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Othello en Barcelona > apaga la luz, y después apaga la luz

29 diciembre 2010

Son las ocho de la tarde. En el curro. El tercer amigo me acaba de decir que no, que no quiere venir al Lliure por si acaso quedan entradas libres para Othello, dirigido por Ostermeier, de la Schaubühne de Berlín. Nos ha puesto en lista una amiga de un amigo que trabaja de acomodadora allí, a la que justo conocimos este último findesemana de after con la cara pintada y un palique considerable, después de haber corrido disfrazados una maratón de ocho kilómetros ocho de obstáculos por allá Montjuic.

Dudo.

Anda ya. Que les den. Me voy solo a ver Othello. Tengo media hora para llegar allí volando en bici. Pillo el ascensor. Se cierran las puertas y justo entra una amiga. “Te apuntas al teatro?” “¿A ver qué?” “Othello. Molará.” “¡Vale!” Y así estábamos los dos a toda pastilla por Barcelona en bici, para llegar puntuales. Sólo quedaban dos entradas sueltas. Me toca la de primera fila. Justo entrando en el teatro y me dan un chubasquero. “Para la obra.”, me dice la acomodadora. Esto va a ser fuerte.


El Othello de Ostermeier es justo lo que busco en el teatro. Tocar el cielo. Devenir inmortal y, después, morir. Que los rayos solares de lo sublime te atraviesen el tórax desnudo y gritar de placer, sin palabras. Una puesta en escena moderna, pero no estridente, sino elegante, que canalice las pasiones que se desatan salvajes en el escenario. Actuaciones sinceras y potentes. Una playa llena de agua. Es Venecia. Los actores empiezan a tocar música que recuerda al ethno-jazz del etíope Mulatu Astatké y lentamente te sumerge en lo profundo de las sombras del espíritu humano. Othello, corpulento, un castillo humano, robusto y desnudo delante del público, es pintado de negro por Desdémona. La última mano de pintura la pasa Iago, delgado, un palo de carne blanda y blanca, una serpiente, que de repente lo coge de los cojones. Esta noche lo va a castrar.

Qué contraste entre Iago y Othello, cómo el primero va derrumbando la solidez del segundo gradualmente, cómo lo corroe por dentro lentamente, y cómo esto se plasma a nivel físico, metáfora visceral. Es espantoso. Y maravilloso al mismo tiempo, porque lleva la tensión dramática al máximo, que es lo que cuenta en esta vida. Sólo viven a fondo aquellos que se entregan.

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