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O federalismo o independencia – (des)encajando Catalunya y España

8 enero 2010

Como era de prever, no se podía tardar mucho en sucumbir a los gritos de las masas en estos momentos de fervores constitucionales y presidentes de clubes de fútbol que se meten en política y tocar tarde o temprano el tema del (des) encaje de Cataluña en España, pero no de manera ligera y poco enrevesada, claro, sino en la línea teórica que por aquí nos trae.

Supongo que ante todo hay que comentar que el problema catalán no es nada exclusivo. Si llamamos expolio al flujo redistributivo de dinero desde poblaciones más ricas a más pobres mediante impuestos, pues sí, la Campania está expoliando la Padania o Sajonia Baden-Württemberg y Baviera, por citar dos Estados relativamente mononacionales. Este flujo de dinero es simplemente un resultado del carácter redistributivo de los impuestos, cosa idiosincrásica de las socialdemocracias europeas, y punto y coma, pese a los problemas políticos que conlleva, sean los Estados plurinacionales o no. Además, las tensiones entre centros de poder son bastante congénitas a la cosa, al margen de nacionalismos: vea la rivalidad Tarragona-Reus o Manresa-Vic en el mismo territorio catalán. Igualmente, hay que decir que esa misma realidad plurinacional se hace extremadamente difícil de encajar en el Estado-nación prototípico y sólo hay que ver como las llevan a Bélgica, Georgia o Yugoslavia, por citar tres casos europeos. Así, no estamos hablando de un problema exclusivo entre Catalunya y España, de opresión de un pueblo o tacañería, sino de problemáticas realmente esenciales a nivel político. Por aquí hay que abordar el tema y no por mesianismos de uno y otro lado.

En la línea de este bloguero de dar pan al enemigo (para luego quizás decapitarlo, no iremos a descubrir nuestras intenciones), reconoceremos igualmente que, igualmente como la derecha política mezcla en su programa intereses oligárquicos inadmisibles con intentos de hacer el Estado de Bienestar más eficiente, pues el nacionalismo catalán mezcla los intereses clientelares que comentábamos al inicio de la carrera con un intento de solucionar las susodichas problemáticas políticas de un Estado con riqueza no distribuida homogéneamente y no mononacional. Igualmente, el nacionalismo español mezcla un clientelarismo obseso con el intento de preservar y defender una estructura política, el Estado español, que tampoco funciona tan mal y que, al fin y al cabo, los demás quieren sabotear.

estais como los judios esperando al Mesias. Teneis una idea que creeis ganadora – la salvación por la independencia- pero no teneis a nadie con la capacidad suficiente ni para explicar, con todas sus implicaciones, en que consistiria esa salvación – más que quedarse con los duros que os “roba ” Restoespaña- ni para gestionar un traspaso de soberania, establecimiento de fronteras, gestión de la deuda y todos los pactos que conlleva una secesión más o menos amigable.Es como el niño que quiere la WII, o que le concedan el deseo de que se cumplan todos sus deseos,sin importarle nada la situación de los padres ó que las fábulas no son reales.
Os falta lo que había en Eslovaquia y Montenegro. Un partido independentista y de gobierno. Y que gobierne una temporada. No un partido independentista cuyo objetivo sea, exclusivamente, la independencia y empiece a pisar callos de los tibios propios y los fríos vecinos. No creo que envien a la OTAN para tener las razones de Kosovo., asi que relajaría un poco ese ardor, no sea que todo acabe en un gatillazo y una visita al psicoanalista.

Exacto, es que es éste el problema. El nacionalismo, tanto el de Estado como sin Estado, son los padres. No plantea nada jugoso, nada nuevo que supere efectivamente un marco político que es anacrónico y obsoleto. Después de todo, la independencia de Cataluña como Estado-nación comportaría los mismos conflictos territoriales por la pasta que ahora en España o en Europa, así como los conflictos que aparecen por tener un territorio esencialmente bilingüe, es decir, plurinacional. El soberanismo catalán habla de un horizonte “en el que finalmente seremos libres”, cuando el caciquismo tanto pujolista como montillista seguiría igual y Fèlix Millet aún en el Palau de la Música. El nacionalismo, tanto el español en Cataluña que denuncia que le imponen una lengua o el catalán que habla de esta libertad total y hipotética, parecen desconocer en el fondo los principios del pensamiento político: un Estado siempre tiene el derecho a imponer una homogeneización cultural en la comunidad que rige y que, ciertamente, le ha cedido soberanía. La libertad total pero total de la muerte es la de Robinson Crusoe y esto lo ignora el ciudadano tipo de hoy en día, que cree que puede hacer lo que le da en gana pero viviendo en sociedad, en triste imitación del Berlusca, paradigma de la libertad liberal , que no es más que una rabieta con champán y putas.

En el fondo, no es España, sino el mismo Estado que está en crisis, y en todo el mundo: no se plantea como una buena solución política a las problemáticas actuales y por tanto se convierte en parte del problema. Es más, la posmodernidad, como decíamos duelo demasiado largo sobre el cadáver de la Ilustración, ha desactivado totalmente la confianza del ciudadano en la capacidad de acción colectiva de su propia sociedad, precisamente ahora, ahora que hace falta más que nunca. Por lo tanto, hay que volver a tejer el tejido social y devolverle la responsabilidad política que el liberalismo le arrebató, ahora totalmente delegada (y dejada de estar) en el Parlamento, soberano y reflejo de la voluntad nacional, como dicen en Madrid y en la sede de CiU, pero yo, federalista que soy, no me los creo.

Y es que es el federalismo aquel modelo político que no arranca maléficamente la libertad a las personas y la mete arbitrariamente en un lugar con 135 o 350 sillas, porque no plantea una democracia sino esencialmente directa y no representativa, donde los ciudadanos deciden asociarse libremente a la comunidad política que más les plazca, en pleno uso de su soberanía. Es la salsa de la izquierda política: el cacareado eje nacional está efectivamente totalmente contenido en el eje ideológico, donde en este tema la derecha es más de lo mismo en su artificial diseño del ciudadano modelo de la nación modelo: heterosexual, católico, monógamo, dos hijos y etcétera porque ya me cansa.

En teoría política se habla de gobernanza o de relaciones de micropoder (Foucalt). Los diferentes niveles de organización política se entrelazan dinámicamente a velocidades demasiado rápidas para un poder central que los controle, que al final no deja de ser una miríada de micropoderes. El poder, en definitiva, es esencialmente local, ejercido de una persona sobre otra en forma de violencia, autoridad académica o policial o mera influencia a la hora de elegir el plato en el menú. El Parlamento representativo no es más que una utopía, una broma demasiado gastada. Devolver el poder a un tejido social regenerado-este es el objetivo del federalismo. Como decíamos, el tejido social no es una colección de puntos indistinguibles, como nos quiere hacer creer el individualismo mercantilista imperante, sino una marea de comunidades que emergen dinámicamente y desaparecen de la misma manera, interactuando y interrelacionándose de formas complejísimas. El federalismo es, por tanto, una dirección de trabajo que debe enfrentarse a dos cuestiones centrales que abordaremos en otro post: a) cómo se coordinan y se autoregulan los nodos (y los clusters) de la red política federal y b ) como se evita la aparición de comportamientos antisociales (ie anticooperadores) sin tener que recurrir al KGB: la revolución bolivariana desde una perspectiva científica.

Sin embargo, no fue hasta el 4 de enero del nuevo año 1413 que convocó las Cortes de Cataluña en Barcelona para jurar las constituciones del Principado, requisito fundamental para coronarse conde de Barcelona. Después de la coronación tuvieron lugar las sesiones ordinarias de las Cortes. Fueron especialmente duras porque Fernando [de Antequera] no estaba acostumbrado al pactismo catalán: fue el primero de los reyes castellanos a inaugurar la tensión monarquía – cortes catalanas que caracterizará toda la historia de la Cataluña moderna hasta el siglo XVIII. Acostumbrado al tipo de monarquía autoritaria castellana quería dos cosas:

1) Que los notables allí reunidos perdonan los elevados deudas que la monarquía catalana había contraído desde el reinado de Pedro III el Ceremonioso y 2) Que le concedieran elevados subsidios

Ni siquiera aquellos que durante el interregno le habían apoyado secundaron y el nuevo rey se encontró solo ante las Cortes. Un día de especial furia se levantó y, ante el estupor de los diputados, gritó exasperado que él “había muy bien mercado este regnado, y como le había costado más de mil doblas de oro” haciendo referencia sin querer al dinero que se había gastado durante el interregno para ocupar Aragón y Valencia y para asegurarse el resultado del Compromiso.

Mi legendario optimismo irreductible me lleva a confiar a ciegas en un modelo político federal, sea éste aplicado en España, Cataluña o en Fuentealbilla. Ahora bien, todos conocemos (o deberíamos hacerlo) el historial político de España, donde los reyes visigodos caían por precipicios cuando paseando con su hermano o militares encontrando inesperadamente una vocación política: la cultura política española ha sido históricamente más de la bronca, notablemente más autoritaria que el pactismo que siempre ha caracterizado la tradición política catalana. La telenovela estatutaria ha sido similar, en tanto que tomadura de pelo, al compromiso de Caspe de 1412: los representantes de Cataluña intentando hacer las cosas ajustadas a lo jurídico, mientras Fernando de Antequera sobornaba y promovía la violencia civil y militar tomando los demás por idiotas. No, amigos, en este caso, sólo hay una segunda opción: pasar de esta piedra inmóvil en el zapato que es la España rancia y proclamar la independencia. No hay que pedir permiso a nadie. Y es que o federalismo o independencia no es más que una refinada manera de proclamar que a nuestra manera, o carretera.

2 comentarios

  1. A tall d’exemple…
    A frança s’en diu monarchomaques a aquells il·lustres que legitimen el regicidi per mitjà de valors morals o religiosos, conceptualment és interessantíssim, a la pràctica portà de nou al totalitarisme absolut després de carregarse uns quants dels nous monarques “diferents”.
    I sense voler aportar unes conclusions teleològiques, el poder corromp i decepciona però això no li treu el seu interès.
    Les institucions heredades malgrat ser deficiens no són pitjors que les prototipiques si com va fer el mestre podem separar la moral dels fets, sense que això impliqui una manca de moral si no l’aplicació eficaç de lleis.

    Ara si m’agrades reïetó!


  2. Nosotros no pretenderíamos nunca hablar de las masas. A las masas que las parta un rayo. Nos dirigimos al hombre, que es lo único que nos interesa; al hombre en todos los sentidos de la palabra: al hombre in genere y al hombre individual, al hombre esencial y al hombre empíricamente dado en circunstancias de lugar y de tiempo, sin excluir al animal humano en sus relaciones con la naturaleza. Pero el hombre masa no existe para nosotros. Aunque el concepto de masa pueda explicarse adecuadamente a cuanto alcanza a volumen y materia, no sirve para ayudarnos a definir al hombre, porque esa noción físicomatemática no contiene un átomo de humanidad. Perdonad que os diga cosas de tan marcada perogrullez. En nuestros días hay que decirlo todo. Porque aquellos mismos que defienden a las aglomeraciones humanas frente a sus más abominables explotadores, han recogido el concepto de masa para convertirlo en categoría social, ética, y aún estética.

    Antonio Machado. Sentencias y donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo’. 1936



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