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La libertad, nuestra condena [Tercer Round, el adversario pega fuerte]

18 febrero 2011

Perls [el fundador de la Gestalt] trataba de enseñar a sus pacientes, discípulos y clientes de Esalen a vivir el Ahora, el presente, a tomar conciencia del cuerpo y de toda la información aportada por los sentidos, a arrinconar los miedos y aprehender el instante presente. Uno de los ejercicios era el Viaje del Ahora, en el que uno trata de registrar la información aportada por los sentidos en el instante presente. Uno hace una rápida serie de manifestaciones en las que entra la palabra “ahora”: “ahora siento que el viento refresca el sudor de mi frente…; ahora oigo un autobús que sube en segunda por el camino de entrada…; ahora me llega un disco de los Beatles a través de un altavoz…”.

¿Un autobús? ¿Un disco de los Beatles? Han llegado los Bromistas, señores Viajeros del Ahora.

Tom Wolfe, Ponche de ácido lisérgico

¡Aquí y ahora! ¡Aquí y ahora! ¡Aquí y ahora! ¿Pero es que acaso confundís el carpediem con el vivir la nada, el hedonismo del turbocapital, visitar sin más pequeños puntos de luz demasiado pálida en la infinitud negra del espacio, como aquel ciego que se cree rey y busca su corona con las manos temblorosas metidas en el fango? Eso no es el carpediem del jardín, en absoluto. Es huir. ¡Escapar! Demasiado obsesionados con desarrollar con máxima intensidad el potencial de las cosas, el futuro nos secuestra y simplemente nos dedicamos a acelerar nuestra muerte.

Les di vanas esperanzas – Prometeo, encadenado

Siempre ir a más, crecer por crecer – en el fondo, es tan humano. Es lo que nos define. Según el mito, es Prometeo -etimológicamente aquél que ve más allá– quién nos dio la luz a la humanidad. La lucidez de intuir un futuro y unas consecuencias a nuestras acciones. La capacidad de nuestro cerebro de planificar y predecir. La libertad, que es también nuestra condena.

Sólo poseen los lóbulos prefrontales de forma desarrollada los animales más complejos, como los vertebrados y en especial los homínidos. Son el sustrato anatómico para las funciones ejecutivas, aquellas que nos permiten dirigir nuestra conducta hacia un fin y comprenden la atención, planificación, secuenciación y reorientación sobre nuestros actos.

Pero ¿no es, quizá, esta misma capacidad de ver más allá -la conciencia, la libertad- ese futuro que nos arrebata el presente? En verdad se trata de interiorizar el caminante, no hay camino – se hace camino al andar. Eso Prometeo no lo consigue y es el intelecto, la mente, el cerebro, Zeus, que lo condena a él, precisamente a él, que fue esencial en su victoria sobre los Titanes, y lo ata a una roca del Cáucaso, la tierra estéril, donde un buitre, la versión corrupta del águila, por lo tanto símbolo del poder mal entendido, le come las entrañas, eso es el ego, cada día. El sueño de la Ilustración era colocar el Intelecto en lo más alto y triunfante –piensoluegoexisto, la civilización cerebral-, porque precisamente era la inteligencia técnica -un gran desarrollo de nuestros lóbulos prefrontales- lo que nos había convertido a los hombres en formidables productos de la evolución biológica. Pero los sueños de la Ilustración producen monstruos, como intuye Ícaro en su caída, otro que intenta llegar al Sol -Zeus- con instrumentos claramente insuficientes. Para llegar al Sol, hay que comprender. Hay que ser lúcido.

En la trilogía de Ésquilo, sólo se conserva completa la obra de Prometeo, encadenado y sólo sobreviven algunos fragmentos de Prometeo, liberado, donde el Titán entiende que las cadenas que lo encadenan son imaginarios productos de su mente sin luz; entonces desaparecen. La última pieza es Prometeo, portador del fuego, el retorno del titán, ahora con el espíritu unificado y lúcido, portador del secreto que puede causar la caída de Zeus pero esta vez reconciliado con él, de ese modo integrado mar, tierra, aire y fuego – pero ya no queda nada de esa obra – quizá porque nos toca a nosotros reescribirla / asumir la luz del fuego / integrar la armonía elemental.

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