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Lo confieso, no tengo afán de lucro

16 marzo 2011

Hace dos semanas colaboré en montar una fiesta de carnaval -el Carnaval de Bajtin– en un garito del Poble Espanyol que, según voces exigentes, fue bien molona. Resulta que la fiesta no era gratuita y mi estatus allí era entre accionista y agitador, a lo que siguió la pregunta: ¿cuál es mi motivación para esta fiesta? ¿El afán de lucro? ¿o montar una buena fiesta de disfraces en la que nos podamos divertir los amigos y que sea más o menos autofinanciada? Un buen anarcoliberal rápidamente respondería por mí: usted tiene afán de lucro y monta esta fiesta para ganar dinero, no se engañe; toda motivación es egoísta y esta fiesta no iba a ser la excepción. “Todos nos movemos por lo mismo; es la naturaleza humana”. Pero resulta que, oh dios (dinero), perdóname, lo confieso, no tengo afán de lucro; sinceramente, lo que me motivaba era sencillamente montar una fiesta para nosotros, quizá pecando de amateur, pero que hubiera buen rollo y buenos disfraces y no el mánager del Apolo o el Razzmatazz succionando nuestros ahorros a base de cubateo de garrafón y música igual de average desde su cómoda poltrona. Yendo a estos sitios uno se siente como en la fnac, el ikea o el zara, un número más, consumidor que va allí a ser consumido, parte del rebaño en busca de pienso. Se trata de ir más allá.

Parece que las opciones ideológicas de cada uno no son más que las prolongaciones de perfiles psicológicos. Según estudios que ahora no tengo aquí, la gente de derechas es (generalmente) menos empática y más individualista y miedosa, mientras que la gente de izquierdas es más confiada y con un sentido colectivista mayor. La gente de izquierdas tiende a excusar comportamientos chungos por temas de pobreza, familiares -de contexto- mientras que las derechas son más duras y apelan más a la responsabilidad individual. Por eso, los segundos tienden a exigir más dureza en el Código Penal, mientras que los primeros demandan solucionar estos problemas contextuales (esencialmente la desigualdad social) que evitarían muchos conflictos y muchas veces mediante el Estado de bienestar, obra magna del colectivismo. De allí emanan sus convicciones, su modelo de sociedad ideal, etcétera. En un paper sobre gestión de bosques en la tragedia de los comunes, se observan entre las diferentes comunidades proporciones variables de cooperadores, de individualistas (free-riders), etcétera. Así, existe una variabilidad de facto en los perfiles psicológicos que termina generando diversidad ideológica, que a su vez garantizaría la cohesión social a la vez que potencial para evolucionar. Y es que la variabilidad es una característica esencial que se da en los sistemas evolutivos, ya lo dijo Darwin, porque la selección –social– obviamente no puede operar sobre arquetipos homogéneos. Siguiendo esta hipótesis…, sería necesaria una fracción social de gente conservadora para garantizar la robustez y sostenibilidad del sistema, mientras que una fracción social más progresista exigiría continuamente mejoras y cambios en el sistema, de hecho precisamente para profundizar en su misma sostenibilidad. Son roles sociales que tienen una finalidad específica y que sí, que nos tocan llevar a cabo.

En todo caso, todo este rollo paracientífico venía a cuento de lo cabronazo del especialista en márketing que suelta un suspiro, arquea las cejas y dice, lapidariamente: “al fin y al cabo, le guste a la gente o no, se trata de VENDER” con este ácido regusto a “esto es lo que hay, simplemente estoy siendo realista“, pero que en el fondo tan sólo consiste en imponer una determinada visión sobre las relaciones humanas de las que es totalmente lícito disentir. Aparte de lo absurdo del legustealagenteono (porque precisamente se trata de esto, de que le guste a la gente y vivamos felices y comamos perdices), que recuerda al tío que dijo hablando de Japón “afortunadamente, el coste económico del tsunami es mucho menor que el coste en vidas humanas”, cuando bueno, es que se trata de que la gente viva; si realmente soy realista, nos daremos cuenta de que hay otras visiones de la estrictamente mercantilista, otro tipo de perfiles psicológicos diferentes del tiburón de las finanzas, otro tipo de preferencias personales -legítimas- en las que el afán de lucro no es prioritario. En el fondo, en este hipermercantilismo reside un espíritu profundamente totalitario -sí, totalitario, ¡como Stalin!- que impone una determinada visión de las cosas, y la sociedad se construye en función de este pensamiento único y la verdad es que se construye… mal.

En ésas estamos que teóricos como Serge Latouche (decrecimiento) piden recapitular y hacer un inventario de lo que realmente necesitamos y queremos y lo que no, y calcular los datos económicos como el PIB en función de este inventario y no de criterios estrictamente economicistas que toda la sociedad obviamente no tiene que compartir. Se trata de cambiar el imaginario colectivo.

 

3 comentarios

  1. Parlant de fuets i botifarres i altres tipus d’embotits:
    a mode de bona nit una foto imperdible, premis sentit comú amb Joana Ortega presidint-ho:
    http://www.lavanguardia.es/fotos/20110314/54126675975/foto-de-familia-de-los-ganadores-del-premio-sentit-comu-junto-con-la-vicepresidenta-del-govern.html


  2. ¡Excelente post! ¡Cambiemos el imaginario colectivo! Nada más un breve comentario resecto a lo que diría el narcoliberal ante tu falta de afán de lucro. El afán de lucro no sólo debe ser monetario, es económico en todo el sentido de la palabra. Puede que no estés ganando dinero con organizar la fiesta, pero estás disfrutando y por lo tanto, estás haciendo una decisión económica con sentido. Tú estás invirtiendo en la fiesta, para disfrutar tú y que disfruten los demás, cosa que también te da gusto a ti. Otra cosa sería que invirtieras en pasar un mal tiempo y eso sí lo considerarían una decisión económica sin sentido. El liberalismo está basado en que tú hagas las cosas que te hagan sentir bien y en ese sentido no tiene nada de malo. El problema del sistema es que para lograrlo debes pasar por encima de otros.


  3. ¡Gracias, Tona! La cuestión es que la definición del altruismo como “aquella actitud que beneficia a los otros perjudicándose a uno mismo” me parece más bien la definición de estupidez. A mí me mola la actitud cooperativa, es decir, “beneficiarse uno mismo beneficiando a los otros”.



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