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Carl Jung y por qué parece que no escucho cuando me habláis, justificación filosófica [Second round]

10 enero 2011

Podríamos ponernos intelectualoides, gafas de pasta mediante, adoptar un tono snob y analizar literatura en mano las consecuencias chungas de la adoración de la razón técnica (de Apolo en detrimento de Dioniso): los sueños de la razón producen monstruos, los hijos totalitarios de la razón ilustrada, escuela de Frankfurt, Dialéctica de la Ilustración (de Horkheimer y Adorno), las distintas versiones que cada cultura ofrece de la inteligencia como instrumento, allí más técnica, allí más dionisíaca, allí más estilizada, de la inteligencia técnica como formidable instrumento evolutivo y su consiguiente adoración, etcétera. Pero no es lo que haremos, porque consistiría en hablar sobre la necesidad del pensamiento simbólico con un lenguaje lógico… Así que hablaremos de Tarot y Astrología.

Leer el Horóscopo en plan quémevaapasarhoy sería cometer el error de aproximarse a un contexto simbólico desde una mentalidad lógica. Ahora bien, lo mítico no tiene pretensiones predictivas ni de completitud – es muy fácil también producir explicaciones a posteriori siempre consistentes con el paradigma, nunca contradiciéndole, igual de fácil que predecir el tiempo que hizo ayer, por lo tanto no es científico porque en su esencia no puede pasar tests de falsación. El lenguaje simbólico es capaz de ir modelando el paradigma de un modo a veces demasiado plástico, cambiando según las circunstancias, para adaptarse a la realidad que intenta explicar. Pueden pasar esas cosas como aquella anécdota donde unos investigadores colgaron en el periódico la carta astral de un asesino en serie y pidieron que la gente que se identificar con ella contactara con ellos, llegando a las mil cartas… O que el Sol ya no pasa por Escorpio con la diligencia que lo hacía hace 2500 años… Cosas de la mecánica celeste. En todo caso, la principal potencia de lo simbólico es que despliega toda una serie de conceptos a nuestra disposición para profundizar en el autoconocimiento psicológico, tanto de nuestro individuo como de nuestro colectivo.

Carl Jung modernizó los arcaicos conceptos de los cuatro elementos en los que se agrupaban los doce símbolos del Zodiaco convirtiéndolos en las cuatro actividades esenciales del espíritu, definidas en oposiciones:

  • pensar (aire): Géminis, Libra, Acuario – el intelecto, cerebro, Apolo/Mercurio, la luz
  • sentir (agua): Cáncer, Escorpio, Piscis – empatía, sentimiento, corazón, Venus, el amor
  • intuir (fuego): Aries, Leo, Sagitario – el impulso, la pasión, estómago, Marte/Dioniso, la guerra
  • percibir (tierra): Tauro, Virgo, Capricornio – lo práctico y pragmático, las manos, la Tierra, el sentido común

que se pueden colocar en un círculo de cuatro cuartos, con las oposiciones (pensar/sentir y percibir/intuir) en diagonal. Así, cada uno tiene estas actividades más o menos activadas (desarrolladas) o bloqueadas según su lucidez y las circunstancias del momento. La Astrología, griega, maya, hindú o la que sea, intenta relacionar estos aspectos con la fecha de nacimiento del individuo, es decir, con la situación específica de los astros en el firmamento. Es totalmente lógico que se intentara establecer una relación con esto, ya que la esfera celeste es de los primeros objetos de la naturaleza que se pueden observar que ofrecen regularidades cíclicas. En todo caso, mejor ignorar el aspecto más “científico” del tema y centrarse en la interpretación psicológica de los resultados de una carta astral: pensar e intuir pertenecen a elementos más ligeros y corresponden a actividades más espirituales, mientras que sentir y percibir, de elementos más pesantes, corresponden a la relación que podamos tener con lo material… En los que tienen el aire dominante, el cerebro ejerce de filtro de la realidad al individuo. Los dominados por el sentimiento se lamentan de la dureza, la frialdad y el color gris de la realidad, demasiado cruel. La gente de tierra es pragmática, saben disfrutar de los placeres de la vida, son unos gourmets, tocan de pies al suelo. Disfrutan tan sólo con ir desarrollando las posibilidades de una parcela de la realidad ya dada y cerrada. Saben centrarse en lo que hay dentro de cuatro paredes bien definidas. Pero temen lo abierto.

En El inconsciente y sus complejos, Jung describe la personalidad intuitiva, el fuego, como esencialmente patológica: como un hombre que va sembrando semillas en la tierra pero, impaciente como es, va saltando a otras partes, a otras posibilidades, para seguir sembrando, pero nunca recoge los frutos que le va ofreciendo la vida. Así me sentía yo, que precisamente soy Aries y mi ascendente es Leo, fuego-fuego: nunca conseguía dejar huella en la arena mojada de la playa, hundir las manos en la tierra fértil, mi impaciencia me comía por dentro y me alejaba de la realidad, confinándome en una burbuja de gruesas paredes de chicle rosa… Pero cuatro paredes siempre fueron una cárcel para mi espíritu, que se perdía en las marañas de lo intelectual, eso sí, un mundo sin límites… La combinación de fuego, original, y aire, por influencia paterna, me lanzaba dentro de la cáscara de nuez donde Hamlet es rey… prisionero pero feliz con sus juegos de humo, alejándome de lo terrenal como un globo aerostático. De algún modo, conseguí liberarme, pero ahora, jugando justo sobre el límite del abismo, vivo siempre en estado crítico y a la vez siempre feliz.

El fuego es salvaje y puro impulso y total intensidad y frenético y sin control. Mientras que el agua rodea las cosas y las abraza, el fuego vive de consumir pedazos de realidad para convertirlos en cenizas y después saltar al siguiente y al siguiente y al siguiente. Es consumir por consumir, para poder seguir viviendo, vivir por vivir, atenazado por el miedo increíble a que un día se termine la madera que quema, el terror a una realidad cerrada, conquistar por conquistar, pura dinámica de poder. Cuando está metido en algo, ya está pensando en lo siguiente que puede hacer. ¿Dónde apuntar? Ése es el pathos de la intuición – Prometeo con las entrañas devoradas por el buitre.

No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, sino apura el recurso hacedero. Píndaro

Camus pinta bien el retrato del espíritu de fuego, el hombre absurdo, en El mito de Sísifo: para él, no hay mañana. Todo es pasión. Vive con todas las consecuencias. Pero corre sobre el abismo sin nunca profundizar. Vivir en la superficie es su condena. Para escapar de eso, tiene que aprender a activar su parte de tierra.

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