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Oda a Mourinho

28 abril 2011

No deja de ser curioso que encontremos belleza en un trozo de lienzo, una pared pintada, una secuencia de sonidos, una lucha de gladiadores o en el fútbol. Es comprensible ver belleza en el cuerpo humano por razones psicobiológicas, pero ¿qué tiene que ver la Capilla Sixtina con la selección natural? ¿Por qué las pinturas de Michelangelo son capaces de desencadenar una tormenta de neurotransmisores de placer en nuestro cerebro? Quizá es porque, sumiéndonos en el estado anímico que nos dejan, aprendemos nuevas cosas, y así “mejoramos” y nos adaptamos mejor al medio en plan discípulos de Darwin. Ni idea, sólo una hipótesis, pero es que estrictamente un Rothko es tan sólo rectángulos de color y mira que es bonito.

En el fútbol sí se pueden establecer razonamientos más claros, porque las habilidades que se necesitan en el campo (agilidad, precisión en el lanzamiento a distancia, coordinación a nivel colectivo del grupo) son esencialmente las mismas que las empleadas cazando, principal actividad del macho durante el Paleolítico (un 95% de la historia humana, el periodo cuando se gestó nuestro cerebro). Uno vería belleza en el excelente empleo de estas habilidades. Vaya, el fútbol que practica el Barça, considerado unánimemente como “el mejor de la historia”. No sólo eso, sino que además el entrenador de la casa es todo un caballero, diplomático y respetuoso con los demás, autocrítico y obsesionado con el trabajo bien hecho, el esfuerzo, la disciplina, vaya, todo un conjunto de valores que un honrado trabajador, hombre de bien y fiel votante de Convergència se enorgullecería de poder transmitir a su hijo.

Todo esto sería motivo de auténtica emoción y lágrimas si detrás no hubiera un descomunal circo mediático-económico que representa el principal sustento de los medios de comunicación (Prisa, Mediapro), que a su vez se dedican a adoctrinar a los consumidores-votantes de la empresa ideológica-partido de turno, fundados en estas estrechas relaciones de simbiosis tan hispánicas entre González y Prisa, Zapatero y Mediapro, Aznar y Unidad Editorial, donde las victorias electorales determinan el ascenso de determinados grupos mediáticos… Si a eso le sumamos el patrocinio de las cervezas (claro, lo que se consume mirando el partido), alcohol que es aletargador y depresor, pues obtenemos que el fútbol es el opio del pueblo y pan y fútbol y etcétera, toda una industria futbolística sustentada por los espectadores-consumidores y que crea puestos de trabajo (según el modélico mercado de trabajo español) para honrados trabajadores como Eduardo Inda, Roncero, Bañeres o Lluís Canut. Pura economía productiva basada en el conocimiento. Nada nuevo bajo el sol. Zapatero aprobó los recortes al Estado de Bienestar más salvajes en democracia el día del debut de España en el Mundial. No hase falta desi nada más.

Con el habitual gregarismo del ser humano, siempre necesitado de filiaciones grupales, se entiende la dialéctica bélica, gladiadora, nacionalista y tribal que se emplea, un modo de unir al grupo contra un enemigo común, puro parroquialismo altruista (el eterno rival, etcétera). De hecho, desde este punto de vista el deporte es una sana vía de escape de lo que antes se iba para guerras y batallas. Ahora bien, en este contexto económico de crisis uno sólo puede tomárselo en coña, porque ahora los bancos que no sueltan créditos para las pymes ni patrás le dan unos millonajos de nada a Florentino para que pueda construir un equipo para simular que la Liga Española aún es competitiva y así todos menos nosotros puedan seguir ganando dinero.

Pero no íbamos a hablar de la receta de las sopas de ajo. En un extremo está la virtuosidad de Guardiola, alabada por todos pero lámpara de neón que atrae fatalmente a los seguidores como mosquitos y uno se olvida de lo mal que está el mundo. En el otro, está Mourinho, este personaje victimista y teatrero que con sus planteamientos ultradefensivos y broncos consigue terminar siempre los partidos con diez. Pero Mourinho no es el antifútbol, como han dicho tantos; al contrario, es precisamente la mejor definición del fútbol: un sano deporte ahora convertido en industria turbocapitalista y, como tal, obsesionado con los beneficios a corto plazo y por lo tanto, resultadista al máximo, independientemente de los métodos usados. Con sus habituales exageraciones fuera de tono en las declaraciones de prensa está, en el fondo, desenmascarando lo ridículos que pueden llegar a ser los discursos (por pretenciosos) que habitan en esta industria que no produce nada más real que nuestra alienación personal. Nos está diciendo que el emperador va desnudo.

Sacando las cosas un poco de quicio, Mourinho es más Rem Koolhaas que Santiago Calatrava. Los dos arquitectos plantean proyectos muy poco funcionales y que terminan con gigantescos sobrecostes, sí, pero Calatrava construye obras faraónicas destinadas a satisfacer el ego de políticos con pretensiones de estadista mundial y llenar los bolsillos de los constructores (normalmente todos amigos entre ellos, claro está), aunque incurra demasiado habitualmente en formas espectaculares pero totalmente inútiles para el usuario, sin ir más lejos como la cubierta de losetas de vidrio del puente de Zubi Zuri en Bilbao (ocasionando resbalones y caídas cuando llueve…), etcétera. Al contrario, Koolhaas es un arquitecto esencialmente postmoderno que con sus planos se ríe sarcástica y continuamente del ego del que le paga, seguramente obsesionado con obtener estatus social contratando a un arquitecto de prestigio. Koolhaas, como Mourinho, se ríe en la cara del emperador, repitiéndole de modo siempre más explícito que va desnudo, jugando al límite para ver cuándo despertamos de una vez.

De este modo, a veces uno piensa si, en pleno arrebato poético, la persona que hay detrás de este artificial personaje que es José Mourinho no es más que un secreto justiciero quijotesco que, sacrificándose él mismo cayendo tremendamente antipático, busca destruir el fútbol, hacerlo mortalmente aburrido y así eliminar el circenses de la ecuación que entonces adormecía al pueblo del Imperio Romano, para que nos terminemos planteado si realmente pasarnos cuatro horas semanales delante del televisor vale la pena y si no sería mejor apagarlo, coger un buen libro o ponerse a pintar, en suma, construir un mundo más creativo y con más espíritu emprendedor. Matando al fútbol, Mourinho está determinado en conseguir una sociedad mejor. Lo hace por nosotros.

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