Posts Tagged ‘el gran teatro del mundo’

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Sobre el 25-S y los antiguos aztecas

27 septiembre 2012

Cada vez que oigo a Mariano Rajoy o a Artur Mas todo serios decir, sintiendo en lo más profundo su heroico rol de gran estadista, su lugar en la historia del país, “hay que hacer sacrificios”, no puedo evitar pensar en los antiguos aztecas y sus sacrificios humanos. Me imagino a Mas ya con laca en el pelo y fundado en folklóricos vestidos precolombinos, en todo lo alto de la Gran Pirámide de Tenochtitlán, serio, solemne, extraer el corazón en forma de pensión del abdomen de un jubilado, o también en forma de paga de Navidad del torso de un médico, gritando “hay que hacer sacrificios!” “Hay que contentar a los dioses!” Pero, esta vez, en vez del poderoso dios del destino y la noche Tezcatlipoca se intenta aplacar a la omnipotente crisis, afilado cuchillo de austeridad mediante.

Es muy fácil mirar hacia atrás en el tiempo y pensar, de modo condescendiente, que estos aztecas estaban efectivamente locos o bien era unos primitivos y lo que hacían no tenía ningún tipo de lógica, pero la verdad es que los sacrificios humanos de Artur Mas obedecen al mismo tipo de lógica: ninguna. No hay ningún tipo de lógica económica, ese ente etéreo y abstracto con el que algunos justifican al padre la inevitable necesidad científica del hambre de su hijo, que avale estos programas de ajuste estructural. El neoliberalismo no tiene fundamento empírico: abaratar el despido aumenta el desempleo, no lo disminuye. Flexibilizar el trabajo hace disminuir los salarios. Liberalizar el sector financiero acarrea casi siempre una burbuja y su subsiguiente estallido. Regar con dinero público a grandes bancos quebrados no restituye el flujo de crédito, sino que quiebra la economía. La austeridad no incentiva la demanda, sino la deprime. En su libro Esta vez es diferente, Reinhart y Rogoff analizan 22 casos de crisis de deuda a lo largo del siglo XX: sólo Suazilandia, en 1985, salió de la crisis de ese modo. El resto de países salieron mediante una quita de deuda o default.

Sin embargo, crisis tras crisis, el programa económico neoliberal sigue aplicándose, a pesar de la realidad. Dice Stiglitz que no es por ignorancia, es por ideología: en efecto. En la cabeza del sacerdote azteca, hay una conexión lógica entre ese largo reguero de sangre en las escaleras del templo y un futuro próspero para la nación. También en las de Artur Mas o Rajoy: no es que sean crueles de por sí, es que realmente se lo creen. Suena a esa necesidad tan católica de la penitencia y la contrición después del pecado, pero aplicado a otros. Esto no quiere decir que no haya tal conexión causal: las conexiones lógicas, que habitan en las ideologías, en el fondo existen tan sólo en la cabeza de la gente, nunca son objetivas, ya lo decía Hume. Resulta luego que las ideologías, al igual que los paradigmas científicos, quedan desacreditadas cuando la realidad insiste en desmentirlas. Entonces se convierten, primero en aproximaciones teóricas, luego en superstición. Eso es lo que son ahora las religiones de los sacrificios humanos, la azteca y la neoliberal.

Pero no todo es ideología. También es un puesto de trabajo. Los paradigmas ideológicos nunca se suceden de modo claro ni nítido ni limpio; la transición en el relato hegemónico no ocurre tranquilamente; la crisis siempre ocurre profundamente inmersa en la tensa suciedad de los juegos de poder que se dan en una sociedad. Es en cada una de sus interacciones sociales que aparece el dilema entre la obediencia a una autoridad ahora implacable y la compasión que mueve a la rebeldía pero también al riesgo. En el fondo, no es tan sólo un dilema entre un puesto de trabajo asegurado y la justicia social, sino entre dos ideologías en tensión: la que concibe ese acto de violencia como algo legítimo, normal y necesario y la que lo concibe como manifiesta injusticia, creadora de un sufrimiento inadmisible: el mosso que elige entre obedecer la orden del comisario de dar una paliza a unos manifestantes o decir ‘no’; el secretario judicial que elige entre ejecutar la hipoteca y desahuciar según ordenado por el juez o decir ‘no’. Pero es que, al mismo tiempo, el comisario y el juez se encuentran en una encrucijada similar, sólo que un nivel por encima, pero ellos también pueden decir ‘no’: cuando el capitalismo se vuelve crisis, la sociedad deviene un experimento de Milgram masivo. En cada una de las interacciones de la tupida red social, en cada uno de sus niveles fractales, se plantea el dilema, “obedece o arriésgate a perder el puesto” – así es cómo se propaga el poder a través de la sociedad, cómo se reproduce y perpetúa la injusticia.

Cuando Merkel declara el estado de excepción en el capitalismo y prohíbe la posibilidad de quiebra de los bancos españoles precisamente porque deben dinero a los bancos alemanes, Mariano Rajoy se convierte, también él, en el sujeto del experimento de Milgram; al otro lado del cristal se sienta, atado, amordazado, cautivo, el pueblo español en la silla con nodos eléctricos. Cómo es que Rajoy se inclina por plegarse ante Merkel, al precio del sufrimiento de todo un pueblo – de su propio pueblo? No puede ser sólo ideología. No puede. También es un puesto de trabajo: la posición de poder que ostenta Rajoy viene totalmente condicionada por el hecho de que el flujo de crédito alemán se mantenga constante, un flujo de capital a partir del cual se construyó una cultura del subsidio de facto a través de bancos y cajas y administración pública, repartiendo favores en forma de adjudicaciones de obras públicas, créditos privados o puestos de trabajo en la Administración.

Pero los beneficiados no eran tan sólo gente como el Bigotes, el consejo de administración de Bankia o Santiago Calatrava, sino todos quiénes obtuvieron un puesto de trabajo con ese aumento brutal en la demanda. Al fin y al cabo, el poder es una transacción, un pacto casi fáustico, en la que se intercambia la sumisión, primero voluntaria, después ya veremos, por la concesión del favor: también el Estado de bienestar o un salario son favores -o sobornos de una clase social entera? Ahora bien, sin ese flujo de crédito alemán, Rajoy está desnudo frente el pueblo. Ya no tiene dinero para sobornarle. Rajoy ya no es Rajoy. El castillo de cartas se tambalea. El pueblo está inquieto. Está en la calle.

Todo esto recuerda a las prácticas coloniales de un imperio como el romano o el británico. Su dominio colonial no se basaba, obviamente, en la mera coerción, sino se apoyaba en las redes de poder locales ya existentes, aprovechando la legitimidad que ésas ya tenían. Cuando el imperio iba a civilizar un pueblo, iba a sus líderes y les hacía una oferta que no podían rechazar: a cambio de respetar su posición de poder local, exigían poder extraer recursos de la población a través de la legitimidad de la élite. Era su experimento de Milgram particular. Si la élite local decía ‘no’, utilizaban la fuerza y le movían el sillón, imponiendo un candidato que sí aceptara el pacto, ya sea Vercingetórix contra Julio César o cuando el directorio alemán de Europa le movió el sillón a Berlusconi y a Papandreu por no plegarse ciegamente a su exigencia de sacrificios humanos. De ese modo, tanto los intereses de la élite local de la colonia como los de la élite imperial de la metrópoli se terminaban entretejiendo, unificando y centralizando. Ahí está Rajoy, compartiendo intereses con Merkel, recortando derechos fundamentales en forma de Estado de bienestar para rescatar a los incompetentes bancos alemanes.

I jo us puc assegurar que aquests reaccionaris que s’autoanomenen catalanistes el que més temen és el redreçament nacional de Catalunya, en el cas que Catalunya no els restés sotmesa. I com que saben que Catalunya no és un poble mesell, ni tan sols intenten deslligar la política catalana de l’espanyola. (…) Estigueu segurs, amics madrilenys que m’escolteu, que si algun dia es parlés seriosament d’independitzar Catalunya de l’Estat espanyol, els primers i potser els únics que s’oposarien a la llibertat nacional de Catalunya, foren els capitalistes de la lliga regionalista i del Fomento del Trabajo Nacional.

Salvador Seguí, octubre 1919, Ateneo de Madrid

De Tenochtitlán a Berlín y ahora en Barcelona. Y es que la posición de Artur Mas es (casi) simétrica a la de Rajoy – los dos se han convertido en el brazo ejecutor de la oligarquía local, esa que dice que el Estado de bienestar es insostenible y por eso hay que desmantelarlo (?), la de hay que hacer sacrificios humanos. Mas sabe perfectamente que le pueden mover el sillón desde arriba, ponerle un Duran Lleida en su sitio, cuando Fomento del Trabajo vea peligrar sus intereses económicos tan bien entretejidos con la élite central, pero también desde abajo. En Convergència, partido conservador como pocos, la aventura del soberanismo ha crecido hasta el punto en que Mas va ahora a remolque del pueblo; el clásico juego de la puta i la ramoneta cada vez es más difícil – si Mas no es lo suficientemente claro, alguien más soberanista que él le puede mover el sillón con el apoyo de las bases del partido. Cada vez más difícil, que no imposible. En todo caso, cómo es que ha crecido tanto el separatismo?

Se puede debatir, con los datos sobre la mesa, si el déficit fiscal de Catalunya con el Estado es efectivamente la barbaridad del 9% del PIB? Efectivamente parece más sensato un modelo de financiación en el que comunidades autónomas gestionen no sólo gastos, sino también ingresos, además de incorporar mecanismos bien establecidos de solidaridad interterritorial – y es que el federalismo fiscal favorece la responsabilidad presupuestaria. Ahora bien, la cuestión es que no, era imposible debatir: si estas reclamaciones venían de Catalunya, rápidamente eran clasificadas como nacionalistas, motivadas por sentimientos identitarios o, peor, por el egoísmo insolidario de la pela. Apelando a sentimientos étnicos, dibujando tan sólo un simplista eje lineal donde hay una nube, se desarticula la complejidad de cualquier discurso y se desmantela su potencial reformador: ¿quién está ahora en mayoría tanto en Madrid como en Barcelona? Da igual que, según las encuestas, un tercio de los catalanes siempre apuesten por un Estado federal; da igual que Carod Rovira diga que Catalunya es un país plurinacional o que Puigcercós niegue que sea nacionalista y alerte contra el nacionalismo intolerante que no quiere una Catalunya mestiza; da igual. Siempre es la matraca pseudo-internacionalista del ilustrado gentleman con monóculo en el ojo “es que yo soy más de quitar fronteras”, “los territorios no tienen derechos, lo tienen las personas”, “el nacionalismo excluyente”, “todo esto son sentimientos irracionales” y “la lengua de todos”. Al fin y al cabo, es izquierda jacobina contra izquierda federalista.

Precisamente la incapacidad de algunos de comprender lo que estaba pasando más allá del Ebro me recordaba a la estupefacción de mucha CT intentando comprender al 15-M; incapaces de clasificarlo y procesarlo según sus propias estructuras mentales, todo tenía que ir según la lógica partidista. Y es que esto lo escribía antes del 25-S – si trasladamos hace dos días a Madrid el simplista discurso intereconómico que gusta de confundir separatismo con nacionalismo, “los manifestantes eran nacionalistas españolistas insolidarios, ya que se oponían por motivos sentimentales-identitarios a recortar derechos sociales para regalar dinero público al sector financiero”. Como todos sabemos, los bancos europeos son el mecanismo más eficiente para distribuir capital que se ha dado nunca en la historia; negarles a entregarles tu dinero, aunque te empobrezca, es tremendamente insolidario con tus camaradas europeos. Obviamente, este “discurso pro-Europa” -porque en esto consiste el discurso- tiene la misma lógica económica -y humana- que la adoración azteca del dios Tezcatlipoca: ninguna.

Ahora bien. Es un dulce y suave cosquilleo que sube por la espalda ver cómo en cada uno de los experimentos de Milgram de la sociedad cada vez más triunfa la ideología de la rebeldía sobre la de la obediencia; ver cómo el antaño sólido discurso de la Cultura de la Transición se tambalea y cruje y se rompe en pedazos – y cómo un discurso nuevo y fresco le amenaza su hegemonía, trepando lentamente las paredes, pero inevitable. Cada vez somos más. Decía Bourdieu que lo único que diferencia a Rajoy, que dice ser presidente del gobierno, del loco que dice ser Napoleón es que al primero se lo creen. Todo está en nuestra cabeza. Cada vez más somos los que no le creemos y nos emancipamos de esa esclavitud mental. En el fondo, tanto en Barcelona el 11S como en Madrid el 25S, se trata de reivindicar nuestra soberanía. Pero sólo dándonos cuenta de este hecho fundamental, trazando paralelos, comprender al otro en sus reivindicaciones, diseñando alianzas y solidaridades, diciendo NO cuando nos toque a nosotros ser sujetos en el experimento de Milgram, se conseguirá que Rajoy y Mas no tengan más alternativa que ir a remolque del pueblo. Sólo así se podrá construir una hegemonía efectiva y real, una auténtica Syriza ibérica, que desmantele un imaginario colectivo ya corrompido.

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Quemen más contenedores, ¡por favor!

3 marzo 2012

En este artículo, Badiou habla del drama social que ocurre en estos mismos momentos en Atenas. Cierto, es un drama social cataclísmico, donde los griegos son el “precio a pagar” para la sostenibilidad del sistema. 25.000 sin techo deambulan por Atenas, un 0,61% de su población. Entonces, uno mira a la capital del mundo libre, Nueva York, y lee que hace poco se batió el récord de sin techo, 113.000, un 1,4%, más del doble que en la dramática Atenas. Es más: la deuda externa de Estados Unidos llegó al 100% de su PIB, igual que en España en 2009 (la de Grecia era del 120%). Seis millones de personas viven en sus cárceles: más que en los gulags de Stalin. Su índice de desigualdad (Gini) es el mismo que China, “ese inestable país con grandes desequilibrios internos de riqueza”, según el director de Stratfor.

La deudocracia tomó el poder primero en el Tercer Mundo, ahora en el sur de Europa, pero amenaza el mismo corazón de Occidente. Un default descontrolado de Grecia desencadenaría una reacción en cadena que podría tumbar a Europa y Estados Unidos con ella. El colapso de MF Global es paradigmático, porque expone la vulnerabilidad de Wall Street y por la perversa gestión política de su caída por parte del Zapatero americano, Barack Obama:

It means that nobody’s money is safe. It means that regulators care more about protecting the so-called “Systemically Important Financial Institutions” than about protecting Ordinary Joe investors. It means that, when crunchtime comes, central banks and government regulators will allow SIFI’s to get better, and let the Ordinary Joes get fucked.

“The MF Global scandal has made it clear that the integrity of the system has disappeared.”

Deudocracia significa gobierno plutocrático a través de la deuda. ¿Deuda de quién a quién? De nosotros mismos, porque utilizamos los servicios públicos del Estado endeudado, a nosotros mismos, porque los bonos soberanos los compran los bancos con el dinero de nuestros mismos ahorros. Entre estos dos puntos –nosotros–, una gigantesca telaraña de interdependencias económicas en los privilegiados puestos clave de la cual se han colocado banqueros y políticos que, dicen, “gestionan nuestro dinero por nuestro bien”, eso es, para la sostenibilidad del sistema. En cambio, yo lo llamo atraco a mano armada; esta vez con porras y escopetas de balas de goma.

En este sistema, el capital es tremendamente escaso (está en muy pocas manos) y por lo tanto su principal fundamento. A nivel global, múltiples ciudades compiten salvajemente entre ellas para atraerlo (Mumbai, Dubai, , Shanghai, Nueva York… Barcelona?) y convertirse en nodos de la economía global. El suelo de estas ciudades se encarece vertiginosamente, se contratan a arquitectos de renombre para aún subirle el precio construyendo macroproyectos y etcétera. Debajo de este ecosistema del capital, indiferente, una gran masa de trabajadores compite por el empleo precario y temporal que se les filtra des de arriba y, si les llega, da las gracias al empleador. Por eso la definición más ajustada de este sistema tremendamente dual no es otra que puro neofeudalismo.

Lo hace Léon Blum, presidente del Gobierno y padre de la no-intervención, que sin ser invitado y con un par, se sube a la tribuna. Y explica la razón de su decisión. Llora, realiza un silencio y dice: “No puedo hacer nada. Tengo las manos atadas”

Guillem Martínez, De cómo nunca gobiernan las izquierdas

Dualidad: capital y trabajo van por caminos distintos; es la anomalía antidemocrática del empleo asalariado, que permite la extracción de riqueza desde abajo hacia arriba. Así se consolidan los oligopolios y su poder político, se gestan los sectores estratégicos, con carta blanca para la irresponsabilidad criminal, porque “si caen, caemos todos”: su irresponsabilidad se convierte en un asunto de bien público. Si los rescatamos, la carta blanca sigue. Este chantaje político a la sociedad es totalmente estructural, nada casual. El político, por lo tanto, tiene las manos atadas. A ese nivel, nadie ni tan sólo piensa en una alternativa a los rescates trillonarios y como máximo llora cuando anuncia los recortes, mientras desahuciados se suicidan en su desespero. A ese nivel, nadie llega con una alternativa: los sindicatos verticales, comprados; los partidos, con sus mecanismos de selección de personal soviéticos, nada. Estamos como en la URSS a principios de los ochenta. En las elecciones francesas, Hollande ha prometido regular las altas finanzas. Pero el impacto de estas iniciativas es idéntico al de un default griego: el colapso del sistema. Obama también podría hacer lo que Roosevelt en su momento, trocear los bancos, pero es que es inconstitucional. A ese nivel, las manos están atadas, estructuralmente, y el combate es dicotómico: a un lado del ring, los servicios públicos; al otro, la sostenibilidad del sistema. Si a ese nivel las manos están atadas, sólo queda otro: el local.

It is hugely important and worth mentioning that ‘mistakes’ have been done in the beginning of the crises because we did not have a well-organized ‘police force.’ American psyche can be easily manipulated when they hear that there are ‘mistakes’ done and now we are ‘fixing it.’ It’s worth mentioning also what is happening now in Wall Street and the way the demonstrations are been suppressed by policemen, police dogs and beatings.”

Asesor de Bashar el-Assad

Hay que descolonizar nuestras mentes, liberarnos del síndrome de Estocolmo y darnos cuenta de esta cruel dicotomía; tomar conciencia de que el Estado de bienestar tan sólo existe porque se fundamenta en la economía de escala a partir del trabajo, de la que los gestores se quedan su parte –un robo.  Los rescates a bancos, un robo; las infraestructuras poco rentables, un robo; la existencia de directivos en TMB, un robo; los impuestos mal gestionados, un robo. Las palizas de los salvajes maníacos con placa no son desproporcionadas, ni un error, como dicen algunos, en la línea discursiva de Assad, desde siempre se ha hablado de “errores”, “daños colaterales”, etcétera, pero esto es puro monopolio informativo de la violencia, pura CT, que insiste en eliminar la carga simbólica política a la violencia sistemática de unos y el “vandalismo” de otros: en absoluto, es represión estructural a quién se atreve a descolonizarse y a replicar al atraco a mano armada.

Sería “un error” si los mecanismos de selección y el entrenamiento de los cuerpos de seguridad fueran democráticos y transparentes, si después de las palizas hubieran expedientes y cárcel y no absoluciones ni indultos, pero es que no es así. Es violencia estructural contra los que se quejan del atraco y, cuando alguno se pasa y quema algún contenedor, aún existen colonizados por el síndrome de Estocolmo que dicen “¡así no!” y otros que lamentan la mala imagen que da Barcelona, “la marca BCN”, que precisamente ve obstaculizada su frenética carrera global en la captación de capital y, por lo tanto, en la supervivencia del relato del neofeudalismo. Visto como está la cosa, entonces, quemen más contenedores, ¡por favor!

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Hedonismo y desequilibrio: ¿por qué las instituciones humanas?

28 junio 2011

Quién quiere saborear los dorados rayos de sol, tiene que estar dispuesto a caer en la mierda y tragarse todo el lodo. La vida es una montaña rusa de emociones, un péndulo desbocado que salvaje golpea de lado a lado, un todo o nada continuo que corre sobre el abismo. No hay excusas, dijo Camus. La vida es para descantillarse; si no, no vale la pena que sea vivida. No hay más opción que ser un salvaje: vivir el desequilibrio inherente de la vida dando bandazos, gozando cada ínfimo y colorido detalle y matiz y peculiaridad de lo real y lo imaginario, agotando hasta el último minuto del día, buscando siempre la hora número veinticinco, aquella que nunca llega que es donde descansa nuestro espíritu frondoso y virgen.

Maravilloso el tornado sensorial. Sí, está bien pero. En Berlín, ciudad infinita, charlando con un joven bohemio americano de padres neocon renacidos, lo decíamos: sí, una vida de earthly pleasures está fenomenal, pero algo falta. Al puzzle de la vida le falta una pieza, esa sensación perenne que se repite en el jardín berlinés de Epicuro¿acaso todo se resume en la continua búsqueda del placer por el placer? Porque fuera, en la realidad normal y gris, todo se cae a pedazos lentamente, mientras nosotros, felices pero ingenuos, espectadores del eventual colapso de la civilización occidental. Aturdidos por el tamaño de la catástrofe, nos refugiamos en lo colorido de modo bien olvidadizo, como si pudiéramos ignorar que no somos idiotas -que somos ciudadanos y parte inseparable de la sociedad- y así tenemos tanto una responsabilidad cívica por fuera como un motor interno por dentro de construir algo en positivo.

A veces uno piensa que el Imperio Romano, comparación tópica pero obligatoria, terminó diseñando unas estructuras sociales que, con sus fiestas, orgías y bacanales, consiguió hacer olvidar a las potenciales mentes brillantes de sus responsabilidades para con la sociedad, de modo que apareciera tan sólo en décadas un Diocleciano, fundador del Dominado Romano (siglo III dC), y un conjunto de Pompeyos, Césares, Brutos, Marcos Antonios, Octavios y Cicerones en pocos años al final de la República (I aC). Igual comparemos ahora con la época de la Transición. En todo caso, hay que sacudirse de este hedonismo estúpido y cosificador, mucho más capitalista que epicúreo, y reivindicar lo político:

La tragedia [de los comunes] en cuestión aconteció a un grupo de pastores que utilizaban una misma zona de pastos. Un pastor pensó racionalmente que podía añadir una oveja más a las que pacían en los pastos comunes, ya que el impacto de un solo animal apenas afectaría a la capacidad de recuperación del suelo. Los demás pastores pensaron también, individualmente, que podían ganar una oveja más, sin que los pastos se deteriorasen. Pero la suma del deterioro imperceptible causado por cada animal, arruinó los pastos y tanto los animales como los pastores murieron de hambre. “La avaricia rompe el saco” suele decirse; […] así, racionalmente, pensaron los pastores, que siguiendo la estrategia del gorrón, aumentaron sus rebaños hasta que destruyeron los pastos comunes.

En 1968, pleno despertar de la primavera hippie, Hardin publicaba el artículo The Tragedy of the Commons en Science, con sus consideraciones sobre la sobre-explotación de los recursos naturales por parte de una población humana excesiva. En cierto modo, es una generalización a un número de jugadores del clásico dilema del prisionero, donde dos jugadores se enfrentan con dos estrategias posibles, cooperación y defección. El mejor resultado para la pareja es cuando los dos cooperan, pero está esa opción tan capitalista de maximizar los beneficios mediante el salto unilateral a defección (ie explotación): mientras tú sigues cooperando, yo gorroneo. Como los dos son agentes racionales, los dos toman idéntica decisión mediante ese salto y se da el escenario, paradójico, de que el beneficio para la pareja ha disminuido en total. De algún modo, el dilema del prisionero es la corrección a la legalización moral del egoísmo que hizo el liberalismo, una verdadera ruptura ética, con su clásico “el beneficio común se maximiza espontáneamente cuando cada persona busca maximizar sus beneficios individuales“. La narrativa que sostenía el tejido comunitario sufrió aquí su primer desgajo.

Precisamente, ése es el drama del cooperador, tan necesario y ubicuo, en la tragedia de los comunes: cargar una responsabilidad para la comunidad pensar a nivel global: abrir cuenta en banca ética, consumo responsable, uso de transporte eficiente, etcétera- cuando lo fácil sería abandonarse a una vida de placeres y excesos de puro free-rider individualista. Es comer la manzana del árbol de la ciencia e ignorar la de la vida. ¿Es que se pueden integrar sónar y 15-M? ¿O son acaso incompatibles? Estos extremos opuestos, por un lado el cultivo de un hedonismo saludable espiritualmente, es decir, de un proceso de individuación y autorrealización personal, y el cultivo del deber cívico para una comunidad más justa y eficiente, fueron, respectivamente, los estandartes de la izquierda hippie y la izquierda marxista. Precisamente en la imposibilidad de integrar placer y deber, felicidad y justicia, se debió la crisis de la izquierda americana a finales de los sesenta –Ponche de Ácido Lisérgico de Wolfe- y su generalización a nivel total e ideológico.

La otorgación del Premio Nobel a Elinor Ostrom muestra como las cosas están cambiando para mejor. Su gran trabajo ha sido demostrar como sistemas de administración económica cooperativa tienen éxito donde los teóricos del mercado desde hace mucho tiempo predecían que fallarían.

¿Por qué las instituciones humanas? La tragedia de los comunes no sólo ilustra el drama del cooperador que no se puede ir de sónar, sino plantea la necesidad de la misma existencia de instituciones humanas que canalicen y amplifiquen la acción colectiva del grupo, regulando el uso de los bienes comunes y permitiendo al mismo tiempo el florecimiento libre y personal. Precisamente, en antropología ésta sería la tesis integracionista del Estado (rollo socialdemócrata, liberal), donde éste tendría una función “buena”, opuesta a la tesis del conflicto, tanto de carácter marxista como libertario, que considera que su única función es la preservación de los privilegios de la elite. Como ocurre tantas veces, lo más probable es que la explicación buena sea una combinación de las dos, porque no son excluyentes: inicialmente una mayoría social consiente el acceso al poder de una elite que mediante las instituciones maximiza el bien común de modo más o menos efectivo, pero pasado el tiempo ésa se apoltrona y empieza a dirigir la sociedad de modo despótico y por el beneficio propio en detrimento del colectivo. ¿Nos suena la historia? Es también la de la Isla de Pascua, del Imperio Romano, y la de esta mañana en el discurso del Estado de la Nación.

En este sentido, la tesis libertaria no aboga por la abolición de las instituciones, sino que la función de éstas se limite a la coordinación y no a la consolidación de privilegios. ¿Qué tipo de estructuras sociales pueden liderar a eso? ¿Qué tipo de organización? Una idea, al vuelo, es la red de checks and balances de múltiples y diversos polos de poder que se compensan entre sí, evitando la concentración de poder, sea económico, o sea político- un modelo etéreamente federal. Obviamente, la teoría ya la tenemos bien aprendida – ¿pero cómo se llega a eso?

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Para que nos entendamos

9 junio 2011

Podemos imaginar la sociedad como la red europea de aeropuertos, con vuelos que los interconectan, vaya, el gráfico de siempre que nos encontramos entre las páginas del magazine en el avión. Vemos que hay hubs, es decir, centros hiperconectados (Heathrow, deGaulle, Frankfurt) y nodos casi aislados (Ciudad Real, Castelló). Se dice que la estructura de la red es scale-free, una topología omnipresente en la naturaleza y la sociedad. La cuestión es que las relaciones económicas/de poder en una sociedad también pueden imaginarse de la misma manera, de modo que los bancos y otros sectores estratégicos (construcción, turismo, automóvil) están en los hubs. Esto les permite establecer el chantaje tradicional, tan chungo-chunguísimo, a la sociedad de “si caigo yo, caemos todos”, al igual que si cae Heathrow, toda la red de aeropuertos se va a la mierda.

Podría ser una red genética, pero es el organigrama de la Asamblea de Catalunya

Con esta amenaza, se cumple sistemáticamente esa gigantesca estafa de la “privatización de los beneficios, socialización de las pérdidas“. El argumento es, la verdad, infalible -“es necesario sostener los oligopolios pese a su incompetencia manifiesta, porque si caen, caemos todos porque al fin y al cabo toda la sociedad depende de ellos”- pero, obviamente, tan sólo a corto plazo. Se termina produciendo una transferencia de poder a los hubs, cada vez acumulándolo más, en detrimento de los otros nodos, disminuyendo cada vez su necesidad de ser competitivos, vaya, de esforzarse. Otra estafa: seguro que tocará salvarlos otra vez. Qué esclavitud. Ciertamente en los bancos están los ahorros de los ciudadanos y, si quiebran, implica el corralito a la argentina. Por lo tanto, no deben quebrar. ¿Acaso esto justifica la alternativa de que tenemos que pagar entre todos los errores de unos pocos, simplemente porque ellos han sido tan listos de colocarse en los susodichos hubs? ¿Qué tipo de inversión es aquella que no admite posibilidad de pérdida? Una estafa, para el resto.

Es que esto no es ni capitalismo -es su degeneración perversa. Es lo contrario a democracia -sea económica, sea política, da igual: las Constituciones democráticas (¡liberales!) introducieron en las estructuras políticas un sistema de checks and balances, es decir, una tupida red de poderes opuestos entre sí, de balanzas de poder que se compensan, para así evitar la acumulación de poder por parte de uno de estos polos. Es, en el fondo, la aplicación sensata de la separación de poderes. Es, también, un principio opuesto diametralmente a la planificación centralizada, sea económica (plutocracia) o política (dictadura) -un gobierno de las élites, al fin y al cabo. ¿Qué tipo de checks and balances -de poderes opuestos- tienen los bancos o las constructoras? Ninguno, y por eso acumulan tanto poder, por eso siguen tranquilamente acomodados en los malditos hubs de la sociedad, parasitándola, vampirizándola, plácidamente durmiendo con el sueño que da tener a toda la sociedad cogida por los testículos, porque claro, si caemos, todos caen con nosotros. Para frenar tal estafa a nivel global, pasa por revisar las relaciones económicas con las que, tan sólo con el fin de estar conectados en la densa maraña social y beneficiarnos un granito de arena de la sociedad, ejercemos de aeropuerto de Ciudad Real y suplicamos que, por favor, Heathrow nos conecte con nosotros y, Heathrow, generosamente, nos conecta. ¡Hace falta golpear la mesa con el puño! y estar dispuestos a auto-organizarnos en nuestras propias estructuras, más justas, más libres -cortar con cordones umbilicales tóxicos con los que nos conformamos que nos den una pequeña fracción de lo que sería equitativo- pero para eso falta un espíritu valiente y emprendedor. ¿Lo tenemos? ¿Estamos dispuestos?

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Un discurso de fondo: la globalización lo jodió todo

7 junio 2011

Discúlpanme si hago de abogado del diablo, pero es que muchas de las propuestas (impuesto de patrimonio, sucesiones, tipo máximo IRPF) que suenan en plaza Catalunya para un documento de mínimos, aunque loables, me suenan a mojadas cartas a los Reyes Magos. Nacionalizar los bancos conlleva hacerse cargo de su agujero y de sus tóxicos. Que devuelvan el dinero público implica su quiebra y corralito a la argentina. Dación en pago o poner las viviendas al mercado también implica quiebra de los bancos. Tasar las transacciones financieras o progresividad fiscal implica fuga de capitales. Reestructurar la deuda externa española –default- implica volver a la peseta y dejar la economía europea muy maltrecha como poco.

No es una cuestión de que falte el dinero para sanidad o educación. Es que no hay mecanismos efectivos para que los que sí lo tienen lo suelten. La socialdemocracia como modelo económico fue posible en unas circunstancias históricas muy específicas, eso es, sustentándose en un delicado equilibrio entre capital y trabajo a nivel nacional tal como se dio en los países occidentales al término de la Gran Guerra. Allí las presiones de los sindicatos tenían sentido y eran efectivas, porque había pocos trabajadores y la amenaza bolchevique era muy presente: para contrarrestar, los partidos burgueses tuvieron que ofrecer un gran poder político a partidos socialdemócratas y sindicatos – la consecuencia económica es la transición del liberalismo al keynesianismo, que con tal de evitar depresiones defiende la progresividad fiscal y la intervención estatal de la economía, es decir, el modelo socialdemócrata. Pero un Estado deficitario implica un Estado que ha contraído deuda -que está en deuda- con precisamente aquellos que tiene que fiscalizar. La otra opción es estabilidad presupuestaria: ¡recortes!

En función de la ideología, se dirá que fueron las conquistas de las luchas trabajadoras o el crecimiento del mercado lo que generó un espectacular aumento del bienestar general. Da igual; el hecho es que se terminó por generar una amplia clase media a partir de una sociedad muy polarizada en dos clases. En cierto modo, era el triunfo de la socialdemocracia: una sociedad con una clase media fuerte es lo más parecido a una sociedad de una sola clase (el comunismo) que podrá haber. Pero su misma victoria fue el inicio de su derrota – la caída del telón de acero lo jodió todo: ahora resulta que el capital es muy fluido y tremendamente difícil de fiscalizar -aumenta el tributo de las SICAV en País Vasco y se te van todas a Madrid-, al mismo tiempo que la demanda de trabajo se ha incrementado hasta el punto de que comprar derechos laborales le sale al empresario global a precio de saldo -un informático indio te hace lo mismo por una quinta parte de sueldo español-, la deslocalización como amenaza siempre a mano.

El equilibrio de fuerzas se ha decantado con ganas hacia el capital y así la socialdemocracia se cae inexorablemente a trozos, mientras los trabajadores son espectadores ingratos de cómo las conquistas de sus abuelos son liquidadas una a una “porque así lo manda el mercado” y los derechos fundamentales son puestos en duda por monos con bates de béisbol. La progresividad fiscal, antaño tan fácilmente realizable a nivel nacional, ahora sólo tiene sentido si es llevada a cabo a nivel internacional, como reconoce el cripto-keynesiano que tenemos de conseller de Economía, el señor Mas-Colell: hace falta un poder político global que haga frente a un poder económico global, como piden muchos. Internacionalización, exigen. Pero recordemos que el experimento de institución política supranacional más cercano que tenemos -la Unión Europea- es un ente opaco y poco democrático con el que nos han colado medidas como Bolonia o las directivas de la vergüenza y de las 65 horas. Los partidarios de la internacionalización del poder político como método democrático tendrían que tener en cuenta esta verdad de la buena: a medida que ascendemos niveles de decisión, los ciudadanos de a pie perdemos poder de influencia y lo ganan los lobbies.

En realidad, las peticiones de los internacionalistas irían en la tónica general: nos encontramos delante de una transición de un Estado de bienestar de capital nacional y público a uno de capital internacional y privado, con sus Zaras, H&Ms, Ryanairs, IKEAs, Endesas y etcétera, donde se funde lo público con lo privado y resulta que DSK, violador y director del FMI, es socialista, y los reguladores del mercado financiero (y tantos otros: energético, alimentario) son escogidos entre los mismos regulados, como nos recuerda Inside Job. La tendencia es hacia un empobrecimiento generalizado de la clase media -causa real de la indignación #15M– y la imposición de un neofeudalismo del turbocapital: élite político-económica versus una masa de trabajadores precarios con derechos low-cost. La dicotomía entre privado y público del siglo XX ha dado paso a la dicotomía entre global y local. 

Es preciso, por lo tanto, insistir en la necesidad de localizar en detrimento de globalizar y llevar el debate en el terreno donde el ciudadano medio tiene poder efectivo de decisión. La sociedad es una correlación de fuerzas y tenemos que ser conscientes de dónde cae el alcance de la nuestra, cómo efectuamos pequeñas cesiones de poder en lo cotidiano:  con una cuenta de crédito o una hipoteca en un macrobanco o comprando en un hipermercado o en una gran superficie nos colocamos en la base de la pirámide, sosteniéndola, en la punta de la cual están los peces gordos/mafiosos calabreses a los que ahora exigimos –mejor dicho, suplicamos– que paren sus recortes. Para poder negociar y exigir, hace falta una posición de fuerza, que no se consigue con manifestaciones o huelgas en tiempos de crisis, sino tomando conciencia de nuestras relaciones económicas diarias y cambiándolas: banca ética, cooperativas de consumo alimentario, cooperativas energéticas, modelos de cooperativas de uso para vivienda ética más colectivizar los servicios públicos, con tal de dejar de depender de las élites, y así pasar de suplicar a exigir.

En este nuevo contexto, asalariados, autónomos y pequeños y medianos empresarios estamos en el mismo barco: en el discurso de fondo hace falta transversalidad en lugar de un social-estatismo que lo único que hace al final es proteger a las oligarquías. Eso conlleva la superación a nivel moral de la figura laboral del asalariado (alguien que al fin y al cabo no concibe el producto de su trabajo como propio) y del empresario (que lo expropia), para apostar por un libremercado de cooperativas (también en servicios básicos), conjugando libertad económica con valores comunitarios –democracia económica-, y un modelo político de carácter asambleario-federal desde abajo hacia arriba, que bien puede fundamentarse en las actuales dinámicas del movimiento #15M, que ya se extiende a los barrios de cada ciudad. Este modelo, de carácter esencialmente libertario, es ciertamente difícil de llevar a cabo, pero ya es radicalmente distinto de las medidas socialdemócratas -que son directamente imposibles, porque no hay fuerza efectiva para llevarlas a cabo. También nos hubiéramos podido reunir en 1939 y exigir sentados que Hitler parara voluntariamente la guerra ya me imagino el resultado. Sin ir más lejos, la reforma de la ley electoral no deja de ser totalmente circunstancial: en Catalunya tenemos seis partidos con la misma ley; lo sensible son las estructuras de los partidos; los problemas son realmente de fondo.

Nos empobrecen, nos quitan derechos y además dicen que es inevitable. Se trata de cambiar el imaginario, romper con la esclavitud mental de quién se cree a las élites – y eso pasa por renunciar a priorizar la seguridad de la vivienda comprada, tan importante en sociedades tradicionalmente pobres y conservadoras como la española – porque esencialmente es entrar en deuda con mafiosos calabreses que reconocen abiertamente que son avariciosos y van a por la rodilla. ¿Por qué pagar impuestos si van a la Iglesia Católica, a televisiones infumables, a concesionarias de autopistas que han calculado mal sus ingresos, a AVEs sin rentabilidad, ayudas a las eléctricas y un largo etcétera? Somos nosotros quiénes sostenemos esa gigantesca pirámide de estafa social – son las élites las que nos necesitan a nosotros, auténtica fuerza productiva, y no al revés, tal como dice su narrativa sistémica. Pero para emanciparse de estos esquemas mentales neofeudalistas, hace falta iniciativa, autogestión, auto-organización – espíritu libertario.

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Curiosos resortes mentales en la acampada

31 mayo 2011

Ladrillo. Desde que Felip Puig es conseller de Interior que la inseguridad en nuestras ciudades ha aumentado muchísimo y de modo preocupante. Vivo aterrorizado. Uno ya no puede andar solo por la calle a plena luz del día sin el miedo del cuerpo de que de repente se te crucen trabajadores de BCNeta acompañados por siniestros individuos de armadura azul sin ningún tipo de identificación y te den una paliza sin venir a cuento, aduciendo cínicamente de que “están limpiando la zona”, mientras uno yace inconsciente con el oído chorreando sangre o con el pulmón reventado.

Bromas aparte, es terrorífica la total impunidad con la que se violan flagrantemente derechos que ya en 1789 se consideraron fundamentales y considerados como tales en la Constitución Española: el derecho a la reunión pacífica y sin armas, que la policía no puede regular de ningún modo, sino sólo el TC. Precisamente estos derechos se documentaron para delimitar bien claras las fronteras a las que puede llegar un gobierno y, entre otras cosas, es precisamente el respeto a estos derechos fundamentales lo que distingue una democracia de una dictadura. Aquí no hay blanco y negro, una separación meridiana entre los dos modelos políticos, sino una línea continua que va de la Alemania nazi a la Islandia moderna con múltiples escalones, en función de los diversos grados en transparencia de la administración, la participación ciudadana en la agenda política, elecciones libres con ley electoral justa y basada en el sufragio universal, el respeto a a los derechos fundamentales, la libertad de información, etcétera. Por ejemplo, en Italia hay poca libertad de información. En España hay una ley electoral no muy justa que fomenta la estabilidad en detrimento del progreso. En cambio en Islandia sí hay mucha participación ciudadana y transparencia. Estas cosas ya las sabemos. Pero es que el viernes retrocedimos a niveles de dictadura africana. ¿Cuándo nos creímos de que esta cosa era el sistema donde el pueblo era soberano sólo porque votábamos cada cuatro años?

Tenemos que ser contundentes con esto, porque una ciudadanía vigilante es clave contra la impunidad del gobierno, siempre tentado de abusar de su poder. Esto ya lo conocían perfectamente los pensadores liberales desde Locke y Montesquieu. ¿Es que por qué uno cree que se inventó la separación de poderes, las declaraciones de derechos fundamentales, los Tribunales Constitucionales? Precisamente, los manifestantes reclamaban pacíficamente democracia real y el viernes estas reivindicaciones se revelaron más necesarias que nunca, delante de las órdenes de un psicópata descerebrado como es el futuro ex conseller de Interior (cada día que sigue en el cargo, es una vergüenza total para un país que se enorgullecía hasta hace poco de su tradición política pactista y de su carácter europeísta), que recordemos fue conseller de Obres Públiques cuando el cobro de comisiones de Ferrovial por parte de CiU a través del Palau más otras corruptelas, autor del hit “el concierto fiscal no es viable” tan sólo dos días dos después de ganar las elecciones con esta zanahoria y derogador del probadamente necesario Código Ético de los Mossos. Un personaje indigno de una sociedad democrática, que ordena dar palizas a los mismos ciudadanos que le pagan el sueldo.

Hay quiénes aducen que los acampados no se pueden quedar para siempre en la plaza. Lo bueno es que según la CE sí pueden; es más, están protestando con unos objetivos concretos, así que es fácil darse cuenta de que la protesta durará hasta cuándo éstos se cumplan y no más; es más, la función de ágora ciudadana, abierta y participativa, le va perfecta a plaza Catalunya, hasta ahora hábitat de guiris y ratas con alas, así que como ciudadano pido que siga la cosa, por favor. Dicen que se han apropiado del espacio público, cuando lo que se ha hecho ha sido construir un espacio donde cualquier opinión es bienvenida. La ley del Suelo de 1998 sí era apropiación privada del espacio público, no jodamos.

Un conocido de BCNeta que participó en el desalojo-limpieza de plaza Catalunya comentó que fueron engañados para ir allí, al igual que la Guardia Urbana. Sólo se les dijo que tocaría pasar escoba y manguera (a lo que se va con un tipo específico de camiones) y, de repente, aparecen cien mossos vestidos de Navy Seals, sin identificación y armados con pistolas de balas de goma y entonces se les ordena desmantelar la acampada delante de los ojos de sus jefes, vestidos de paisano, controlándolos y con los camiones cambiados. En esta captura de pantalla, al final un mosso declara que “falta poco para que todos vuelvan a casa”. No quiero ponerme conspiranoico, pero ¿no venían a limpiar? Estos comportamientos indican planificación de antemano de las cargas policiales, contradiciendo una vez más (“lapsus linguae” incluidos) la endeble versión oficial. Así es probable de que se buscara provocar un incidente violento por parte de los manifestantes, un coche de la BCNeta quemándose por ejemplo, para que fuera portada de todos los periódicos y así poder desacreditar el movimiento. ¿Es ésa la respuesta del poder a un movimiento que siempre se ha caracterizado por su civismo y no-violencia que reclama más democracia? ¿Son los gases lacrimógenos y apagón informativo la única respuesta de Sarkozy a las reivindicaciones francesas? ¿Es que no ven que se están metiendo en el mismo saco que Mubarak o Bahrein? Salvando las distancias, el esquema mental es el mismo. Para terminar de certificar el enorme respeto de la autoridad al siempre tan sano ejercicio de derechos constitucionales, se tiene que presentar la factura de compra para recuperar los peligrosos portátiles requisados y guardados al aire libre en un vertedero. ¿Qué tipo de ciudadanía quieren? ¿Una bien dócil que les tolere sus prontos autoritarios con una policía antidisturbios que selecciona el personal entre maltratadores y psicópatas? ¿Una ciudadanía sumida en la ignorancia política, que no exija investigar sus múltiples corruptelas y abusos? Las manifestaciones se revelan más necesarias que nunca.

Intolerable la impunidad de la autoridad en la violación de derechos fundamentales. Pero lo que roza lo absurdo es el tema al que iba, el preocupante síndrome de Estocolmo desarrollado por gente, más bien de derechas, que delante de las imágenes del viernes de brutalidad policial (recordando otros casos históricos), se pone del mismo bando de los agresores, incapaces de salirse de limitados marcos mentales, sin ningún tipo de empatía por gente pacífica siendo agredida brutalmente. ¿Qué tipo de resortes mentales, de psicopatía mental, pueden llevar a uno a justificar la violencia gratuita y arbitraria no ya contra su misma especie, sino con gente de su misma ciudad? Hay vagas apelaciones al orden, al autoritarismo – habitualmente, su propio orden, su propia autoridad. Hay miedo, al más puro estilo más vale malo conocido que bien por conocer: una gran falta de espíritu pionero, casi cierta cobardía. Por eso habría también cierto complejo de inferioridad, desarrollado como resentimiento hacia gente que sí se arriesga a movilizarse por unos valores considerados socialmente como más elevados. Si no, no se entienden las habituales frases de la derecha como la pretendida superioridad moral de la izquierda, la aznarista sacarse los complejos de encima o el buenismo. Si no, no se entienden las habituales descalificaciones gratuitas de movimientos cívicos caracterizados por su buen hacer, cuando a un complejo fenómeno social, donde coinciden prestigiosos intelectuales con jóvenes estudiantes de primero de carrera, lo reducen a “cuatro perroflautas” o critican precisamente aquello de lo que habitualmente pecanpiensa el ladrón que todos son de su condición-, algo muy usual en los humanos (lo que nos molesta más de los demás son nuestros propios defectos proyectados en ellos) . ¿A qué viene ese rencor gratuito, que consiste en desacreditar un colectivo que plantea su mejor voluntad para reformar las cosas hacia mejor? ¿Qué curiosos resortes mentales alientan ese irredentismo cínico hacia gente (¡vecinos!) que trabaja de buena fe contra la que llegan a justificar violencia brutal y gratuita? Uno recuerda el movimiento en positivo al revés, cuando un chico de dieciséis años vecino del pueblo de Mauthausen, viendo la situación de los presos del campo de concentración, pensó que “aunque sean muy malas personas y peligrosos delincuentes, nadie se merece este trato inhumano” y decidió meterse en la resistencia. Al final, la ideología no es más que la prolongación de un perfil psicológico.

Visualizando el problema desde el marco de la tragedia de los comunes, las izquierdas serían más cooperadoras (valores sociales mejor considerados por el grupo) y las derechas, free-riders que van por libre. Los primeros serían más utópicos y entregados; los segundos, más realistas y conscientes de sus propios defectos. Los primeros desarrollarían incoherencias entre sus ideales, mucho más ambiciosos, y sus prácticas, que los segundos casi gozarían en señalar, cansados de las exigencias éticas del primer bando. Son curiosos estos resortes mentales, que se distribuyen de modo no arbitrario por toda una sociedad, al igual que el parroquialismo altruista (compartido por izquierda y derecha), ese espíritu tribal tan español, que fundamenta el nacionalismo, el fútbol y la política bipartidista del ytumasismo y si tú no fueras tan americano, yo no sería tan ruso. He aquí el hombre, dijo Poncio Pilato y, después, Nietzsche. Ecce homo – éste es el hombre; sólo profundizando en nuestro autoconocimiento podremos ganar en lucidez mental y honestidad espiritual, no sólo para con nosotros mismos sino con nuestros compañeros y teóricos rivales. Y es que estamos todos en el mismo barco.

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Mubarak, Gadafi, Artur Mas

27 mayo 2011

Los tres disuelven violentamente manifestaciones en su contra, porque no les interesa tolerar el derecho a reunión, número 20 de la declaración universal de los derechos humanos, imprescindible en cualquier sistema que se quiera llamar democrático. Ni el 21 de la Constitución Española a la manifestación. Son, por lo tanto, gobiernos ilegítimos que tienen que ser derrocados.

Democracia no es sólo votar cada cuatro años. Es que esto es lo de menos – era justo contra lo que nos manifestábamos: es mucho más que eso. Si no hay debate ciudadano, si no hay intercambio constructivo de propuestas al pie de la calle, no hay democracia. Si no hay un control ciudadano de los temas de la agenda política, no hay democracia. Si no hay transparencia en la información como ahora no pasa con TV3, no hay democracia. Son estos criterios lo que diferencian lo que nos están intentando colar a golpe de porra -un mercado político de masas en plena crisis económica sistémica– de una verdadera democracia, a nivel tanto político como económico.

“La violencia es el miedo a los ideales de los demás.” Mahatma Gandhi

Lo que consiguen es partir la sociedad en dos: los que simpatizan con el diálogo de los manifestantes y los que simpatizan con el monólogo de las porras. Cada vez menos, los segundos pueden aducir, de un modo totalmente despectivo y denigrante (para ellos mismos), que los manifestantes son cuatro perroflautas sin objetivos. En plaça Catalunya, vi al quinto académico de ciencias sociales más citado del mundo, Manuel Castells, a un doctor en economía y activista por la paz como Arcadi Oliveres, al conocidísimo antropólogo urbano Manuel Delgado, a expertos en democracia económica como Toni Comín o en renda básica como David Casassas. No sólo esto: un amplísimo colectivo de ciudadanos debatiendo, argumentando, escuchando, es decir, pasando por la sana experiencia política de la democracia. Al otro lado, justificando los prontos dictatoriales mubarakianos del president del tres per cent, tenemos a conocidos intelectuales como Pilar Rahola o Josep Cuní. Qué combate tan igualado, digo, porque de un lado está el miedo. El miedo tan humano al cambio, que provoca actitudes reaccionarias con un tono entre escéptico y de burla, es el sustento básico de las dictaduras. Sea en Egipto o sea en Catalunya. Franco también decía que lo suyo era democracia orgánica.