Archive for the ‘filosofia barata’ Category

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Nuestros sueños no caben en vuestras urnas [#15M]

17 mayo 2011

Y es que las urnas son muy pequeñas, es que es obvio: uno tiene mil dudas acerca de si votar a éstos, o a aquellos, o no votar, y debate y piensa y reflexiona. Al final, mete el voto en la urna y ya está, un papelito más para el partido tal. ¿Pero dónde van a parar todos estos argumentos, todas estas reflexiones previas? ¿En la urna? No, en la basura. Porque se elige a un determinado partido y, con él, se pierde cualquier matiz: el voto del groupie de Rajoy o Zapatero de turno y el mío avalarán al fin y al cabo exactamente el mismo programa electoral. Es por eso que vivimos en un mercado político de masas – los partidos son empresas que venden un producto (antes un programa electoral, ahora simplemente una marca) a los consumidores/votantes. Y este producto está bien definido por las reglas del márketing – apela mucho más a los símbolos de las diferentes tribus urbanas (éstos son de los míos) que a propuestas particulares.

Y la gente se presta a este juego de tribus sociales como si se tratara de un barçamadrid; en parte, eso es comprensible debido a la gran complejidad de la sociedad actual, que requiere propuestas igual de complejas y difíciles de interpretar y juzgar; el ciudadano medio no tiene tiempo para estas cosas y entonces delega este rol en los políticos que identifica como más próximos a su grupo social a nivel de valores ideológicos – como son de los míos ellos ya sabrán lo que es bueno. Es precisamente en esta delegación de la responsabilidad política que la democracia se traiciona a sí misma, no por maldad, sino por sentido práctico – gestionar los conflictos en sociedades tan grandes y complejas es muy difícil; las cosas a hacer devienen más complejas (y necesitan especialistas), pero los votantes no tienen tiempo para avalarlas (y los programas políticos se simplifican). La profesionalización de la política, fenómeno emergente de la sociedad, genera una casta alejada de la realidad, pero que al lado del gran capital son unos mindundis a su servicio – es la creación del híbrido Estado-Mercado.

Toma tesis: ahora asistimos a la muerte del Estado socialdemócrata y su eventual sustitución por el neofeudalismo del turbocapital. Pero igual que en 1918, después de la Gran Guerra, no había marcha atrás hacia el régimen liberal-burgués basado en el libremercado, la estabilidad presupuestaria y monetaria y el sufragio censitario, ahora ya no hay marcha atrás hacia un Estado benefactor basado en la progresividad fiscal, deuda pública, inflación y sufragio universal. En 1914-1918 los partidos socialistas cobraron un gran protagonismo por su participación en las maquinarias bélicas y como mal menor delante la revolución bolchevique. Entonces tenían el poder para introducir políticas sociales, pensiones y subsidios de paro y todo esto costeado gracias a la progresividad fiscal y la deuda pública. Ya no.

Ya no porque el equilibrio entre capital y trabajo que regía el régimen socialdemócrata se ha roto debido a la globalización del modelo americano: ya no hay telón de acero, Oriente aporta una gran fuerza de trabajadores a bajo coste con los que los occidentales no pueden competir y el capital se ha unificado y domina grandes oligopolios que ahora aspiran a sustituir al Estado de bienestar creando uno de capital privado y no público. La socialdemocracia venció, porque creó una numerosa clase media con derechos políticos, sociales y laborales. Pero ahora, los sucesores de los partidos socialistas de entonces están liquidando su propio modelo y sustituirlo por un régimen neofeudal: una élite política y económica sobre una gran masa de trabajadores precarios sin derechos. Y lo hacen porque pueden. Porque nosotros lo permitimos, ya que nos creímos su cuento chino.

¿Queríais democracia? Toma democracia.

El #15M tendría que ser, por lo tanto, la ruptura con esta narrativa terrorista; no sólo eso, sino también un cambio de rumbo que nos aleje de ese futuro orwelliano y distópico que es el neofeudalismo del turbocapital, acentuado por la crisis energética y ambiental. Nos tenemos que dar cuenta de que son ellos, la élite, los que necesitan nuestra fuerza productiva sobre la que fundamentan sus estructuras de poder, y no al revés. No los necesitamos en absoluto. En este contexto, el problema de escala de la interconectada sociedad actual (demasiado grande y compleja) hace que la democracia representativa ya no tenga sentido: esto se solventa reconstruyendo el tejido social local, volver a los barrios, hacerlos autosuficientes energética y alimentariamente pero también en red interconectada y plantearlos como polos opuestos al poder globalizado del capital, restaurando su soberanía local y directa. La sociedad es una balanza de poderes y tenemos que reivindicar, reconstruir y acampar en nuestro sitio.

Por lo que respecta al voto, es tan sólo un papelito que obvia todo lo descrito. Por eso, lo más recomendable no es quedarse en casa mientras uno reniega de todo, sino trabajar en la dirección descrita, pero con el pequeño extra cada cuatro años de meter el dichoso papel en la urna, un papel que avale el programa de quién sintoniza con esta dirección, aunque no tenga el poder fáctico para aplicarla: en Barcelona, CUP – Alternativa per Barcelona (Des de baix) o, al menos, ICV. Que son los únicos que tienen un modelo de ciudad europeo y avanzado en mente. Pero el esfuerzo tiene que residir en reivindicar la soberanía de lo local y desplazar, espontáneamente, los que se arrogan el rol de representantes.

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Oda a Mourinho

28 abril 2011

No deja de ser curioso que encontremos belleza en un trozo de lienzo, una pared pintada, una secuencia de sonidos, una lucha de gladiadores o en el fútbol. Es comprensible ver belleza en el cuerpo humano por razones psicobiológicas, pero ¿qué tiene que ver la Capilla Sixtina con la selección natural? ¿Por qué las pinturas de Michelangelo son capaces de desencadenar una tormenta de neurotransmisores de placer en nuestro cerebro? Quizá es porque, sumiéndonos en el estado anímico que nos dejan, aprendemos nuevas cosas, y así «mejoramos» y nos adaptamos mejor al medio en plan discípulos de Darwin. Ni idea, sólo una hipótesis, pero es que estrictamente un Rothko es tan sólo rectángulos de color y mira que es bonito.

En el fútbol sí se pueden establecer razonamientos más claros, porque las habilidades que se necesitan en el campo (agilidad, precisión en el lanzamiento a distancia, coordinación a nivel colectivo del grupo) son esencialmente las mismas que las empleadas cazando, principal actividad del macho durante el Paleolítico (un 95% de la historia humana, el periodo cuando se gestó nuestro cerebro). Uno vería belleza en el excelente empleo de estas habilidades. Vaya, el fútbol que practica el Barça, considerado unánimemente como «el mejor de la historia». No sólo eso, sino que además el entrenador de la casa es todo un caballero, diplomático y respetuoso con los demás, autocrítico y obsesionado con el trabajo bien hecho, el esfuerzo, la disciplina, vaya, todo un conjunto de valores que un honrado trabajador, hombre de bien y fiel votante de Convergència se enorgullecería de poder transmitir a su hijo.

Todo esto sería motivo de auténtica emoción y lágrimas si detrás no hubiera un descomunal circo mediático-económico que representa el principal sustento de los medios de comunicación (Prisa, Mediapro), que a su vez se dedican a adoctrinar a los consumidores-votantes de la empresa ideológica-partido de turno, fundados en estas estrechas relaciones de simbiosis tan hispánicas entre González y Prisa, Zapatero y Mediapro, Aznar y Unidad Editorial, donde las victorias electorales determinan el ascenso de determinados grupos mediáticos… Si a eso le sumamos el patrocinio de las cervezas (claro, lo que se consume mirando el partido), alcohol que es aletargador y depresor, pues obtenemos que el fútbol es el opio del pueblo y pan y fútbol y etcétera, toda una industria futbolística sustentada por los espectadores-consumidores y que crea puestos de trabajo (según el modélico mercado de trabajo español) para honrados trabajadores como Eduardo Inda, Roncero, Bañeres o Lluís Canut. Pura economía productiva basada en el conocimiento. Nada nuevo bajo el sol. Zapatero aprobó los recortes al Estado de Bienestar más salvajes en democracia el día del debut de España en el Mundial. No hase falta desi nada más.

Con el habitual gregarismo del ser humano, siempre necesitado de filiaciones grupales, se entiende la dialéctica bélica, gladiadora, nacionalista y tribal que se emplea, un modo de unir al grupo contra un enemigo común, puro parroquialismo altruista (el eterno rival, etcétera). De hecho, desde este punto de vista el deporte es una sana vía de escape de lo que antes se iba para guerras y batallas. Ahora bien, en este contexto económico de crisis uno sólo puede tomárselo en coña, porque ahora los bancos que no sueltan créditos para las pymes ni patrás le dan unos millonajos de nada a Florentino para que pueda construir un equipo para simular que la Liga Española aún es competitiva y así todos menos nosotros puedan seguir ganando dinero.

Pero no íbamos a hablar de la receta de las sopas de ajo. En un extremo está la virtuosidad de Guardiola, alabada por todos pero lámpara de neón que atrae fatalmente a los seguidores como mosquitos y uno se olvida de lo mal que está el mundo. En el otro, está Mourinho, este personaje victimista y teatrero que con sus planteamientos ultradefensivos y broncos consigue terminar siempre los partidos con diez. Pero Mourinho no es el antifútbol, como han dicho tantos; al contrario, es precisamente la mejor definición del fútbol: un sano deporte ahora convertido en industria turbocapitalista y, como tal, obsesionado con los beneficios a corto plazo y por lo tanto, resultadista al máximo, independientemente de los métodos usados. Con sus habituales exageraciones fuera de tono en las declaraciones de prensa está, en el fondo, desenmascarando lo ridículos que pueden llegar a ser los discursos (por pretenciosos) que habitan en esta industria que no produce nada más real que nuestra alienación personal. Nos está diciendo que el emperador va desnudo.

Sacando las cosas un poco de quicio, Mourinho es más Rem Koolhaas que Santiago Calatrava. Los dos arquitectos plantean proyectos muy poco funcionales y que terminan con gigantescos sobrecostes, sí, pero Calatrava construye obras faraónicas destinadas a satisfacer el ego de políticos con pretensiones de estadista mundial y llenar los bolsillos de los constructores (normalmente todos amigos entre ellos, claro está), aunque incurra demasiado habitualmente en formas espectaculares pero totalmente inútiles para el usuario, sin ir más lejos como la cubierta de losetas de vidrio del puente de Zubi Zuri en Bilbao (ocasionando resbalones y caídas cuando llueve…), etcétera. Al contrario, Koolhaas es un arquitecto esencialmente postmoderno que con sus planos se ríe sarcástica y continuamente del ego del que le paga, seguramente obsesionado con obtener estatus social contratando a un arquitecto de prestigio. Koolhaas, como Mourinho, se ríe en la cara del emperador, repitiéndole de modo siempre más explícito que va desnudo, jugando al límite para ver cuándo despertamos de una vez.

De este modo, a veces uno piensa si, en pleno arrebato poético, la persona que hay detrás de este artificial personaje que es José Mourinho no es más que un secreto justiciero quijotesco que, sacrificándose él mismo cayendo tremendamente antipático, busca destruir el fútbol, hacerlo mortalmente aburrido y así eliminar el circenses de la ecuación que entonces adormecía al pueblo del Imperio Romano, para que nos terminemos planteado si realmente pasarnos cuatro horas semanales delante del televisor vale la pena y si no sería mejor apagarlo, coger un buen libro o ponerse a pintar, en suma, construir un mundo más creativo y con más espíritu emprendedor. Matando al fútbol, Mourinho está determinado en conseguir una sociedad mejor. Lo hace por nosotros.

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Lo confieso, no tengo afán de lucro

16 marzo 2011

Hace dos semanas colaboré en montar una fiesta de carnaval -el Carnaval de Bajtin– en un garito del Poble Espanyol que, según voces exigentes, fue bien molona. Resulta que la fiesta no era gratuita y mi estatus allí era entre accionista y agitador, a lo que siguió la pregunta: ¿cuál es mi motivación para esta fiesta? ¿El afán de lucro? ¿o montar una buena fiesta de disfraces en la que nos podamos divertir los amigos y que sea más o menos autofinanciada? Un buen anarcoliberal rápidamente respondería por mí: usted tiene afán de lucro y monta esta fiesta para ganar dinero, no se engañe; toda motivación es egoísta y esta fiesta no iba a ser la excepción. «Todos nos movemos por lo mismo; es la naturaleza humana». Pero resulta que, oh dios (dinero), perdóname, lo confieso, no tengo afán de lucro; sinceramente, lo que me motivaba era sencillamente montar una fiesta para nosotros, quizá pecando de amateur, pero que hubiera buen rollo y buenos disfraces y no el mánager del Apolo o el Razzmatazz succionando nuestros ahorros a base de cubateo de garrafón y música igual de average desde su cómoda poltrona. Yendo a estos sitios uno se siente como en la fnac, el ikea o el zara, un número más, consumidor que va allí a ser consumido, parte del rebaño en busca de pienso. Se trata de ir más allá.

Parece que las opciones ideológicas de cada uno no son más que las prolongaciones de perfiles psicológicos. Según estudios que ahora no tengo aquí, la gente de derechas es (generalmente) menos empática y más individualista y miedosa, mientras que la gente de izquierdas es más confiada y con un sentido colectivista mayor. La gente de izquierdas tiende a excusar comportamientos chungos por temas de pobreza, familiares -de contexto- mientras que las derechas son más duras y apelan más a la responsabilidad individual. Por eso, los segundos tienden a exigir más dureza en el Código Penal, mientras que los primeros demandan solucionar estos problemas contextuales (esencialmente la desigualdad social) que evitarían muchos conflictos y muchas veces mediante el Estado de bienestar, obra magna del colectivismo. De allí emanan sus convicciones, su modelo de sociedad ideal, etcétera. En un paper sobre gestión de bosques en la tragedia de los comunes, se observan entre las diferentes comunidades proporciones variables de cooperadores, de individualistas (free-riders), etcétera. Así, existe una variabilidad de facto en los perfiles psicológicos que termina generando diversidad ideológica, que a su vez garantizaría la cohesión social a la vez que potencial para evolucionar. Y es que la variabilidad es una característica esencial que se da en los sistemas evolutivos, ya lo dijo Darwin, porque la selección –social– obviamente no puede operar sobre arquetipos homogéneos. Siguiendo esta hipótesis…, sería necesaria una fracción social de gente conservadora para garantizar la robustez y sostenibilidad del sistema, mientras que una fracción social más progresista exigiría continuamente mejoras y cambios en el sistema, de hecho precisamente para profundizar en su misma sostenibilidad. Son roles sociales que tienen una finalidad específica y que sí, que nos tocan llevar a cabo.

En todo caso, todo este rollo paracientífico venía a cuento de lo cabronazo del especialista en márketing que suelta un suspiro, arquea las cejas y dice, lapidariamente: «al fin y al cabo, le guste a la gente o no, se trata de VENDER» con este ácido regusto a «esto es lo que hay, simplemente estoy siendo realista«, pero que en el fondo tan sólo consiste en imponer una determinada visión sobre las relaciones humanas de las que es totalmente lícito disentir. Aparte de lo absurdo del legustealagenteono (porque precisamente se trata de esto, de que le guste a la gente y vivamos felices y comamos perdices), que recuerda al tío que dijo hablando de Japón «afortunadamente, el coste económico del tsunami es mucho menor que el coste en vidas humanas», cuando bueno, es que se trata de que la gente viva; si realmente soy realista, nos daremos cuenta de que hay otras visiones de la estrictamente mercantilista, otro tipo de perfiles psicológicos diferentes del tiburón de las finanzas, otro tipo de preferencias personales -legítimas- en las que el afán de lucro no es prioritario. En el fondo, en este hipermercantilismo reside un espíritu profundamente totalitario -sí, totalitario, ¡como Stalin!- que impone una determinada visión de las cosas, y la sociedad se construye en función de este pensamiento único y la verdad es que se construye… mal.

En ésas estamos que teóricos como Serge Latouche (decrecimiento) piden recapitular y hacer un inventario de lo que realmente necesitamos y queremos y lo que no, y calcular los datos económicos como el PIB en función de este inventario y no de criterios estrictamente economicistas que toda la sociedad obviamente no tiene que compartir. Se trata de cambiar el imaginario colectivo.

 

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Las casualidades sí existen

10 marzo 2011

Si bien la «física cuántica», «la teoría del caos», el «efecto mariposa» y «la teoría de la sincronicidad» son descubrimientos científicos llevados a cabo en Occidente a lo largo del siglo XX, lo cierto es que no tienen nada de nuevo. En Oriente se llegó a esta misma conclusión alrededor del siglo V antes de Cristo.

Borja Vilaseca, Las casualidades no existen, las «comillas» son suyas

Leo en El País un «reportaje de psicología» de Borja Vilaseca donde se utilizan conceptos científicos para «probar» tesis entre lo teológico y lo directamente supersticioso. No hace falta tener una licenciatura en física para saber que la ecuación de Schrödinger (la análoga a la segunda ley de Newton como ecuación cuántica del movimiento) o el atractor de Lorenz, que él mismo se encargó de popularizar -erróneamente- con el concepto de efecto mariposa, que no es más que una visión poética y libre del determinismo caótico, sí fueron radicalmente nuevos y no tienen nada que ver con el karma budista. La sincronicidad de Jung, que la verdad desconozco si la hemos tratado en este blog pero es muy probable que hayamos tonteado con ella, no es un descubrimiento científico.

Es de hecho vergonzoso que haya gente que no dude en manipular conceptos científicos (que seguramente además desconoce) para forzar la validación de opiniones personales. Precisamente, la honestidad intelectual para uno mismo es esencial: deformar razonamientos para conseguir fines exógenos no es ni sano ni bueno. De hecho, es un tipo de maldad incipiente.

A mí no me molan demasiado los círculos escépticos de ateos y librepensadores que hablan de monstruos voladores de espaguetis, porque rechazan entrar en contacto e intentar explicar una realidad espiritual y mística que va más allá de los conceptos cotidianos de lo doméstico. Cuando leo sus textos sobre Dios, me viene a la cabeza alguien hablando del amor sin nunca haberse enamorado o del LSD sin nunca haberse tomado un ácido. Es triste ver a alguien hablando de una experiencia que no ha tenido, sobre todo si intenta rechazarla. Pero la alternativa no puede ser creer que la teoría del diseño inteligente es válida desde un punto de vista científico o utilizar a conceptos científicos para explicar teorías new age. Porque esta gente es alguien que, como Borja Vilaseca, habla de la física cuántica sin nunca haberse leído el Quantum Mechanics de Franz Mandl.

A lo que íbamos, ¿las casualidades, existen? Estrictamente, el Sol no sale todas las mañanas, porque cada salida ocurre en una posición y un instante totalmente específicos (además de condiciones de humedad, luz artificial, etcétera) y que mañana serán diferentes… Estrictamente, no podemos bañarnos dos veces en el mismo río. Las leyes científicas, las regularidades de la realidad, ocurren porque decidimos simplificar, poner el zoom a un determinado nivel, y olvidarnos de una cantidad de detalles espectacular para hablar del mismo río o de la salida del Sol por la mañana. Le pasa lo mismo al azar: no es más que la imposibilidad humana práctica de encontrar relaciones de causa-efecto en problemas de inmensa complejidad. Una moneda se mueve de un modo totalmente determinista según las leyes clásicas del movimiento, está estudiadísimo: pero cuando la echamos a girar, hay tantas variables a tener en cuenta que decidimos hablar de azar, de la imposibilidad de determinar su resultado, y la utilizamos para echar a suertes quién empieza con la pelota en un partido de fútbol.

No nos engañemos; que la imposibilidad sea práctica no quiere decir que el azar no exista. Si es imposible experimentar algo, no existe (Berkeley). Si no podemos hablar de algo, mejor callarse (Wittgenstein). No hay una ley sencilla que prediga el resultado de un tiro de moneda, luego hablamos de azar. Las leyes científicas dependen, estrictamente, de la sagacidad de uno mismo para inventarlas, poniendo un determinado nivel de zoom sobre la realidad. Estrictamente, el hombre está desnudo delante de la inmensidad del cosmos: todo es enorme, milagrosamente detallado, maravillosamente único, habitando breves instantes eternos. Después utilizamos la imperfección del lenguaje verbal (demasiado ambiguo) y matemático (demasiado poco ambiguo) para describir y encontrar (mejor dicho, crear) patrones de regularidad en una realidad la belleza de la cual en el fondo nos supera.

En ese segundo, con la omnisciencia del semisueño, medí el horror de lo que tanto maravilla y encanta a las religiones: la perfección eterna del cosmos, la revolución inacabable del globo sobre su eje. Náusea, sensación insoportable de coacción. Estoy obligado a tolerar que el sol salga todos los días. Es monstruoso. Es inhumano.
Antes de volver a dormirme imaginé (vi) un universo plástico, cambiante, lleno de maravilloso azar, un cielo elástico, un sol que de pronto falta o se queda fijo o cambia de forma.

Ansié la dispersión de las duras constelaciones, esa sucia propaganda luminosa del Trust Divino Relojero.

Julio Cortázar, Rayuela, capítulo 67

¡Pero es que precisamente no hay nada a tolerar! El Sol sale cada día distinto si apreciamos lo particular de cada instante. Un físico no se asustaría si las duras constelaciones se dispersaran, simplemente indicaría que la ley de la gravitación universal tiene que ser cambiada. Hay, precisamente, un miedo a aceptar la grandeza de esta realidad en el fondo inabarcable y siempre misteriosa, que siempre nos puede sorprender. Hay miedo humano, tan humano, a que ésta nos sorprenda, a que el universo sea en efecto plástico y pueda cambiar (¡que lo hace siempre!). Hay gente que prefiere creer en un orden inteligente detrás de todo antes de aceptar lo absurda y maravillosamente azaroso que es todo. Entonces es cuando se mete en la Iglesia, elabora teorías de la conspiración o redacta «reportajes de psicología» donde manipula conceptos científicos para afirmar que las casualidades no existen.

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La libertad, nuestra condena [Tercer Round, el adversario pega fuerte]

18 febrero 2011

Perls [el fundador de la Gestalt] trataba de enseñar a sus pacientes, discípulos y clientes de Esalen a vivir el Ahora, el presente, a tomar conciencia del cuerpo y de toda la información aportada por los sentidos, a arrinconar los miedos y aprehender el instante presente. Uno de los ejercicios era el Viaje del Ahora, en el que uno trata de registrar la información aportada por los sentidos en el instante presente. Uno hace una rápida serie de manifestaciones en las que entra la palabra «ahora»: «ahora siento que el viento refresca el sudor de mi frente…; ahora oigo un autobús que sube en segunda por el camino de entrada…; ahora me llega un disco de los Beatles a través de un altavoz…».

¿Un autobús? ¿Un disco de los Beatles? Han llegado los Bromistas, señores Viajeros del Ahora.

Tom Wolfe, Ponche de ácido lisérgico

¡Aquí y ahora! ¡Aquí y ahora! ¡Aquí y ahora! ¿Pero es que acaso confundís el carpediem con el vivir la nada, el hedonismo del turbocapital, visitar sin más pequeños puntos de luz demasiado pálida en la infinitud negra del espacio, como aquel ciego que se cree rey y busca su corona con las manos temblorosas metidas en el fango? Eso no es el carpediem del jardín, en absoluto. Es huir. ¡Escapar! Demasiado obsesionados con desarrollar con máxima intensidad el potencial de las cosas, el futuro nos secuestra y simplemente nos dedicamos a acelerar nuestra muerte.

Les di vanas esperanzas – Prometeo, encadenado

Siempre ir a más, crecer por crecer – en el fondo, es tan humano. Es lo que nos define. Según el mito, es Prometeo -etimológicamente aquél que ve más allá– quién nos dio la luz a la humanidad. La lucidez de intuir un futuro y unas consecuencias a nuestras acciones. La capacidad de nuestro cerebro de planificar y predecir. La libertad, que es también nuestra condena.

Sólo poseen los lóbulos prefrontales de forma desarrollada los animales más complejos, como los vertebrados y en especial los homínidos. Son el sustrato anatómico para las funciones ejecutivas, aquellas que nos permiten dirigir nuestra conducta hacia un fin y comprenden la atención, planificación, secuenciación y reorientación sobre nuestros actos.

Pero ¿no es, quizá, esta misma capacidad de ver más allá -la conciencia, la libertad- ese futuro que nos arrebata el presente? En verdad se trata de interiorizar el caminante, no hay camino – se hace camino al andar. Eso Prometeo no lo consigue y es el intelecto, la mente, el cerebro, Zeus, que lo condena a él, precisamente a él, que fue esencial en su victoria sobre los Titanes, y lo ata a una roca del Cáucaso, la tierra estéril, donde un buitre, la versión corrupta del águila, por lo tanto símbolo del poder mal entendido, le come las entrañas, eso es el ego, cada día. El sueño de la Ilustración era colocar el Intelecto en lo más alto y triunfante –piensoluegoexisto, la civilización cerebral-, porque precisamente era la inteligencia técnica -un gran desarrollo de nuestros lóbulos prefrontales- lo que nos había convertido a los hombres en formidables productos de la evolución biológica. Pero los sueños de la Ilustración producen monstruos, como intuye Ícaro en su caída, otro que intenta llegar al Sol -Zeus- con instrumentos claramente insuficientes. Para llegar al Sol, hay que comprender. Hay que ser lúcido.

En la trilogía de Ésquilo, sólo se conserva completa la obra de Prometeo, encadenado y sólo sobreviven algunos fragmentos de Prometeo, liberado, donde el Titán entiende que las cadenas que lo encadenan son imaginarios productos de su mente sin luz; entonces desaparecen. La última pieza es Prometeo, portador del fuego, el retorno del titán, ahora con el espíritu unificado y lúcido, portador del secreto que puede causar la caída de Zeus pero esta vez reconciliado con él, de ese modo integrado mar, tierra, aire y fuego – pero ya no queda nada de esa obra – quizá porque nos toca a nosotros reescribirla / asumir la luz del fuego / integrar la armonía elemental.

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¡No hay alternativa! [Túnez: 23 días; Egipto: 18 días]

11 febrero 2011

Decía Thatcher allá en los ochentas. La reforma laboral, el pensionazo, los recortes sociales, la privatización de las cajas, la ley Sinde, etcétera, se dedican a institucionalizar un neofeudalismo de facto sin aparente alternativa posible, a cargo de una amorfa entente Estado-Mercado, representante de una privilegiada oligarquía que vive a costa de las fuerzas productivas de la sociedad, los trabajadores. Mientras los pueblos de los países árabes o China vislumbran la democratización, las sociedades europeas viven estancadas, descontentas y frustradas. Parece que cualquier copo de nieve que cae vaya a desencadenar, como en Túnez o Egipto, una avalancha de sucesos críticos, de protestas y rebeliones que hagan caer al régimen. Y el copo de nieve cae, pero no pasa nada, y todo sigue igual. Porque, como dijo Poch, las revoluciones no ocurren causadas por extrema miseria y frustración, sino por las expectativas de un futuro mejor. ¿Y qué futuro mejor se propone desde la otra orilla?

No hay alternativa, decía Ben Ali a los tunecinos. No hay alternativa, decía Mubarak a los egipcios. Pues bien, ¡jodeos! Los dictadores han caído y, aunque con casi tres décadas a sus espaldas cada uno, su caída ha durado poquísimo: 23 días en Túnez, 18 días en Egipto. Nos dicen a nosotros, también, que no existe alternativa. A lo que no hay alternativa es al cambio, dicen entonces los partidarios de un sistema más justo, eficiente y sostenible que el capitalismo occidental. ¿Pero qué tipo de cambio?

Para empezar, reformas tradicionales y auténticamente socialdemócratas, más ahorradoras que los salvajes recortes sociales decretados el 13 de mayo del 2010 (fuente: popota, LPD), a las que podemos añadir la reciente reforma laboral para poder despedir libremente, que sólo ha servido para aumentar paro y precariedad laboral. Cabe recordar que es en los países donde se destruye menos empleo son aquellos donde el trabajador está más protegido, no al revés…

  1. Recuperación del impuesto de patrimonio vigente durante el mandato de ese socialdemócrata llamado Ansar y eliminado por el PSOE, que podría aportar 1.800 millones de euros.
  2. Recuperación del tipo máximo del IRPF vigente durante el mandato del socialdemócrata Ansar y que al grito de “bajar los impuestos es de izquierdas” aprobó ZP, de lo cual se podrían obtener 2.300 millones de euros.
  3. Recuperación de la normativa de impuesto de sociedades vigente durante el mandato del socialdemócrata Ansar, y que fue sometida a una poda en la misma reforma fiscal mencionada en el apartado anterior que, según informe del propio gobierno, permitiría obtener 8.100 millones de euros. Sin contar, eso sí, las rebajas que ha ido introduciendo posteriormente el gobierno.
  4. Recorte a la mitad de los 6.000 millones de euros de dinero público que anualmente recibe la iglesia católica, apostólica y romana, aumentados después del último acuerdo con el PSOE.
  5. Cancelación de la cada vez más impopular Misión de de Paz en Afganistán, que supone un coste de 400 millones de euros según comentaba esta semana el diputado Joan Herrera.
  6. Recuperación del impuesto de sucesiones vigente durante el mandato del socialdemócrata Ansar, que en sus buenos tiempos suponía más de 4.000 millones de euros.

Pero estas reformas en ningún caso revierten el pervertido actual estado de las cosas, un auténtico antiguo Régimen que derribar. Las propuestas realmente radicales consisten en la constitución de una nueva economía basada en los principios democráticos y humanistas, fundamentada por lo tanto en la figura empresarial de la cooperativa, que por cierto es la que ha crecido más durante la crisis:

  1. Soberanía alimentaria: cooperativas de producción y consumo (productos locales y ecológicos, sector que estos tiempos experimenta ya un gran crecimiento, hasta  en Estados Unidos)
  2. Independencia energética: cooperativas de producción energética (solar y minieólica) para comunidades pequeñas, uso de transportes alternativos (bicicleta) y fomento del transporte público
  3. Democracia directa y participativa: asambleas populares en cada barrio para decidir la agenda política y el uso de los presupuestos municipales (ejemplo de Porto Alegre). Tomar el poder a nivel local (Ayuntamientos) y dar expresión política a los movimientos cooperativos, construyendo un sistema auténticamente desde abajo
  4. Vivienda digna: Plantillas urbanísticas destinadas a fortalecer el tejido social, basadas en un modelo de barrio. Vivienda barata y libre de hipotecas, basado en el modelo de Cooperativas de Uso
  5. Información y cultura libres, basadas en el libre intercambio. Abolición de los mass media. Neutralidad de Internety constitución de un «microperiodismo de blogs». Mejor los directos que los enlatados.
  6. Banca ética, subordinada a los intereses de los ciudadanos y no al servicio de la oligarquía, como el Proyecto Fiare.

En suma, una nueva fase civilizatoria que supere el turbocapitalismo depredador. Como ya dijo Marx, el capitalismo es, tan sólo, una fase más en la historia humana, totalmente imprescindible para acometer una esencial modernización y democratización de nuestra sociedad, pero que debe ser superado: llega un momento (entre 10.000 y 13.000 dólares de renta) en qué riqueza y felicidad dejan de estar correlacionadas: ser más rico ya no nos hace más felices. El PIB americano se ha doblado desde los años cincuenta, pero la gente que se declara «feliz» siempre se mantiene en la misma proporción y la que se declara «muy feliz» incluso ha bajado». Se tiene que cambiar, porque el sistema es insostenible y ya no genera más felicidad. No hay alternativa. En plan más filosófico, es imperativo superar la omnipresente sociedad de masas actual, recuperar los valores humanistas e ilustrados que ya habitaban en el centro de nuestra cultura e introducir el valor de la cooperación, de la armonía social y con la naturaleza.

Repito: Túnez, 23 días. Egipto, 18 días. El poder del pueblo sí existe. Ahora nos toca a nosotros poner el contador de aquí a cero.

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Carl Jung y por qué parece que no escucho cuando me habláis, justificación filosófica [Second round]

10 enero 2011

Podríamos ponernos intelectualoides, gafas de pasta mediante, adoptar un tono snob y analizar literatura en mano las consecuencias chungas de la adoración de la razón técnica (de Apolo en detrimento de Dioniso): los sueños de la razón producen monstruos, los hijos totalitarios de la razón ilustrada, escuela de Frankfurt, Dialéctica de la Ilustración (de Horkheimer y Adorno), las distintas versiones que cada cultura ofrece de la inteligencia como instrumento, allí más técnica, allí más dionisíaca, allí más estilizada, de la inteligencia técnica como formidable instrumento evolutivo y su consiguiente adoración, etcétera. Pero no es lo que haremos, porque consistiría en hablar sobre la necesidad del pensamiento simbólico con un lenguaje lógico… Así que hablaremos de Tarot y Astrología.

Leer el Horóscopo en plan quémevaapasarhoy sería cometer el error de aproximarse a un contexto simbólico desde una mentalidad lógica. Ahora bien, lo mítico no tiene pretensiones predictivas ni de completitud – es muy fácil también producir explicaciones a posteriori siempre consistentes con el paradigma, nunca contradiciéndole, igual de fácil que predecir el tiempo que hizo ayer, por lo tanto no es científico porque en su esencia no puede pasar tests de falsación. El lenguaje simbólico es capaz de ir modelando el paradigma de un modo a veces demasiado plástico, cambiando según las circunstancias, para adaptarse a la realidad que intenta explicar. Pueden pasar esas cosas como aquella anécdota donde unos investigadores colgaron en el periódico la carta astral de un asesino en serie y pidieron que la gente que se identificar con ella contactara con ellos, llegando a las mil cartas… O que el Sol ya no pasa por Escorpio con la diligencia que lo hacía hace 2500 años… Cosas de la mecánica celeste. En todo caso, la principal potencia de lo simbólico es que despliega toda una serie de conceptos a nuestra disposición para profundizar en el autoconocimiento psicológico, tanto de nuestro individuo como de nuestro colectivo.

Carl Jung modernizó los arcaicos conceptos de los cuatro elementos en los que se agrupaban los doce símbolos del Zodiaco convirtiéndolos en las cuatro actividades esenciales del espíritu, definidas en oposiciones:

  • pensar (aire): Géminis, Libra, Acuario – el intelecto, cerebro, Apolo/Mercurio, la luz
  • sentir (agua): Cáncer, Escorpio, Piscis – empatía, sentimiento, corazón, Venus, el amor
  • intuir (fuego): Aries, Leo, Sagitario – el impulso, la pasión, estómago, Marte/Dioniso, la guerra
  • percibir (tierra): Tauro, Virgo, Capricornio – lo práctico y pragmático, las manos, la Tierra, el sentido común

que se pueden colocar en un círculo de cuatro cuartos, con las oposiciones (pensar/sentir y percibir/intuir) en diagonal. Así, cada uno tiene estas actividades más o menos activadas (desarrolladas) o bloqueadas según su lucidez y las circunstancias del momento. La Astrología, griega, maya, hindú o la que sea, intenta relacionar estos aspectos con la fecha de nacimiento del individuo, es decir, con la situación específica de los astros en el firmamento. Es totalmente lógico que se intentara establecer una relación con esto, ya que la esfera celeste es de los primeros objetos de la naturaleza que se pueden observar que ofrecen regularidades cíclicas. En todo caso, mejor ignorar el aspecto más «científico» del tema y centrarse en la interpretación psicológica de los resultados de una carta astral: pensar e intuir pertenecen a elementos más ligeros y corresponden a actividades más espirituales, mientras que sentir y percibir, de elementos más pesantes, corresponden a la relación que podamos tener con lo material… En los que tienen el aire dominante, el cerebro ejerce de filtro de la realidad al individuo. Los dominados por el sentimiento se lamentan de la dureza, la frialdad y el color gris de la realidad, demasiado cruel. La gente de tierra es pragmática, saben disfrutar de los placeres de la vida, son unos gourmets, tocan de pies al suelo. Disfrutan tan sólo con ir desarrollando las posibilidades de una parcela de la realidad ya dada y cerrada. Saben centrarse en lo que hay dentro de cuatro paredes bien definidas. Pero temen lo abierto.

En El inconsciente y sus complejos, Jung describe la personalidad intuitiva, el fuego, como esencialmente patológica: como un hombre que va sembrando semillas en la tierra pero, impaciente como es, va saltando a otras partes, a otras posibilidades, para seguir sembrando, pero nunca recoge los frutos que le va ofreciendo la vida. Así me sentía yo, que precisamente soy Aries y mi ascendente es Leo, fuego-fuego: nunca conseguía dejar huella en la arena mojada de la playa, hundir las manos en la tierra fértil, mi impaciencia me comía por dentro y me alejaba de la realidad, confinándome en una burbuja de gruesas paredes de chicle rosa… Pero cuatro paredes siempre fueron una cárcel para mi espíritu, que se perdía en las marañas de lo intelectual, eso sí, un mundo sin límites… La combinación de fuego, original, y aire, por influencia paterna, me lanzaba dentro de la cáscara de nuez donde Hamlet es rey… prisionero pero feliz con sus juegos de humo, alejándome de lo terrenal como un globo aerostático. De algún modo, conseguí liberarme, pero ahora, jugando justo sobre el límite del abismo, vivo siempre en estado crítico y a la vez siempre feliz.

El fuego es salvaje y puro impulso y total intensidad y frenético y sin control. Mientras que el agua rodea las cosas y las abraza, el fuego vive de consumir pedazos de realidad para convertirlos en cenizas y después saltar al siguiente y al siguiente y al siguiente. Es consumir por consumir, para poder seguir viviendo, vivir por vivir, atenazado por el miedo increíble a que un día se termine la madera que quema, el terror a una realidad cerrada, conquistar por conquistar, pura dinámica de poder. Cuando está metido en algo, ya está pensando en lo siguiente que puede hacer. ¿Dónde apuntar? Ése es el pathos de la intuición – Prometeo con las entrañas devoradas por el buitre.

No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, sino apura el recurso hacedero. Píndaro

Camus pinta bien el retrato del espíritu de fuego, el hombre absurdo, en El mito de Sísifo: para él, no hay mañana. Todo es pasión. Vive con todas las consecuencias. Pero corre sobre el abismo sin nunca profundizar. Vivir en la superficie es su condena. Para escapar de eso, tiene que aprender a activar su parte de tierra.

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¡A su izquierda, el mythos! ¡A su derecha, el logos! [First round]

7 enero 2011

En el cole, la primera lección de filosofía iba con el título: el paso del mito al logos. Y te explicaban cómo la Ilustración griega (Heráclito, Sócrates) había conseguido, muy felizmente, sustituir el concepto central del pensamiento griego hasta entonces, el mito, relato tradicional de acontecimientos prodigiosos, protagonizados por seres sobrenaturales o extraordinarios, tales como dioses, semidioses, héroes o monstruos (Wikipedia), elemento básico de la narrativa de un sistema religioso, por el de logos, pensamiento racional, crítico y ordenado. El paso del mito al logos sería, así, una beneficiosa transición del conocimiento análoga a la del Renacimiento, donde el espíritu científico se impuso a una visión religiosa, «oscurantista y supersticiosa». Ahora, una de las acepciones de mito es la de creencia popular extendida pero falsa.

Si Stavroguin cree, no cree que cree. Si Stavroguin no cree, no cree que no cree. Dostojevsky, Los demonios

El logos dio paso al pensamiento lógico, secuencial, binario sí/no, blanco/negro, sobre el cual se ha cimentado la civilización occidental y la Ilustración griegofrancesa que la ha engendrado. Se plantea como esencialmente superior al mito, clara, potente, una apisonadora cerebral y lingüística. Y todo lo que está fuera del lenguaje no existe. Pero entonces, el trágico personaje de Stavroguin, mentalmente encarcelado en su definición de su fe religiosa, si cree o si no cree, es que no es sólo eso, creo y a la vez no creo, sí y no y además todo lo contrario, ¿cómo puedo escapar de una simplista dialéctica ateísmo/creencia que es abiertamente insuficiente para mi espíritu? Mi misticismo va mucho más allá de definiciones verbales excluyentes. El pensamiento lógico, en su simpleza, lo reduce todo a oposiciones binarias que muchas veces son insuficientes para describir con toda potencia la realidad interna y externa en la que estamos sumergidos. ¡Todos somos Stavroguin!, aprisionados en peculiares sistemas de dos cajas o-estás-en-una-o-estás-en-la-otra. Fuera, está el océano simbólico.

El pensamiento simbólico no funciona para edificar formidables sistemas científicos de función descriptiva-predictiva, pero entraña la idea, esencial, de que la traducción de la realidad pura e infinita a cualquier lenguaje siempre conllevará pérdida de información. El lenguaje simbólico, por lo tanto, juega constantemente con aquello que no puede ser descrito verbalmente, que quizá conocemos pero que escapa de nuestra comprensión. El pensamiento simbólico, por lo tanto, se basa en aquello que aún no ha sido verbalizado y describe el amorfo vapor de ideas aún borrosas que todavía no se ha condensado en conceptos claros y bien definidos. Lo simbólico es juguetón, oscuro, evasivo, dinámico. Existe una profunda sabiduría sobre la naturaleza humana, insertada en los milenarios mitos y que nunca caducará: los mitos no son producto de mentes infantiloides incapaces de razonar. Sólo lo parecen cuando la mente que los juzga no sabe cómo interpretar el pensamiento simbólico.

Vaya, que es otra vez la nietzschiana lucha de Apolo contra Dioniso. Y tenemos a la civilización occidental fundamentada sobre valores apolíneos, que si bien molan, son totalmente insuficientes porque entrañan carencias esenciales del espíritu que aspira a la completitud. Es Ícaro que cae sobre el mar cuando se le funden las alas de cera quemadas por el Sol. Lo occidental es por lo tanto fundamentalmente cojo, y de esta cojera le ha venido su principal virtud, el insoportable carácter putero que le ha llevado a sodomizar culturas enteras, pero es que no sólo a culturas enteras, sino a elementos de nuestro propio espíritu. Las patológicas obsesiones por el crecimiento, el progreso y la técnica en general son sus consecuencias naturales. Asumir una asimetría entre logos y mythos fue nuestra particular expulsión del harmónico Paraíso, sí, qué cabronada, empecemos ya esta travesía del desierto, para después volver y esclavizar a los felices que quedaban desnudos correteando, maravillados por la belleza del mundo. La civilización occidental no tiene que experimentar tan sólo una reconversión energética, política y económica, sino también espiritual. Todo va en el pack.