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La revolución… ¿verde?

7 febrero 2011

Entre los años cuarenta y setenta, la agricultura experimentó enormes cambios, sobre todo en los países en vías de desarrollo: se mecanizó y se introdujeron variedades muy productivas, además de fertilizantes, pesticidas y herbicidas, resultando en una maximización de la producción – el arroz moderno podía llegar a ser diez veces más productivo que el tradicional. La llamada revolución verde salvó al subcontinente indio de una hambruna salvaje y salvó la vida a muchas generaciones. Beneficios de la modernidad y el progreso – los defensores de la agricultura ecológica tendrían que tener eso en cuenta.

Algunos de los grupos de presión ambiental de las naciones occidentales son la sal de la tierra, pero muchos de ellos son elitistas. Nunca han experimentado la sensación física de hambre. Ellos hacen su trabajo de lobbies desde cómodas suites de oficina en Washington o Bruselas … Si vivieran sólo un mes en medio de la miseria del mundo en desarrollo, como yo durante cincuenta años, clamarían por tractores y fertilizantes y canales de riego y se indignarían de regreso a casa que elitistas cool tratando de negar estas cosas.  Norman Borlaug

¿Pero la revolución verde… es verde?  Desde principios del siglo veinte, la productividad por hectárea se ha cuadruplicado, pero la energía necesaria para la maquinaria, bombas de irrigación y producción de fertilizante ha aumentado ochenta veces. Un producto típico recorre 2400 kilómetros desde su producción hasta dónde se consume. Es un gasto energético enorme que se ha pasado por alto momentáneamente gracias al bajo precio del petróleo y el gas natural, pero en breve la agricultura moderna se volverá insostenible. Al mismo tiempo, la industrialización de la agricultura, dirigida por el principio del máximo beneficio, ha conllevado efectos secundarios bastante chungos, como la propagación de nuevas enfermedades, aumento de las alergias y la esterilidad y serios desequilibrios en la dieta, con pocas empresas que controlan el mercado y el poder político que teóricamente tendría que controlarlas a ellas. El consumidor se encuentra, entonces, indefenso. El documental Food Inc., que os podéis bajar aquí, ya lo explica todo, con las contradicciones de un sistema que con tal de maximizar beneficios ofrece productos basura (sólo hay que fijarse en el “producto terminado” de la principal productora americana de hamburguesas, lavado a base de cloro, sí, el cloro de las piscinas) fuertemente subvencionados por el poder político y con un alto coste energético.

Pero entonces, ¿el paso a un sistema de producción de alimentos más local (huertos urbanos, cooperativas de consumo), biológico y ecológico, que ahora parece esencial, no es acaso una renuncia al progreso que alimentó a millones de bocas el pasado siglo? ¿No es quizá renunciar a la modernidad desvincular la producción económica del principio del máximo beneficio y así acoplar producción y consumo de modo responsable? Estos cambios en la estructura de producción, vitales para asegurar la sostenibilidad del sistema y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, pueden conllevar lo que un capitalista más teme: no pérdida de bienestar, sino pérdida de competitividad y de innovación tecnológica. Lo que se está convirtiendo en la auténtica revolución verde es un rechazo categórico a los fundamentos del libre mercado. No es nada tonto. ¿Estamos dispuestos, así, a llevarla a cabo?

4 comentarios

  1. Estimado Parvulesco:
    Tienes toda la razón al señalar que mucha gente olvida los beneficios que brindó y sigue brindando el avance tecnológico. También olvidan que el mentado avance tecnológico probablemente no se habría dado a la velocidad que se ha dado si no fuera porque surgió a la par del libre mercado. La revolución industrial nos trajo beneficios inimaginables, pero también nos ha traído hasta aquí, a una situación evidentemente desfavorable para la mayoría de la población humana.
    El problema del capitalismo a saco y del libre mercado globalizado es que no todos partimos del mismo lugar y que aunque lo hiciéramos, el libre mercado se nutre de la desigualdad. Todos sabemos que hay gente buena en x, o buena en y, o súmamente capaz en esto o en lo otro y el libre mercado promueve que cada quien se dedique a lo que más provecho le dé a él mismo. El problema con esto es que mucha gente piensa de verdad que “él mismo” significa estrictamente “él mismo” y no piensa en sus semejantes, ni en las generaciones del porvenir.
    Pero regresando al tema principal, de ninguna manera creo que regresar a un sistema de producción agrícola local y ecológico sea un retroceso y una renuncia al progreso. El planteamiento generalizado de aquéllos que apoyamos este tipo de agricultura (hay excepciones y exageraciones como siempre) no es dejar de usar tractores o mangueras o invernaderos o tijeras. Se trata simplemente de aprovechar de forma más inteligente la tierra y pensar que de nada me sirve cosechar 200 kilos de manzanas si la mitad se va a echar a perder. El esquema de agricultura promovido por grandes empresas como Monsanto no es sacar el máximo provecho para todos sino para unos cuantos. Y esto me lleva a tu otra pregunta: “¿No es quizá renunciar a la modernidad desvincular la producción económica del principio del máximo beneficio y así acoplar producción y consumo de modo responsable?” Mi respuesta es que es justamente lo contrario: la verdadera modernidad consiste en percatarnos de que el máximo beneficio debe ser de todos y no sólo de uno mismo. El máximo beneficio personal, fundamento del libre mercado, es el verdadero lastre. Nos educaron dejándonos claro que el beneficio personal debía ser nuestro objetivo y ahí está la raíz del problema.
    Los capitalistas neoliberales están convencidos de que un cambio en el sistema acarraería pérdida de competitividad y desaceleración del avance tecnológico. Yo estoy de acuerdo, pero pienso que ahora no es eso lo que necesitamos. Ya hemos avanzado lo suficiente como para poder satisfacer más necesidades de las que tenemos. Es hora de parar y retomar el camino. Yo estoy dispuesto. ¿Y tú?
    Tona Goira


  2. Totalmente de acuerdo, Tona. El capitalismo tiene que plantearse como una fase de la sociedad en la que ésta primero se moderniza y después se democratiza. Ahora bien, llegado el momento, tiene que pasarse a la siguiente fase, donde el máximo beneficio deja paso a valores como el humanismo, sostenibilidad y sentido de la existencia. Pero para llevar a cabo esta transición se tienen que demostrar las ventajas del sistema respecto el viejo (que para mí son claras) a la mayoría de la población y tener en cuenta que sistemas que no rigen por el libre mercado como la URSS, cooperativas como Mondragón o los kibbutz han colapsado o cambiado al capitalismo… No lo planteo como aguafiestas, sino que la presentación de alternativas tiene que ser sólida.


  3. T’ENYRORO PUTILLA
    BIG LOVE FORM PORTO


  4. Para los planes de agricultura del generalísimo antes de ser asesinado en 1953, vease “Stalin el desconocido” de Editorial Crítica. Ecologismo socialista del bueno.



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