad, por ejemplo, ¿cómo debe sentirse el empresario responsable una vez ha estallado la burbuja inmobiliaria de la que se ha enriquecido histéricamente el resto de la sociedad? ¿qué va a decir el ciudadano bien informado de la política cuando la mayoría vota porque ése es guapo o ése tiene cojones? ¿No les están estafando? Esta vulneración de facto de la libertad individual a partir de actitudes colectivas según la teoría debe ser penada por la ley, pero es imposible en la práctica.

Llega un momento para el desarrollo de las sociedades en que ser más rico ya no quiere decir ser más feliz; una sociedad que pase de ese umbral, una vez moderna y democrática, tiene que reorientarse y humanizarse.  La socialdemocracia no es una solución, porque sus instituciones políticas, aspirando a controlar al capital, se colocan a su mismo nivel, el global, y terminan por convertirse en meros instrumentos suyos. Lo local, la verdadera sociedad civil, debe buscar nuevas formas de protegerse de lo global y oligárquico.

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La revolución… ¿verde?

7 febrero 2011

Entre los años cuarenta y setenta, la agricultura experimentó enormes cambios, sobre todo en los países en vías de desarrollo: se mecanizó y se introdujeron variedades muy productivas, además de fertilizantes, pesticidas y herbicidas, resultando en una maximización de la producción – el arroz moderno podía llegar a ser diez veces más productivo que el tradicional. La llamada revolución verde salvó al subcontinente indio de una hambruna salvaje y salvó la vida a muchas generaciones. Beneficios de la modernidad y el progreso – los defensores de la agricultura ecológica tendrían que tener eso en cuenta.

Algunos de los grupos de presión ambiental de las naciones occidentales son la sal de la tierra, pero muchos de ellos son elitistas. Nunca han experimentado la sensación física de hambre. Ellos hacen su trabajo de lobbies desde cómodas suites de oficina en Washington o Bruselas … Si vivieran sólo un mes en medio de la miseria del mundo en desarrollo, como yo durante cincuenta años, clamarían por tractores y fertilizantes y canales de riego y se indignarían de regreso a casa que elitistas cool tratando de negar estas cosas.  Norman Borlaug

¿Pero la revolución verde… es verde?  Desde principios del siglo veinte, la productividad por hectárea se ha cuadruplicado, pero la energía necesaria para la maquinaria, bombas de irrigación y producción de fertilizante ha aumentado ochenta veces. Un producto típico recorre 2400 kilómetros desde su producción hasta dónde se consume. Es un gasto energético enorme que se ha pasado por alto momentáneamente gracias al bajo precio del petróleo y el gas natural, pero en breve la agricultura moderna se volverá insostenible. Al mismo tiempo, la industrialización de la agricultura, dirigida por el principio del máximo beneficio, ha conllevado efectos secundarios bastante chungos, como la propagación de nuevas enfermedades, aumento de las alergias y la esterilidad y serios desequilibrios en la dieta, con pocas empresas que controlan el mercado y el poder político que teóricamente tendría que controlarlas a ellas. El consumidor se encuentra, entonces, indefenso. El documental Food Inc., que os podéis bajar aquí, ya lo explica todo, con las contradicciones de un sistema que con tal de maximizar beneficios ofrece productos basura (sólo hay que fijarse en el «producto terminado» de la principal productora americana de hamburguesas, lavado a base de cloro, sí, el cloro de las piscinas) fuertemente subvencionados por el poder político y con un alto coste energético.

Pero entonces, ¿el paso a un sistema de producción de alimentos más local (huertos urbanos, cooperativas de consumo), biológico y ecológico, que ahora parece esencial, no es acaso una renuncia al progreso que alimentó a millones de bocas el pasado siglo? ¿No es quizá renunciar a la modernidad desvincular la producción económica del principio del máximo beneficio y así acoplar producción y consumo de modo responsable? Estos cambios en la estructura de producción, vitales para asegurar la sostenibilidad del sistema y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, pueden conllevar lo que un capitalista más teme: no pérdida de bienestar, sino pérdida de competitividad y de innovación tecnológica. Lo que se está convirtiendo en la auténtica revolución verde es un rechazo categórico a los fundamentos del libre mercado. No es nada tonto. ¿Estamos dispuestos, así, a llevarla a cabo?

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«Ya sólo vale el abandono de las armas para siempre» «Pues va a ser que no»

12 enero 2011

Mientras este asqueroso ser amorfo que es el Estado plus el Mercado nos sodomiza mediante reforma laboral, recortes sociales, retraso de la edad de jubilación y empobrecimiento general, nosotros nos vamos de rebajas para comprar entre muchas cosas la vaselina con la que nos la endiñarán, pero no, los que tienen que «dejar las armas» y «someterse al Estado (y al Mercado, claro)» son los cuatro chalados de ETA, que generan menos muertes al año que por accidente laboral. ¿Disculpa? ¿Someterme al Estado? ¿Desde cuándo? ¡Pero si aún estamos en estado de alarma!

Es realmente preocupante la docilidad con la que muchos asienten a la o bien hipócrita o bien idiota dialéctica de Zapatero sobre dejar las armas, negociar para la paz, etcétera. Pero la paz no puede existir con una ciudadanía sometida enteramente al Estado-Mercado, porque su misma existencia ya conlleva violencia, ya que el Estado consiste en el monopolio de la violencia legítima (Weber). Legítima, pero violencia. Y en el mismo momento en que la ciudadanía abdica de su responsabilidad de ejercer de contrapoder, justo como pasa ahora, la violencia legítima se convierte rápidamente en abuso de poder y el abuso de poder sistemático en tiranía. Para eso, la Constitución Americana reconoce el legítimo derecho a la rebelión contra un gobierno tirano y a la misma toma de armas contra él. Por eso la Segunda Enmienda. Quizá muchos americanos son unos fanáticos locos de las armas, pero también muchos europeos somos dóciles ovejas que delante los abusos de un poder tirano sólo se nos ocurrirá decir tímidamente «Sí, bwana».

Desde el sofá

Con la caída del Telón de Acero y la industrialización de los países asiáticos, es decir, en el escenario post guerra fría de la globalización, se ha originado un profundo desequilibrio de poder entre trabajo y capital a favor de este último. El capital, ahora exento de cualquier mecanismo de control democrático, ha respondido rápido, dedicándose presto a desmantelar el sistema a la Robin Hood que teníamos montado hasta ahora y que correspondía al anterior delicado equilibrio de poder. Pero es que van a por nosotros. Y no sólo eso, sino que se ignoran sistemáticamente las verdaderas amenazas sobre la sociedad (crisis energética, cambio climático). A eso, ¿cómo responde el ciudadano medio? Yendo al Zara de rebajas. No sólo el consumismo, fundamento del turbocapitalismo que produce por producir y quema por quemar, ha cambiado nuestros hábitos, sino que también ha contagiado nuestras mentes. Hemos abandonado las armas.

El (feliz y esperado) final de ETA es, de hecho, precisamente sintomático de este abandono general del deber social de ejercer de contrapoder. Los terroristas se han radicalizado en idiotas posturas que de paso ayudan a consolidar un Estado-Mercado monolítico e implacable, sí, pero la radicalización ha venido porque la mayoría de la sociedad ya los había abandonado, como había abandonado al comunismo o ya cualquier propuesta de reforma social. Preferimos comprar, tirar, comprar.

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Smart may have the brains, but stupid has the balls. Be stupid

26 diciembre 2010

Be stupid. Diesel.

¡La política ya no es necesaria!, exclaman los neoliberales en modo triunfal, delante de las ruinas de la antigua Unión Soviética, olvidando las miserias de la crisis. Que toda relación humana sea intercambio económico de bienes comerciales, también los fluidos, el sudor, las lágrimas, el semen, la sangre, las enfermedades venéreas, porque en el fondo la sociedad es un mercado de masas y esto es lo que hay.

Para vender productos en el mercado de masas y maximizar beneficios se tiene que maximizar el número de consumidores, y esto se hace construyendo un perfil de consumidor que corte por lo bajo, de mínimos, stupid. El consumidor stupid es el espejo donde se nos obliga a reflejarnos a todos; en el proceso, todo el mundo se idiotiza. La sociedad turbocapitalista es una sociedad idiota e idiocrática. Sólo hay que poner la tele para comprobarlo.

Los mass media generan la ilusión de un espacio público dominado por el consumidor stupid; la gente que quiere ir más allá serán unos frikis dispersos por el mundo, como callejeros viajeros. Pero un mundo idiota -en teoría económica, compuesto por «agentes económicos racionales»- inevitablemente agota todos los recursos y decae y desaparece. La política es necesaria, porque impone la visión a largo plazo, esencial para que una sociedad funcione de modo justo y eficiente. Obviamente, no la política de los políticos, que también es irremediablemente stupid, sino la política de la sociedad que se autoorganiza y coopera. En una sociedad donde todo el mundo va a la suya, es posible que la gente que dedica una parte de su esfuerzo en construir lo común, antepusiendo voluntad general a interés personal, sea vista, irónicamente, como los idiotas, cándidos e ingenuos stupids. Como el Idiota de Dostoyevsky. Como el Ingeniero de Ibsen. Como románticas versiones de los déspotas ilustrados: todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Es el espíritu trágico del cooperador en un mundo stupid.