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El discurso del rey

3 febrero 2011

Ay qué miedo me da

Ahora que se está liando parda en una ex colonia de su extinto Imperio, a ver cómo termina esto, se veía de entrada que al ver The King’s Speech uno tenía que obviar el obvio carácter chungo de la Commonwealth del Reino Unido, un país que traficó en el siglo XIX activamente con opio para drogar a una población de 150 millones de chinos yonquis o que sodomizó -digamos colonizó- de un modo u otro a una cuarta parte de la población mundial, sin ir más lejos. Y es que precisamente en la Segunda Guerra Mundial, marco temporal de la película, de los once millones de hombres que Inglaterra movilizó, seis millones eran británicos y cinco de las colonias, estos últimos frecuentemente movilizados a la fuerza y además tratados como seres inferiores, el sacrificio de los cuales no iba a merecer ningún tipo de reconocimiento póstumo: así que al final en la IIGM hubo los vencedores, los vencidos y los negros, moros e indios. No está de más recordarlo.

Pero la película no tiene nada que ver con esto: primero de todo, es muy buena, cuando uno se olvida de lo mencionado; presenta una historia compacta y sencilla de planteamiento-nudo-desenlace, con quizá algun tópico pero original, sin muchas complicaciones narrativas pero muy consistente a la vez, esencialmente británica. Británica a ultranza porque se basa fundamentalmente en el fino, preciso y exacto trabajo de los actores, grande Geoffrey Rush y grandísimo Colin Firth (y olé tú Helena Bonham-Carter, pero eso ya son filias personales), y de una dirección muy cuidada y elegante, con la cámara que con sus encuadres te está diciendo continuamente Dr Livingstone, I presume. Porque es increíblemente genial la imagen, justo después de que Firth se intente enfrentar a su hermano por querer casarse con una divorciada, de ver al futuro rey sin aliento, aguantándose torpemente en primer plano a la izquierda, y en el fondo la fiesta que continúa con el hermano que acaba de ridiculizar al protagonista. A la cámara se le da una función narrativa que cumple pulcramente y exagera brillantemente la potencia dramática de la historia.

Precisamente estamos delante del pequeño drama de un hombre que lucha por superar su tartamudez, pero que se proyecta en el drama a gran escala de un líder de toda una nación que luchará por superar el nazismo, probándose a sí mismo y a sí mismos en el proceso. Es especial cuando después de ver grabada la ceremonia de coronación, aparece en las noticias un mitin de Hitler y Firth dice, como hablando del que sabe ya su enemigo: No sé lo que dice, pero parece que lo hace bien. Así que es magistral cómo, en su sencillez, se traza el paralelismo entre estas dos escalas, la humana y la nacional, las dos centradas en la figura del rey. Es el rey que tiene que enfrentarse a sí mismo al pronunciar el discurso final, armarse de valor y dar un paso adelante, como los británicos en la resistencia de la única democracia europea en pie al fascismo, en lo que se convertiría en un icono nacional, como lo es Churchill, el Premier de la guerra.

En un momento de la película, George VI se pregunta, desesperado: “¿qué tipo de poder tengo yo? ¡No puedo declarar la guerra, ni disolver al Gobierno, ni formarlo! ¿Y es que qué tipo de poder puede tener el rey de una monarquía parlamentaria? Sólo un poder simbólico, pero de gran calado, que une a todos los británicos bajo unos valores de los que se sienten orgullosos -su valerosa resistencia al fascismo-, del que ahora, ocaso de Occidente, es probable que se sientan huérfanos. El olvido de los hechos de carácter político y las imprecisiones históricas, como la seducción del hermano mayor por el nazismo o el fracaso de la política de apaciguamiento de Chamberlain, son lo de menos. Al margen de discusiones republicanas, lo importante es el retrato fílmico de un hombre que se enfrenta al reto de liderar a su comunidad en momentos que sabe muy difíciles. Algo que, como podemos ver actualmente en su ex colonia, es esencial en la vida humana.

2 comentarios

  1. Habrá que verla, revisitar la historia y fumar en el cine. Of course.

    Abrazos,

    VD


  2. Mira que no et feia jo tant monàrquic. Jo, un republicà de tota la vida, també pateixo de monarcofilia transitòria; sobretot amb pel·lícules com aquestes o quan escolto Manowar.



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