Archive for the ‘Teoria Política’ Category

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La socialdemocracia como despotismo ilustrado: papá Estado

8 abril 2011

Cuando hablamos de universidad pública (y de calidad, etcétera) como una meta a conseguir, eso implica que pretendemos que el Estado, o sea, el ministro de turno, muy probablemente del PPSOE, sí, el mismo PPSOE, sea el que decida cómo financiar la investigación y no alguien con visión preclara, ponderada y democrática. Es lo que tiene la realidad, que no es ideal. Cuando hablamos de medidas como la renta básica, damos por supuesto que será el Estado el que se encargará de esta redistribución de la renta, es decir, otra vez otro ministro del PPSOE. Pero resulta que a medida que ascendemos por los escalones del poder, los lobbies ganan influencia sobre los gobiernos y los ciudadanos de a pie, con menos capacidad de autoorganización, la pierden: la idea de un gobierno mundial unitario es tremendamente bonita, sí, pero un voto entre seis mil millones es una gota en el océano y General Motors o Shell un tsunami que se lo llevan todo. Sólo hay que ver quién es defendido por la UE. No sé hasta qué punto es inteligente es delegar nuestras responsabilidades al Estado cuando en el nivel más alto es tan fácilmente manipulable por las oligarquías. ¿Tiene sentido confiar en un papá Estado que continuamente decide prostituirse?

Dimos al Estado la función de velar por nuestros derechos y entonces el Mercado compró al Estado. La jugada fue perfecta. Un Estado que los socialdemócratas asumen deficitario per se (¡porque la sanidad, la educación, el transporte público no son un negocio!) pero entonces, en esta situación, hay que buscar ese dinero en algún sitio: mediante emisión de deuda (dando el poder incontestable que tienen los mercados financieros) o bien mediante impuestos a los más ricos (la solución tradicional de la izquierda, ¿pero ellos quieren? ¿es democrática tal imposición?). Pero los ricos intentan escaquearse, y con éxito: con Eisenhower de presidente americano, el tramo más alto del impuesto sobre la renda era del 93%. Entonces el dinero huyó hacia las rendas del capital, incontrolables y tan fluidas a nivel global que son imposibles de fiscalizar por los Estados nacionales (que tampoco quieren, porque comparten intereses), y el poder se concentró en los mercados financieros. Mientras que después de la Segunda Guerra Mundial, la recaudación de impuestos recaía principalmente sobre la clase alta y los trabajadores, demasiado pobres, no pagaban, ahora la recaudación viene mayoritariamente de la clase media, trabajadores que se han convertido en propietarios -aburguesándose-, pero aburguesarse no sólo quiere decir quedarse anestesiado en el sofá, sino también poseer lavadora, nevera e Internet, cosas teóricamente deseables porque aumentan el bienestar de la gente. Al mismo tiempo, se han ido eliminando gradualmente todos los impuestos sobre la clase alta, que de paso se ha refugiado en los mercados que ahora nos joden vivos.

La cuestión es clara: un Estado, sufragado por la clase media, pero que se vende a la mínima (porque necesita más dinero) a la clase alta mediante emisión de deuda, ¿tiene sentido? ¿Es inteligente? Una de las posibilidades es evitar la necesidad de prostituirse, sólo depender de nosotros mismos, pero esto equivale a recortar el déficit, con todo el pack incluido. Quizá se asumirían mucho mejor los recortes como un necesario modo de ganar en independencia si al mismo tiempo se desmantelaran todos los intereses oligárquicos que vampirizan este país, en forma de AVE, subidas de tarifas eléctricas del 10% (totalmente innecesarias sin oligarquías), medios de comunicación, bancarización de las cajas, etcétera. Pero cómo nos íbamos a creer a Artur Mastijeras, el partido del cual votó a favor de salvar con ingente dinero público a las concesionarias de autopistas de Madrid “porque no habían previsto tener esas pérdidas por la disminución del tráfico“, que equivale a los tremendos agujeros causados por la irresponsabilidad de los bancos y que hemos tenido que pagar entre todos. El peso de la oligarquía es tremendamente pesado.

Sería lo mismo que yo fuera a papá Estado y le dijera: “Estado, la he liado parda, el finde pasado salí de fiesta a muerte y se me fue totalmente de las manos. ¿Me regalas mil millones de euros?” Así de chulo. ¿Por qué a los bancos se les permite esta caradurez? Porque les dimos demasiado poder y muchos ahora se dan cuenta, pero es tarde. Con la connivencia socialdemócrata, nos metieron un doberman en casa, atado con una correa que los neoliberales exigían que cada vez fuera más delgada y frágil, hasta que llegó 2008 y el doberman se nos comió al niño. Pero fuimos nosotros quién dejamos entrar el doberman en casa. Al margen de asuntos económicos, la enfermedad de nuestro tiempo es la continua delegación de responsabilidades propias en otros. Es lo que en la antigua Grecia se llamaría ser un idiota, que sólo se preocupa por asuntos particulares: los sindicatos UGT y CCOO se convirtieron en verticales cuando los trabajadores delegaron en sus representantes sindicales el litigar sobre sus asuntos laborales. Las actitudes morales se diluyen cuando dejamos todas las decisiones de ese calado para el juez, que sólo decide sobre lo penal. No hay preocupación por educarse cuando esto se circunscribe en la escuela y sólo tiene que hacerlo el maestro. Los políticos devienen corruptos cuando nadie se preocupa por lo que hacen. ¿Hasta qué punto esto ha pasado por la sobreprotección de un Estado paternalista, que cumple responsabilidades por los ciudadanos, asumiéndolos irresponsables (tienen que ser educados para…) y al final practicando políticas que terminan sumiéndolos en este estado? Es lo bonito del libertarianismo, que asume implícita la autonomía de los individuos y obra en consecuencia: la emancipación en un mundo libertario es una necesidad, una condición, y no un fin ideal en la mente de un maestro socialdemócrata demasiado aficionado a la psicopedagogía.

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Rajoy, sus amigos narcotraficantes, Reservoir Dogs y la prensa en crisis

4 abril 2011

El líder conservador dio el pistoletazo de salida a las europeas de 2009 a bordo del ‘Moropa’. Pertenece al clan del traficante “más importante de España”, según la PolicíaPere Rusiñol, Diario Público

El entonces president de la Generalitat Maragall se cabrea con la continua falta de respeto que le muestra Artur Mas en el pleno del Parlament y le endosa el famoso “Vostès tenen un problema i aquest problema es diu tres per cent” [que al final resultó ser el 20%]. El presidente de la entonces Fundació Trias Fargas (la de Convergència y la que cobraba las comisiones de Ferrovial a través del Palau; ahora fundació Catdem), Agustí Colomines, se cabrea delante de Cuní y amenaza con “tirar de la manta”.

A mi sempre m’ha fet molt mals ulls anar al CIDOB, que està presidit pel senyor Narcís Serra i veure que la majoria de les activitats estan subvencionades per Caixa Catalunya, que també esta presidida per Serra. Em fa mal d’ulls, però mai he dit res perquè és legal. És legal, llavors que faci el que vulgui. Però si a tu et van pressionant, al final un diu: ‘si em pressionen ho escamparem tot’, fotrem una escampada generalitzada de sospita de tot i fotrem en crisi el sistema i això és Itàlia”, ha dit un molt encès Colomines.

López Tena acusa a Duran Lleida de corrupto, de cobrar comisiones, de vender enmiendas a lobbies, de premiar a amantes con cargos públicos y de financiar su “extensa y completa” vida sexual con dinero público; Huguet, ex conseller de Esquerra, comenta que esto ya es “vox populi“. Mariano Rajoy monta un acto político en un barco propiedad de “el traficante más importante a nivel nacional”. Y no pasa nada.

Si fuera periodista, leyendo cualquiera de estas noticias, abría el cajón, sacaría boli y libreta y empezaría a hacer llamadas y a construir el caso hasta colgarlo todo en el blog personal – la quintaesencia del periodismo que es ese espíritu entre emprendedor y rata de cloaca que donde huele mierda allí se dirige y husmea. Pero nadie –o muy poca gente– lo hace, por la imposición de la autocensura (¡censura! ¡en democracia! ¡imposible!) y debida obediencia a los criterios empresariales. El maestro Poch comenta la obviedad de que, en los mercados políticos de masas occidentales, los medios de comunicación son empresas, estructuras esencialmente jerárquicas que únicamente se deben a la maximización del beneficio económico; pedirles que cumplan su función democrática de fiscalizar el poder es pedirle peras al olmo. Son traficantes de información.

“España es una democracia secuestrada por las grandes empresas, por una plutocracia mercantilista que ha puesto las instituciones del Estado a su servicio”Roberto Unger, profesor de Derecho en Harvard, exministro de Lula

Los mass media tan sólo se encargan del márketing de la amalgama amorfa entre Estado y Mercado que es España en particular y este modelo de capitalismo en general. Los periodistas ya no investigan -se dedican a copiar los teletipos de las agencias- y las ruedas de prensa ya son sin preguntas. El periodista que destapó el vínculo de Rajoy con el narcotráfico, José Luis Gómez, director hasta ahora de Xornal de Galicia, ha sido despedido. ¿Tendría que haberse autocensurado?

“Según fuentes consultadas, Rajoy sugirió que presidirá el Gobierno en breve, lo que significa tener el poder para continuar adjudicando o no, las obras públicas de las principales empresas españolas, entre ellas, por supuesto, la constructora San José [propiedad de Jacinto Rey, propietario de Xornal de Galicia]”.

¿Por qué Maragall calló? ¿Por qué Colomines no tiró de la manta? Porque, sencillamente, PSC y CiU se cogen recíprocamente de los huevos, al igual que el PPSOE, este monótono y estancado simulacro de pluralidad política. Maragall no estará untado, pero se debe al partido, con múltiples redes clientelares a nivel municipal, y CiU se calla muchas cosas a condición de que éste se calle sobre las propias (sus habituales casos de corrupción). Es un pacto de silencio al más puro estilo mafioso. Es, de hecho, como el final de Reservoir Dogs; todos se apuntan con las pistolas pero nadie dispara porque prefieren vivir. El periodista tiene este espíritu kamikaze que le haría irrumpir en la escena, gritar si el señor Naranja es madero (o no) y dejar que los gatillos dejen escapar las balas: exactamente lo que fue el caso Tangentopoli en Italia. Y es que estamos como en Italia en los ochenta.

La moralidad es una continuidad de grises, nunca blanco y negro. El derecho dibuja una línea roja a partir de un determinado gris y concede así la existencia de un blanco y un negro penales: es la diferencia entre ser inocente e ir a la cárcel. Pero en una sociedad como la actual, los “buenos comportamientos” no pueden ser meramente los comportamientos que no son ilegales: el escándalo de las MP expenses del Reino Unido era un ejemplo de “corrupción legal” (ésa que Colomines no delata); los parlamentarios no hacían nada ilegal, pero sí algo considerado poco ético -una tonalidad de gris por debajo de la línea roja de lo penal. Es precisamente en este espacio intermedio donde no operan policía ni jueces, pero sí los periodistas y la opinión pública, encargada de fiscalizar al poder. Si el periodista renuncia a eso, deviene un cómplice más de Joe Cabot, un señor Rosa más.

Reservoir Dogs – End Scene

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Sin fuerza, no hay derecho: ¿es capitalismo ley de la selva?

9 marzo 2011

Decíamos en el post anterior que, sin la fuerza que daba el espectro del comunismo soviético y el miedo a las crisis sistémicas (1929, 2008), el Estado socialdemócrata es incapaz de fiscalizar el capital (en España la economía en negro es el 17% del PIB), de tasar las transacciones financieras (ATTAC, tasa Tobin), de perseguir los paraísos fiscales, vaya, en resumen, de aplicar el principio socialdemócrata de la progresividad fiscal (also known as el Robin Hood). La dura espada con la que Tony Judt y demás socialdemócratas defendían el pacto social ha perdido filo; el Estado se ha vuelto inútil (como mínimo) y el instrumento explotador del capital (como máximo). Así, desde Thatcher y Reagan que el principio de Robin Hood se ha invertido en un pervertido mecanismo que no tiene nada de liberal pero sí de ladrón que ha terminado convirtiéndose en “privatizar beneficios, socializar las pérdidas”, además de reducir los impuestos a los más ricos hasta que no paguen nada al Estado y concentrar la recaudación sobre la clase media, con la excusa de que tasar al capital reduce la creación de riqueza, que el mercado se encarga de distribuir. Pero no hay evidencia empírica de esta redistribución de la riqueza a cargo del mercado.

En todo caso, una buena pregunta es: ¿qué hacer cuando los que se encargan de los fundamentos del sistema los han corroído hasta el riesgo de catástrofe? La respuesta lógica sería castigar a los culpables pero reforzar los fundamentos. Pero en el sistema real los reguladores y los regulados en Wall Street se entremezclan de modo casi simbiótico, de modo que los culpables siempre se van de rositas. ¿Es acaso esta simbiosis propia del sistema? Según la teoría marxista, la acumulación espontánea de capital genera oligopolios que terminan corrompiendo al poder político.

“Everything’s fucked up, and nobody goes to jail,” he said. “That’s your whole story right there. Hell, you don’t even have to write the rest of it. Just write that.”
Why Isn’t Wall Street in Jail, Matt Taibbi

El segundo punto es reforzar los fundamentos, pero en este caso estamos aplicando la socialización de las pérdidas… La teoría liberal exige dejar caer estas columnas que sostienen al sistema, es decir, dejar actuar al principio de la selección económica, porque al fin y al cabo la destrucción capitalista es creativa. Pero la destrucción creativa del capitalismo no es más que un eufemismo de las crisis sistémicas, que generan víctimas inocentes que no deben pagar por ellas. ¿Estas crisis sistémicas, que seleccionan a las mejores empresas, valen la pena? La teoría liberal se basa en la eficiencia natural de la selección económica (un buen e interesante sucedáneo de la selección natural), pero impone de facto una ley de la selva en el mercado; la burbuja inmobiliaria, ¿valió la pena? Los miles de desahucios diarios en España posteriores, ¿valen la pena? La creación artificial de demanda (obsolescencia programada), ¿vale la pena? La desaparición de la sociedad de la Isla de Pascua, ¿valió la pena? Precisamente, la sociedad tendría que ser la alternativa a la ley de la selva, no su principal producto. ¿Qué hacer, entonces, con las personas mayores –inútiles desde un punto de vista económico-, por ejemplo, el cuidado de las cuales es un deber moral de la sociedad? ¿Qué hacer cuando la acumulación exponencial de riqueza lleva a la tragedia de los comunes, esto es, la extinción de recursos naturales fundamentales para la supervivencia de la sociedad (ejem, petróleo, ejem, oil peak)?

Resumiendo, la planificación central soviética acarrea ineficiencia y corrupción. El liberalismo acarrea crisis sistémicas, ley de la selva y tragedia de los comunes. Y la solución híbrida, la socialdemocracia, corrupción de los reguladores y oligopolios de los regulados. Quizá serán mis propios prejuicios, pero cada vez que escucho los discursos neoliberales, más que visualizar el libre intercambio de bienes entre agentes económicos más o menos iguales que nos prometen (y que sería tan deseable), me imagino una sociedad neofeudal donde los señores feudales que se encargan de la seguridad y otros servicios públicos son los jefes de los oligopolios. Empíricamente, a esto tendimos, sea la culpa de quién sea.

Y no es buena ni deseable la existencia de un gran capital únicamente motivado por el afán de lucro -el Big Brother moderno-, porque los trabajadores sin organizarse son incapaces de contrarrestar su inmenso poder. El derecho sólo tiene sentido cuando se da de hecho un equilibrio de poderes; un paisaje multipolar de fuerzas. Sin fuerza para imponerlo, no hay derecho. Por eso ni el genocidio de Vietnam ni los especuladores de Wall Street han sido juzgados. Por eso el Estado socialdemócrata se revela ahora totalmente inútil. Sinceramente, yo no quiero vivir en un mundo donde la ley de la selva económica sustituya a la selva propiamente dicha. La sociedad está por encima de eso – la sociedad nació para estar por encima de eso.

Desde mi punto de vista, el problema radica en la gran escala de las sociedades modernas, que nos convierte en meros números y disuelve los atributos de persona; la primera Constitución efectiva de España, la de 1835, se promulgó y dispuso unas instituciones políticas para una población de 12 millones de habitantes. Ahora, somos 50 millones y los medios para comunicarnos, para organizarnos políticamente y económicamente, parecen totalmente superados para su función democrática y sólo sirven para la sociedad de masas. Precisamente, son las sociedades más pequeñas (Estados escandinavos, por ejemplo), donde la democracia es mucho más robusta, la población participa en la agenda política y las instituciones son más transparentes. No es que defienda el retorno al localismo como solución a nuestros problemas, pero sí es necesario el conocimiento de la construcción en capas de la sociedad, de cómo se puede organizar en red alrededor de diversos nodos interactuando entre sí, un tipo de municipalismo de tipo federal pero con vocación global.

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La socialdemocracia en crisis: ¿la muerte del Estado?

4 marzo 2011

En Algo va mal, el politólogo Tony Judt elabora una evocación nostálgica del Estado de bienestar socialdemócrata, nacido en Occidente después de la II Guerra Mundial a partir de un pacto social basado en políticas económicas keynesianas. En los años ochenta, Thatcher y Reagan rompieron este mismo pacto y se decidió unilateralmente la demolición de ese Estado de bienestar, aprovechando la crisis financiera de 2008 para llegar a su culminación. Judt se pregunta, sin poderse responder, por qué la eficiencia económica se ha convertido ahora en el principio supremo al margen de cuestiones como la justicia social, y pide un retorno al Estado como garante de igualdad social y de infraestructuras públicas como la red ferroviaria. Porque resulta que las sociedades más igualitarias también son aquellas con menor delincuencia e índices más altos de salud física y mental y movilidad social.

Precisamente, el pacto socialdemócrata nace del equilibrio entre capital y trabajo que se da en Occidente después de la II Guerra Mundial, vistos los efectos catastróficos que podía causar una burbuja especulativa a gran escala (crac del 29) y con el contrapeso ideológico del comunismo fuertemente implantado en las propias sociedades occidentales, mirando a la Unión Soviética en plena Guerra Fría. Pasado el recuerdo de la Gran Depresión y caído el Muro de Berlín, la globalización ha alterado este equilibrio y el capital, libre de ataduras, se siente con poder suficiente para desmantelar los beneficios sociales para los trabajadores que pagaban los más ricos.

Desde 1990 hasta hoy, [en Alemania] los impuestos a los más ricos bajaron un 10%, mientras que la imposición fiscal a la clase media subió un 13%. En veinte años la clase media se ha reducido, pasando del 65% a englobar al 59%. Los salarios reales se han reducido un 0,9%, mientras que los sueldos superiores y los ingresos por beneficios y patrimonio aumentaron un 36%. En 1987 los directivos de las principales empresas (índice DAX) ganaban como media 14 veces más que sus empleados, hoy ganan 44 veces más. Incluso en Alemania, la clase media está descubriendo la precariedad.

Rafael Poch, Antes de dos años

En Estados Unidos, en Alemania, en España, las desigualdades crecen y el proyecto de igualitarismo socialdemócrata se desvanece. Nació como una traición al internacionalismo comunista en la Primera Guerra Mundial, hasta el punto que la Alemania del SPD de Ebert persiguió, ejecutó y tiró los cadáveres de sus antiguos compañeros de partido al río (Liebknecht y Luxemburgo). En su esplendor, ejerció un tipo de despotismo ilustrado de facto -todo para la masa trabajadora pero sin la masa trabajadora- y al final ha terminado como mero instrumento del capital para terminar con el ineficiente bienestar de las clases medias.

Los ricos cada vez son más ricos

La crisis de la izquierda se entiende desde la alteración de ese equilibrio. Ya no somos trabajadores: somos consumidores, y desde ese rol tan pasivo que nuestra vida tiene sentido en el marco del turbocapitalismo. Que produzcan los chinos, mientras nosotros nos limitamos a consumir, aprovechando un poder adquisitivo ilusorio gracias al lowcost de Ikea, Ryanair y Zara, a la vez un modo muy fácil de dejar ir la frustración que genera el continuo atraco que es el turbocapitalismo, un eficaz mecanismo para la disminución de la conflictividad social. Las grandes multinacionales del lowcost terminan por construir una sociedad a imagen del consumidor típico -la sociedad de masas. Éste es el resultado de treinta años de socialdemocracia; es lógico que esté en crisis.

¿Sigue teniendo sentido ahora el proyecto socialdemócrata? El equilibrio entre capital y trabajo se ha roto (deslocalización) – el capital ya no está dispuesto a dar bienestar a las masas trabajadoras, que disfrutan de su nuevol rol como consumidoras y parece que tampoco se permiten la coacción que requiere la existencia del Estado. ¿Ha llegado, entonces, la muerte del Estado? ¿Ha llegado la era del Mercado?

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Crecer por crecer

18 febrero 2011

Hoy en día quién cree en un crecimiento infinito en un mundo finito o bien es idiota o bien es economista

Serge Latouche

La religión del crecimiento, la llaman, aquella que reside en la divinización de una mano invisible (sic) que regula la oferta y la demanda de un mercado abstracto, teórico e irreal. En el libre mercado auténtico, todos los agentes económicos tienen igual acceso a la información libre, pero esto obviamente no pasa en las sociedades occidentales actuales donde la información se pretende monopolio de un sector empresarial, el mediático. En el libre mercado auténtico, la competencia es perfecta y por lo tanto los beneficios son nulos, porque la continua reducción de costes entre competidores al final les obliga a vender a precio de coste. En el libre mercado auténtico, los aumentos en productividad se traducen en paro, que se compensa con la creación de empleo en las nuevas industrias creadas por ese mismo aumento de productividad. Existe el mismo abismo entre socialismo real y teórico que había allá en 1968 que entre liberalismo real y liberalismo teórico hoy en el 2011. Y el liberalismo teórico está muy bien, pero no es lo que hay. Sólo hay que ver a Estados Unidos, que quita aranceles a los otros pero sigue con los propios, además de mantener jugosas subvenciones a lo autóctono y obligar FMI mediante de suprimirlas en los países pobres.

En el liberalismo real, el que se toca y se huele y resulta que apesta, la espontánea acumulación de capital genera enormes oligopolios que se entremezclan con el poder político para proteger a sus intereses, hasta el extremo de que los cargos políticos para la regulación de sectores económicos los ocupan ex directivos de grandes empresas de estos mismos sectores (sólo hay que ver sector alimentario o financiero: con el último el caso es especialmente sangrante porque de ahí que se generó esta crisis “más grave desde la Gran Depresión”).

Crecer por crecer, porque quién no acapara al máximo el mercado se lo va a comer su competidor. Detrás de este constante y desasosegante movimiento perpetuo para aumentar la productividad y reducir costes que es el darwinismo económico, están todas las innovaciones tecnológicas en forma de lavadoras, portátiles y neveras que configuran la base del bienestar occidental, esto se tiene que tener en cuenta, ya que el libre mercado ha probado ser el mecanismo social más potente de generación de riqueza y eficiencia en la gestión de los recursos hasta ahora: pero del mismo modo que el crecimiento exponencial de una especie biológica llega a su techo (la carrying capacity del environment) y el ecosistema puede llegar al colapso, lo mismo le pasa al crecimiento económico, que llega a un punto en que si la economía no deviene sostenible el sistema colapsa.

Así que llega un momento en que el crecer por crecer es puesto en duda como fundamento social, a riesgo de degenerar en una ineficiente gestión de los recursos. ¿Estamos dispuestos? A la insostenibilidad a largo plazo del capitalismo real le veo otros problemas:

  • su darwinismo social que deja tirados a los pobres y encumbra a los ricos en una versión un poco extrema por cruel (y parcial, porque ¿de veras existe la igualdad de oportunidades?) de la meritocracia. Los hombres nos hemos inventado la medicina para neutralizar los efectos de la selección natural, a riesgo de perder adaptación al medio como especie. Mi padre quizá tiene el tobillo que le duele, pero eso no es motivo para sacrificarle… La política funcionaría así como la medicina contra una selección económica demasiado radical, pero sin excesos, porque ya vemos cómo puede funcionar la mala regulación. A veces hay que dejar caer (los bancos, por ejemplo) y a veces hay que relativizar y sostener.
  • conlleva una fuerte ideologización que contradice la pretendida libertad de opinión, ya que la maximización de beneficios es el valor supremo que rige esta sociedad y todo tiene que acatarlo, dejando de lado otros tipos de realizaciones personales (artísticas, familiares). Someterse a la ley de la selva -económica- que es la American Way of Life, y todo el individualismo destejedor de lo social que sigue.
  • esta misma maximización de beneficios en una producción a gran escala lleva a la búsqueda del consumidor típico para quién el producto se adecúe mejor y por lo tanto a la construcción de una sociedad a su medida. Ese consumidor típico, el mayoritario, es el hombre-masa de la sociedad de masas que se le construye específicamente y al que todos hemos mencionado alguna vez como “sí, pero la gente -la gente-masa- en general quiere…” y poned aquí Telecinco o David Bisbal.
  • perjuicio a la libertad individual cuando el resto de la sociedad incurre en actitudes colectivas chungas para la sociedad, por ejemplo, ¿cómo debe sentirse el empresario responsable una vez ha estallado la burbuja inmobiliaria de la que se ha enriquecido histéricamente el resto de la sociedad? ¿qué va a decir el ciudadano bien informado de la política cuando la mayoría vota porque ése es guapo o ése tiene cojones? ¿No les están estafando? Esta vulneración de facto de la libertad individual a partir de actitudes colectivas según la teoría debe ser penada por la ley, pero es imposible en la práctica.

Llega un momento para el desarrollo de las sociedades en que ser más rico ya no quiere decir ser más feliz; una sociedad que pase de ese umbral, una vez moderna y democrática, tiene que reorientarse y humanizarse.  La socialdemocracia no es una solución, porque sus instituciones políticas, aspirando a controlar al capital, se colocan a su mismo nivel, el global, y terminan por convertirse en meros instrumentos suyos. Lo local, la verdadera sociedad civil, debe buscar nuevas formas de protegerse de lo global y oligárquico.

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Spanische Realpolitik: ¿al final se rompe o no?

25 enero 2011

Al fin y al cabo, los conflictos políticos son tan sólo luchas ideologizadas de intereses económicos. Es naïve e inútil separar política y economía; el poder es esencialmente sólo eso, poder. Siempre evita rendir cuentas y busca meter mano allá donde puede, se alía y se opone con otros núcleos en función de sus intereses. Disculpen esta visión tan negativa, pero no hay más: cuando los desheredados reivindican sus derechos, exigen un mínimo poder para blindarse contra los excesos de los poderosos y controlarlos. En este mundo todo va de una batalla del derecho (right) contra el poder (might), decía Gandhi, vaya, que este mundo va únicamente sobre la batalla a toda costa para evitar el poder absoluto de alguna de las partes en juego, estableciendo mecanismos efectivos que mantengan los delicados equilibrios de las múltiples balanzas de poder que conforman la sociedad. Esto es el fundamento de la democracia. Y en España se está rompiendo.

En nuestro caso España es un constructo político que responde a los intereses castellanos, con centro de poder en Madrid y la alianza de Valencia y los centros industriales históricos, más o menos independientes, de Catalunya y País Vasco, y el resto de mero espectador. Cuando Madrid impulsa políticas de infraestructuras desde un modelo hipercentralista y sin ningún tipo de sentido económico, pensado específicamente para dar dinero público a las constructoras, o privatiza las cajas sin ningún tipo de sentido económico en un proceso teledirigido por los bancos y especialmente pensado para regalarles dinero público once again, es lógico que se genere desafección en los despreciados centros autonómicos, fuerzas centrífugas que hacen que los ciudadanos ya no quieran participar de la corrupta cosa pública, mientras que los beneficiados sonríen de oreja a oreja, sean empresarios peperos alérgicos a las inspecciones fiscales, fetichistas del ladrillo o tiburones de las finanzas amigos del cole de presidentes del Gobierno.

Las estructuras políticas nacen de la conjunción de intereses más cierto barniz ideológico: la UE nació porque Alemania quería exportar fácilmente y los ahora PIGS querían modernizarse. Si esta estructura política deja de responder a los intereses de las partes y por correlación de fuerzas una de ellas se intenta imponer a las otras (sea la actual UE, el Estado capitalista o España) la estructura tiene que reformarse o disolverse. Sin ir más lejos, en un contexto de crisis económica, los Estados más ricos de Alemania ya han exigido que se replantee el fondo de compensación regional del Bund, donde también se habla de continuar el euro o no.

De este modo, el centralismo responde a los intereses de un grupillo de selecta gente sito en Madrid, como el nacionalismo periférico responde a los intereses del gran empresariado vasco y catalán (vaya, es que esto es el nacionalismo), que busca aliarse con el ciudadano de a pie en contra de Madrid/España. El centralismo está basado en un modelo de una España esencialmente castellana y dirigida por la capital, con el PPSOE como partido único gobernando a base de decretos-ley prescindiendo ya directamente del Parlamento (el nacionalismo periférico haría lo mismo pero ejerciendo esta vez de Madrid, como se ve con CiU, que según La Vanguardia no ha votado la totalitaria ley Sinde). Aunque el déficit del Gobierno Central es cinco veces el de las CCAA (y aun con el superávit de la Seguridad Social más el “expolio fiscal”), son las CCAA las que tienen que “adelgazarse” (¡y todo eso después del paripé del Estatut!) y no un Gobierno Central al servicio de las oligarquías financieras. No se puede insistir en este modelo en detrimento de un paradigma multipolar de corte federalista, inspirado en el principio teórico de la red de balanzas de poder, y que desarrolle efectivamente y de un modo realmente independiente el poder legislativo (dando auténtico poder a Parlamento y Senado) y el judicial (despolitizándolo). El enorme desequilibrio del territorio español a nivel poblacional y económico no ayuda nada, sino que perpetúa una realidad política estéril. Precisamente, el federalismo no es más que el reflejo político de un territorio equilibrado – Alemania.

La política se basa en la gestión de lo público, de la superación del mero quéhaydelomío, de la conjunción, a veces conflictiva, a veces cooperativa, de intereses privados: trata esencialmente de abstraerse de los juegos de poder e ir más allá, creando un marco de convivencia donde la mayoría salga beneficiada y no haya explotados. Al fin y al cabo, los japoneses honran a criminales de guerra cada año en el santuario de Yasukuni (como si Merkel lo hiciera con Hitler, vaya) porque nadie les puede imponer no hacerlo, los franceses no han pagado por las barbaridades cometidas en Indochina porque nadie se lo puede imponer y Kissinger, Nixon, Truman u Obama no tuvieron sus juicios de Nuremberg por Vietnam, Irak/Afganistán o la bomba atómica porque son hiperpotencia mundial y no los vencidos de la Segunda Guerra Mundial. Es precisamente esa dialéctica de vencedores o vencidos lo que la política plantea superar y lo que España tiene que superar – el right against el might.

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¿Por qué existe España?

20 enero 2011

Pues porque es una estructura política y como estructura política tiene la función de hacer la gestión de recursos de modo más eficiente y justo que si lo hiciéramos cada uno por libre, es decir, su finalidad es canalizar la cooperación entre individuos amplificando sus beneficios. Si no cumple esta función, no sirve para nada. Entonces no hay criterio que justifique su mantenimiento. No es que los individuos compartan intereses idénticos y vayan todos a una, como Fuenteovejuna; sino que el egoísmo asocial a corto plazo consumiría rápidamente recursos naturales (y otros bienes comunes) hasta agotarlos (esto es esencialmente el turbocapitalismo de Chicago), de modo que para la supervivencia de la comunidad y el beneficio de todos se impone la necesidad de tener estructuras políticas que regulen su uso con visión a largo plazo y optimicen su gestión haciendo uso de la economía de escala (un grupo bien coordinado tiene más beneficios que el mismo número de personas por libre).

Esto no quiere decir tampoco que las estructuras políticas resultan en la armónica coordinación del trabajo, porque la explotación del hombre por el hombre es un hecho. La sociedad se podría asimilar a una fábrica china, con su propietario (la élite) y los trabajadores (los productores). Aunque estos últimos estén explotados por el primero, les puede resultar mejor quedarse trabajando en una fábrica que funciona bien. Los trabajadores se rebelarán cuando la explotación sea excesiva o la fábrica deje de ir bien y deje de aportar salarios. Por su estupidez y egoísmo, esta vez la élite se ha olvidado de la fábrica, se ha abstraído en los juegos del casino de Wall Street y, para poder tener más dinero, aspira a desmantelar la misma fábrica que al fin y al cabo también le da de comer.

En nuestro caso, la fábrica es España: gestión absurda de infraestructuras, pésima regulación financiera, organización territorial obsoleta e ineficaz, percibida como muy corrupta por sus propios ciudadanos (más que los de Qatar), elevado grado de evasión fiscal tanto legal (SICAV, Patrimonio, etc) como ilegal (y siempre tolerada por la Administración), donde los empresarios declaran cobrar de media como mileuristas, tejido productivo basado en el monocultivo del ladrillo y el turista, poco respeto por los derechos humanos y los principios democráticos, una independencia judicial menor que la de Botswana, 20% de pobreza, circo mediático y se puede continuar, en esta situación, uno se pregunta: ¿qué utilidad tiene España?

Y entonces es cuando aparecen las fuerzas centrífugas que desintegraron en su momento al Imperio Romano o la Unión Soviética. Llega un momento en que la estructura social, ante la evidencia de su propia decadencia, antepone su supervivencia al interés general de sus ciudadanos: los trabajadores se ven obligados a trabajar en una fábrica deficitaria (por dejadez culpable de sus élites) que en el fondo sería mejor demoler y probar con otro modelo nuevo. No se puede culpar a los trabajadores de insolidarios, como se hace con Catalunya en el marco de España, por pretender la demolición del Estado español. Si las reformas necesarias son tan exitosas como el Estatut y en vez de esto se aplican crímenes como la reforma laboral para mantener los privilegios de unas élites que no sólo son élites, sino además irresponsables, España es basura.

Miremos en cambio estructuras sociales que funcionan: el Barça o la selección española. La gente quiere formar parte de ellas porque son fórmulas de éxito, porque de algún modo canalizan efectivamente la cooperación de sus individuos y distribuyen entre ellos sus muchos beneficios. Así, en primer lugar, yo quiero una España que funcione. Pero si no puede ser reformada para que funcione, tiene que ser desmantelada.