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El curioso feedback suicida de la izquierda que llega al Parlamento

16 diciembre 2010

Porque es naïve, ingenua, un cordero entre lobos, cree, erróneamente, que cuando ya en el Parlamento uno se sienta a negociar con lobbies de intereses, pusilánimes convergentes, beligerantes senadores del Partido Republicano, lo que sea, etcétera, ellos van a prestarse a un debate racional y sereno sobre lo que más conviene al país. Alguien criticaba precisamente eso en el presidente Obama: creer que se encontraría interlocutores consecuentes, coherentes, racionales y con un sentido de la voluntad general. Es un error. Hay gente que atiende más a las razones del chulo piscinas que del gris gestor del dinero.

Sobre esta ingenuidad mayúscula (a la que tampoco puede renunciar, porque dejaría de ser izquierda), se fundamenta su política parlamentaria: así, inevitablemente termina descafeinando sus propuestas de reformas. El descafeinamiento provoca la desilusión de su electorado, que se aleja de ella. Este alejamiento de su electorado aumenta la debilidad de la izquierda en el Parlamento, que ya no puede negociar sus reformas con tanta fuerza. Esto hace que tenga que descafeinar aún más sus propuestas y así su electorado se termina desvinculando totalmente de lo que en un inicio había sido su primera opción. Éste es el curioso feedback suicida que empieza con Zapatero diciendo: “Os prometo que el poder no me va a cambiar” y termina con Zapatero declarando estados de alarma para sofocar huelgas, abaratando el despido y dando a los más ricos lo que es de los más pobres.

Esto no tiene por qué pasar así: la izquierda parlamentaria siempre será débil en sus negociaciones con el establishment, siempre la criticarán desde los mass media, pero tiene que tener en cuenta que su poder no reside en el número de sillones que hay en el Parlamento, sino en la base social que la apoya. Cuando se siente a negociar, tiene que decir que esto se hará así, que renuncia categóricamente a descafeinar sus reformas, y si éste o aquél no lo aceptan habrá boicots, huelgas, manifestaciones, hasta que caiga. La izquierda tiene que ser muy consciente de que implementar sus reformas será difícil, y que tiene que estar siempre conectada con donde reside su poder: la base social. Si no hay conexión, tenemos un electorado desilusionado y una izquierda débil que termina convirtiéndose en derecha.

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