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El capitalismo es un fracaso, por haber puesto precio al espíritu humano (3)

19 enero 2010

3) El capitalismo es un fracaso por haber puesto precio al espíritu humano. Quizá este punto parece demasiado retórico, demasiado filosófico (y por tanto poco realista), y se cree sólo con el único objetivo de hacer de esta miniserie una trilogía del fracaso. Pues no, la verdad. Es la estocada retórica final. El capitalismo no es sólo esencialmente injusto e insostenible, sino también cosificador, y eso tiene una importancia histórica de primer orden.

En su librillo de fácil lectura Introducción para una metafísica de las costumbres (1785), Immanuel Kant hace una distinción central: según él, las cosas, que sirven como instrumento para un fin en particular, tienen un valor, un precio. En cambio, la persona, que es un fin en sí mismo, tiene una dignidad. Este es el humanismo que caracterizó la Ilustración en su revuelta contra la superstición y el oscurantismo, un humanismo totalmente ausente en los totalitarismos comunista y fascista del siglo XX, que consideraban a la persona como un mero instrumento al servicio de la ideología; en esta línea, estaríamos de acuerdo con Isaiah Berlin, que comenta la irracionalidad característica de estos sistemas, en el que Lysenko manipulaba los descubrimientos en genética para encajar con el marco marxista de pensamiento, como si fuera otra vez la Inquisición y eppur si muove.

Pero no, no estamos de acuerdo. Como muy bien señalaron Adorno y Horkheimer (Dialéctica de la Ilustración, 1944), el totalitarismo es hiperracional. Tan racional, que no duda en ignorar la realidad si tiene una buena teoría (ideología, en este caso). Tan racional, que no duda en tomar la persona como mero instrumento al servicio de la ideología y, por tanto, transformarla en algo y ponerle un precio. Es la razón técnica que en su delirio transforma las personas en cosas. Así, en brillante giro dialéctico, aquel par afirman que los totalitarismos del siglo XX, lejos de ser productos de la irracionalidad, son precisamente los hijos naturales de la Ilustración. Exacto: el sueño de la razón produce monstruos. La razón técnica nos ha permitido llegar tan lejos a los humanos: como decíamos, ha conseguido ir ampliando el umbral de vida (la carrying capacity famosa) que nos permitía ir venciendo el ambiente, haciéndonos cada vez menos vulnerables a ella, hasta poder decir que la naturaleza, finalmente, ha sido conquistada. La razón instrumental, por tanto, es a nivel biológico una formidable arma evolutiva, un Terminator adaptativo. No es una sorpresa que la Ilustración la coronara en su altar y le exigiera reverencia. Sin embargo, el esencial vacío de la razón técnica, un instrumento al final (ahora lo sabemos, sí), peligrosamente la desprovee del humanismo, tan necesario, y en su delirio y soberbia todo es un medio a su servicio.

Destruidos los totalitarismos, cualquiera diría que estamos a buen refugio del afán reduccionista de la razón. Pero no, lo ha vuelto a hacer: la ideología mercantilista que caracteriza el capitalismo, a pesar de ser extremadamente individualista, ha puesto precio al espíritu humano, esta vez no un número en los fríos cálculos de un burócrata del Estado, sino un número en el libro de cuentas de un empresario del turismo de Blanes. El capitalismo se ha convertido, por tanto, en un totalitarismo de segunda generación.

Pero y la libertad?, preguntaréis, pilar de nuestro sistema social …, molestos además por dudar de algo ausente en España hasta hace sólo treinta años. Pero, como dijo Lenin, libertad … para qué? Para eso? Es que la libertad de prensa existe para poder retratar la hija de Belén Esteban o hacer la crónica del asesino en serie de turno de Quintanilla de Onésimo? La libertad de manifestación, para salir a la calle en contra de la bajada del Betis a Segunda División? La libertad de empresa, para dedicarse a enriquecerse a expensas de los otros, sea en forma de banco, chiringuito de playa o urbanización? La libertad de opinión, para la existencia de las muy profundas tertulias de 59 segundos? La verdad es que, a pesar del saludable ejercicio de demagogia, este es el panorama que se encontraron Adorno y Horkheimer en exiliarse en Estados Unidos, huyendo de la Alemania nazi. Después de haber luchado con tantos esfuerzos para obtener la libertad, al final la más preferida de todas era la libertad de sofá y tele.

Por un lado, no deja de ser curiosa tanta predilección por la libertad, tanto de romanticismo por algo que la gente nunca ha sabido definir muy bien. La libertad, para qué? Aun así, bien convencidos por algún motivo no muy claro, muchos se han dedicado a ir desmantelando las instituciones de poder, tanto teóricamente (Freud, Nietzsche) como en la práctica (el feminismo, la socialdemocracia, el hippismo, el positivismo científico, el nihilismo, etc). Al final, sólo queda la arbitrariedad de la razón instrumental. Así, hemos vivido un proceso histórico de desmantelamiento de las estructuras culturales de nuestra sociedad y lo hemos vivido de manera positiva, creyendo de que era el progreso que nos llevaba a hacerlo. Pero una vez finalizado el proceso, nos encontramos con una falta de dirección insultante, riéndose en la cara de tontos que se nos ha quedado cuando hemos visto que detrás del muro no había nada. Es ahora que nos damos cuenta que el ser humano es incapaz de vivir sin estructuras culturales y que éstas no necesariamente deben ser malas, es ahora que hay que reconstruir una estructura cultural que cohesione una sociedad hoy en día movida por la arbitrariedad.

Una arbitrariedad que caracteriza el escenario social actual, del cual el capitalismo se beneficia y potencia. Predicha por Marx y análoga al gregarismo biológico para gestionar los recursos con más eficiencia, la tendencia natural del capital a concentrarse lleva a una efectiva acumulación de poder económico en grandes oligopolios multinacionales, esta vez sin competencia, es el capitalismo que se autocontradice, el libre mercado que se esclaviza a sí mismo. 52 de las 100 economías más grandes del mundo son grandes corporaciones transnacionales; como ejemplo de oligopolio, Tesco y Sainsbury controlan el 57% del mercado verdulero de Londres y sur de Inglaterra y hay muchos más casos. Según Monbiot, esto no sólo destruye la cohesión social de las comunidades locales, sino el mismo concepto de democracia. Desde las grandes alturas de un oligopolio que escapa al control democrático, el individuo pierde su dignidad y pasa a ser un mero consumidor del cual se extrae beneficio económico. Incluso el tiempo libre es consumido en centros comerciales, discotecas, bares o multicines y siempre desde una paradójica venta de libertad en forma de fiesta noctámbula o escapada de fin de semana en Dubrovnik. El consumo, el opio del pueblo. Y la libertad también se consume.

Ciertamente, hay una lucha entre un poder global que por su propia dinámica transforma el espíritu humano en su instrumento y un poder local que resiste. En un lado del ring, una alianza entre poder político y económico a nivel mundial, la situación privilegiada del que se beneficia de la anestesia en la que viven las masas. Es el Big Brother – y es que ya han pasado 26 años desde 1984. Ahora ya hay escáneres que te desnudan en los aeropuertos y pseudo leyes antiterroristas – todo por nuestra seguridad, claro. En perverso doublethink, los herederos de quiénes luchaban por la libertad son ahora sus carceleros.

Al otro lado, estamos nosotros.

2 comentarios

  1. Como bien comentas en tu post y como acertadamente dijo Adorno, la razón del hombre se constituye como una herramienta instrumental en tanto que se dirige al dominio y control de su entorno. La construcción de esta razón durante la historia conlleva, necesariamente, que el hombre pierda, como dices, su humanismo, en tanto que su estructura mental se constituye bajo los parametros de la racionalización, íntima amante del capitalismo, y necesariamente, ve devaluadas su humana cualidad en simple cantidad, de modo que pueda adaptarse a la estructura capitalista. La despotica industria cultural en la que vive sometido, la perdida de su libertad, o mejor dicho, la comercialización de su libertad, no son sin embargo monstruos producidos por el capitalismo a los que se ve sometido, sino que se trata de productos que necesariamente surgen de y para este tipo de razón… entonces, de que se trata, ¿de cambiar el sistema en el que vive cosificado el hombre o de cambiar su estructura mental y racional? Porque si esta razón instrumental es, al fin y al cabo, la causante de la situación en la que vive el hombre, ¿como vamos a cambiar el sistema si la razón por la que ha sido creado se mantiene, de todos modos, como una herramienta de cosificación?


  2. todo es mercancía y si no es vendible no existe.



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