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Coda: ¿quién vigila a los vigilantes?

13 enero 2011

Los pensadores liberales del siglo XIX estaban obsesionados con evitar la tiranía del gobierno a toda costa – aunque éste fuera democrático. Su concepción (de tradición anglosajona) de la sociedad pasaba por una compleja maraña de interrelaciones de poder, luchando entre sí, dinámicas, compensándose y en este delicado equilibrio residía el orden y el progreso social: el hombre nacía libre y el derecho servía para restringir esta libertad en casos excepcionales para garantizar la libertad de sus compañeros. La ley por lo tanto tenía que ser mínima, igual que el poder del gobierno. La ciudadanía tiene que erigirse en contrapoder crítico duro de pelar, vigilando de cerquísima las líneas rojas que dibuja la Constitución, porque a la mínima que aparte la vista el gobierno lo aprovechará para cruzarlas. Este pensamiento reside en el mismo corazón de Estados Unidos; los valores republicanos, su individualismo irreductible, su agresividad en lo social y económico y en las relaciones internacionales, su imperialismo. En este contexto son compatibles la libertad de palabra, Primera Enmienda, y el derecho a llevar armas, Segunda Enmienda de la Constitución Americana: el pueblo que vigila el gobierno. Estados Unidos practica el imperialismo porque no existe ningún contrapoder – China, quizá, que ya plantea un escenario multipolar.

If we don't, who watches the Watchmen?

Personalmente, a mí no me mola mucho este paradigma tan americano de la sociedad como una selva donde todos luchan contra todos – el sueño americano equivale a coronarse rey León. Pero también es cierto que la concepción europea de la sociedad, más socialdemócrata, como un barco donde estamos todos juntos y el capitán marca cierto rumbo que todos tendríamos que seguir más o menos (y por lo tanto reservándose el derecho a decirme lo que debo o no debo hacer), ha generado totalitarismos, como ya veía Tocqueville en la Revolución Francesa. Pero el modelo americano termina siendo el de una sociedad desbocada que trabaja por trabajar y crece por crecer, hasta el infinito y más allá, sin más dirección que ir un poco más allá. Oséase, el turbocapitalismo.

Se tiene que optar por un modelo híbrido de sociedad – y adaptarlo a la cultura autóctona, como hicieron los rusos con el comunismo, los americanos con el liberalismo y los chinos con esta extraña fusión postmoderna de libremercado y planificación central. Un sistema se construye sobre valores fundamentales y se adapta a la cultura propia de la zona. En este caso la española, que bajo el paradigma americano produce paro crónico, nula cultura emprendedora, nefasta cultura empresarial, atomización social, desinterés por lo común, fraude fiscal legal e ilegal a gran escala, economía sumergida. Y esto vale para todos los países mediterráneos.

En todo caso, sobre ayer: en el escenario de ETA, se plantea como si hubiera una lucha entre dos bandos, ETA y Estado. Pero no hay dos bandos, sino tres – también está la ciudadanía, que no sólo asiste harta a las chaladuras de ETA, sino que también ¿pasivamente? a las violaciones de DDHH y garantías democráticas que comete sistemáticamente el Estado. Como se intenta plantear, ¿es ésta una cuestión de que las reivindicaciones políticas se tienen que plantear pacíficamente y no con las armas? En absoluto: simultáneamente, hemos presenciado el fracaso del Estatut, que, éste sí, planteaba pacíficamente sus reivindicaciones de más autogobierno, pero se dijo no hay debate, la cuestión no es pertinente, ninguna reforma estructural es necesaria, igual que siempre se ha negado que hubiera una cuestión política en el conflicto vasco. El Estado no plantea la necesidad de un debate público y pacífico sobre la reforma de sus propias estructuras – se plantea la necesidad de someterse a su autoridad.

Pero una democracia no tiene súbditos – sino ciudadanos. Si no lo hacemos nosotros, ¿quién vigilará a los vigilantes?

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