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Sin fuerza, no hay derecho: ¿es capitalismo ley de la selva?

9 marzo 2011

Decíamos en el post anterior que, sin la fuerza que daba el espectro del comunismo soviético y el miedo a las crisis sistémicas (1929, 2008), el Estado socialdemócrata es incapaz de fiscalizar el capital (en España la economía en negro es el 17% del PIB), de tasar las transacciones financieras (ATTAC, tasa Tobin), de perseguir los paraísos fiscales, vaya, en resumen, de aplicar el principio socialdemócrata de la progresividad fiscal (also known as el Robin Hood). La dura espada con la que Tony Judt y demás socialdemócratas defendían el pacto social ha perdido filo; el Estado se ha vuelto inútil (como mínimo) y el instrumento explotador del capital (como máximo). Así, desde Thatcher y Reagan que el principio de Robin Hood se ha invertido en un pervertido mecanismo que no tiene nada de liberal pero sí de ladrón que ha terminado convirtiéndose en “privatizar beneficios, socializar las pérdidas”, además de reducir los impuestos a los más ricos hasta que no paguen nada al Estado y concentrar la recaudación sobre la clase media, con la excusa de que tasar al capital reduce la creación de riqueza, que el mercado se encarga de distribuir. Pero no hay evidencia empírica de esta redistribución de la riqueza a cargo del mercado.

En todo caso, una buena pregunta es: ¿qué hacer cuando los que se encargan de los fundamentos del sistema los han corroído hasta el riesgo de catástrofe? La respuesta lógica sería castigar a los culpables pero reforzar los fundamentos. Pero en el sistema real los reguladores y los regulados en Wall Street se entremezclan de modo casi simbiótico, de modo que los culpables siempre se van de rositas. ¿Es acaso esta simbiosis propia del sistema? Según la teoría marxista, la acumulación espontánea de capital genera oligopolios que terminan corrompiendo al poder político.

“Everything’s fucked up, and nobody goes to jail,” he said. “That’s your whole story right there. Hell, you don’t even have to write the rest of it. Just write that.”
Why Isn’t Wall Street in Jail, Matt Taibbi

El segundo punto es reforzar los fundamentos, pero en este caso estamos aplicando la socialización de las pérdidas… La teoría liberal exige dejar caer estas columnas que sostienen al sistema, es decir, dejar actuar al principio de la selección económica, porque al fin y al cabo la destrucción capitalista es creativa. Pero la destrucción creativa del capitalismo no es más que un eufemismo de las crisis sistémicas, que generan víctimas inocentes que no deben pagar por ellas. ¿Estas crisis sistémicas, que seleccionan a las mejores empresas, valen la pena? La teoría liberal se basa en la eficiencia natural de la selección económica (un buen e interesante sucedáneo de la selección natural), pero impone de facto una ley de la selva en el mercado; la burbuja inmobiliaria, ¿valió la pena? Los miles de desahucios diarios en España posteriores, ¿valen la pena? La creación artificial de demanda (obsolescencia programada), ¿vale la pena? La desaparición de la sociedad de la Isla de Pascua, ¿valió la pena? Precisamente, la sociedad tendría que ser la alternativa a la ley de la selva, no su principal producto. ¿Qué hacer, entonces, con las personas mayores –inútiles desde un punto de vista económico-, por ejemplo, el cuidado de las cuales es un deber moral de la sociedad? ¿Qué hacer cuando la acumulación exponencial de riqueza lleva a la tragedia de los comunes, esto es, la extinción de recursos naturales fundamentales para la supervivencia de la sociedad (ejem, petróleo, ejem, oil peak)?

Resumiendo, la planificación central soviética acarrea ineficiencia y corrupción. El liberalismo acarrea crisis sistémicas, ley de la selva y tragedia de los comunes. Y la solución híbrida, la socialdemocracia, corrupción de los reguladores y oligopolios de los regulados. Quizá serán mis propios prejuicios, pero cada vez que escucho los discursos neoliberales, más que visualizar el libre intercambio de bienes entre agentes económicos más o menos iguales que nos prometen (y que sería tan deseable), me imagino una sociedad neofeudal donde los señores feudales que se encargan de la seguridad y otros servicios públicos son los jefes de los oligopolios. Empíricamente, a esto tendimos, sea la culpa de quién sea.

Y no es buena ni deseable la existencia de un gran capital únicamente motivado por el afán de lucro -el Big Brother moderno-, porque los trabajadores sin organizarse son incapaces de contrarrestar su inmenso poder. El derecho sólo tiene sentido cuando se da de hecho un equilibrio de poderes; un paisaje multipolar de fuerzas. Sin fuerza para imponerlo, no hay derecho. Por eso ni el genocidio de Vietnam ni los especuladores de Wall Street han sido juzgados. Por eso el Estado socialdemócrata se revela ahora totalmente inútil. Sinceramente, yo no quiero vivir en un mundo donde la ley de la selva económica sustituya a la selva propiamente dicha. La sociedad está por encima de eso – la sociedad nació para estar por encima de eso.

Desde mi punto de vista, el problema radica en la gran escala de las sociedades modernas, que nos convierte en meros números y disuelve los atributos de persona; la primera Constitución efectiva de España, la de 1835, se promulgó y dispuso unas instituciones políticas para una población de 12 millones de habitantes. Ahora, somos 50 millones y los medios para comunicarnos, para organizarnos políticamente y económicamente, parecen totalmente superados para su función democrática y sólo sirven para la sociedad de masas. Precisamente, son las sociedades más pequeñas (Estados escandinavos, por ejemplo), donde la democracia es mucho más robusta, la población participa en la agenda política y las instituciones son más transparentes. No es que defienda el retorno al localismo como solución a nuestros problemas, pero sí es necesario el conocimiento de la construcción en capas de la sociedad, de cómo se puede organizar en red alrededor de diversos nodos interactuando entre sí, un tipo de municipalismo de tipo federal pero con vocación global.

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