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Cambiar Metrópolis, el hábitat del hombre-masa [para una nueva geografía urbana]

27 enero 2010

En el contexto social deslocalizado, el filósofo Emmanuel Levinas habla de la necesidad moral de restituir el valor del otro, de reconocer su rostro y reconocerlo como prójimo, sobre todo después de la hecatombe de la IIGM. Reconocer el rostro del otro no es más que empatizar con su dolor, sus miserias, sus alegrías y sus dudas; es darle una dignidad. Metrópolis, la ciudad alienadora que cosifica el ser humano, genera espacios vacíos donde los rostros quedan desdibujados y nadie se encuentra en el otro.

Dondequiera ha surgido el hombre-masa de que este volumen se ocupa, un tipo de hombre hecho de prisa, montado nada más que sobre unas cuantas y pobres abstracciones y que, por lo mismo, es idéntico de un cabo de Europa al otro. A él se debe el triste aspecto de asfixiante monotonía que va tomando la vida en todo el continente. Este hombre-masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado y, por lo mismo, dócil a todas las disciplinas llamadas «internacionales». Más que un hombre, es sólo un caparazón de hombre constituido por meres idola fori; carece de un «dentro», de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se pueda revocar. De aquí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga -sine nobilitate-, snob.

Ortega y Gasset, La rebelión de las masas

El hombre-masa, the average man of today, es el niño sin cara de Pink Floyd: alguien infantilizado que ha renunciado a sus responsabilidades para con el otro. Ha delegado funciones esenciales del ciudadano como la política o la educación, tareas que todos tenemos que llevar a cabo en una comunidad cohesionada, en especialistas ajenos que ni les va ni les viene. La deslocalización social, por lo tanto, conlleva dejación de responsabilidades en la política y en la escuela, pero también es causa de delincuencia: es más fácil robar a quién sólo se ve como una víctima (y no como una persona). Igualmente, promueve también la conflictividad social: sin ir más lejos, los problemas en la organización territorial de España muchas veces vienen por la incomprensión que mantienen sus pueblos, sólo entendiéndose mediante una prensa morbosa que funciona a golpe de titular.

Personalizar las relaciones humanas – es algo que la postmodernidad ha destruido. Paradójicamente, la inmediatez de las nuevas tecnologías, básicamente el transporte de información y de personas, ha supuesto hacer las relaciones más superficiales; todo el mundo a su bola, desperdigado entre las líneas de cemento y asfalto, y conectando con alguien cuando con necesidad de calor humano. Conozco a gente de toda Europa a la que guardo muy cerca de mi corazón, pero es inevitable perderles la vista cuando las vidas se bifurcan y adiós muy buenas. Comunicarme con esa gente, tan lejana de hecho, es bonito, pero termina por construir un paisaje emocional muy extenso pero totalmente atomizado, con ligeras interacciones entre largos periodos de silencio.

The nineteenth-century dreams of a social order, in which the benefits of capitalism are retained through the creation of a quiescent working class, are dreamed in a strongly spatial form.

Bill Hillier and Julienne Hanson, The Social Logic of Space

En sus investigaciones de geografía urbana, Hillier y Hanson demuestran que las comunidades urbanas fueron rediseñadas en la época victoriana para reproducir y reforzar las jerarquías sociales. Mediante simulaciones por ordenador estudiaron diversos patrones espaciales de comunidades, desde pueblos tradicionales hasta urbes modernas, para encontrar que el proceso de urbanización había tendido a incrementar y diversificar las interacciones personales hasta la introducción de nuevas plantillas urbanísticas durante la Revolución Industrial, plantillas que deliberadamente o no reducen los encuentros sociales y fragmentaban las comunidades, desalentando la actividad colectiva y manteniendo al personal pasivo bajo una autoridad impuesta. Tanto los bloques de pisos como el conjunto diseminado de urbanizaciones ajardinadas, según Hillier, “son extremadamente efectivos a la hora de reducir la comunidad”.

Por tanto, como hacían los antiguos socialistas utópicos, la izquierda tiene que integrar el urbanismo en su visión para una nueva sociedad más justa, sostenible y plena. Así, es totalmente necesario construir las ciudades desde un punto de vista que comprenda el uso que la gente hace del espacio y, de este modo, recuperar el tejido social.

[el quinto párrafo contiene traducción literal de un fragmento de Critical Mass, de Philip Ball. Libro altamente recomendable]

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