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Cae el muro de Berlín: el comunismo derrota el capitalismo

22 diciembre 2009

Hoy El Periódico publica El Barómetro de España, con victoria y confeti para el PP, una vez más porque la izquierda sociológica decide quedarse en casa repantigada el sofá, oséase, una caída de 7 puntos del PSOE desde 2008 y 3 puntos para el PP, colega. Podríamos tener en cuenta como el Periódico intenta movilizar a la izquierda cuando pronostica la amenaza de un gobierno pepero. Podríamos considerar cómo la crisis se ha cargado a Zetaparo, mientras que Merkel o Berlusconi siguen tranquilamente sentados en sus poltronas, al margen de matanzas afganas o catedralazos varios. También se podría tener en cuenta que existe algo más allá del bipartidismo y que IU o UPyD suben de escaños y el último también en porcentaje.

Berliner Mauer

Pero no lo haremos, en la habitual línea de un servidor de ignorar la realidad cuando ésta puede cargarse una buena teoría. Hablaremos de la crisis-victoria de la Izquierda. Quizás los ciudadanos honrados que leen este blog se han percatado que textualmente se afirma que el comunismo derrotó al capitalismo y habrán pensado en aquella anécdota donde una agencia de viajes ofertaba compre 2 viajes pague 3 en medio de la euforia general de clientes poco agudos. No, hoy no estamos en 28 de diciembre y, ciertamente, sí, la caída del muro de Berlín certificó la derrota del capitalismo por parte del comunismo. Según la ortodoxia marxista, el motor de la Historia es la lucha de clases, una tensión dialéctica entre la clase oprimida y la opresora, entre esclavos y ciudadanos libres, entre plebeyos y patricios, entre burgueses y nobles, etcétera, hasta llegar al siglo XIX y burgueses contra proletarios. El ideal de Marx (y el mío y espero que el tuyo también) era la sociedad sin clases donde prevalecerían libertad, igualdad y solidaridad (paradójicamente los valores de la revolución burguesa de 1789). Para abolir las clases, había que hacer la revolución, mediante un partido político que tomaría el poder. Un poder que ahora mismo, casualmente, está en manos del Partido Socialista Obrero Español (o del Labour en UK), y eso después de haber luchado, reivindicado y conseguido una serie de derechos políticos y sociales para los que, ahora, ya no son proletariado, sino que igualmente pueden volar con Ryanair o amueblar a la casa con Ikea.Y es que la revolución marxista ya ha tenido lugar y ahora ya no tenemos clases, sino una sociedad de masas donde el actor político más relevante es, precisamente, La Masa. “Sí, hombre, claro, las desigualdades económicas siguen existiendo”, diréis. Pero la Masa está aquí y es inevitable. No la podemos ignorar. Políticamente es quien decide si gana PP o PSOE (o CiU o PSC, si se prefiere), reguladora de la sagrada y muy saludable alternancia política. Económicamente, decide las leyes de la oferta y la demanda en definitiva, sean bambas converse o Salsa Rosa. En el fondo, aunque existan diferencias socioeconómicas reales (y tan reales…), la mayoría de la población se identifica, estudios sociológicos afirman, con esta clase media que es la Masa, una clase que no entiende de lucha de clases, ya no queda nada de tensión dialéctica y por eso la cuerda de la Historia se ha aflojado miserablemente. Así, tal como Marx quería, hemos llegado a su fin: el Milenio comunista. La caída del muro de Berlín, por tanto, certificaba que la democracia de masas había ganado la partida y que ya no había una separación real con las élites, quizás sí económica, pero no cultural.

la_masa_01

Y se puede decir más claro, pero no más demagógico: la Izquierda ha finalizado un ciclo político que empezó con la Revolución Francesa de 1789. Planteó una serie de reivindicaciones sociales que han sido asumidas por la sociedad en general y la derecha en particular. Ya no hay absolutismo, ni sufragio censitario, ni jornadas de dieciocho horas y sí un Estado de bienestar que da educación y sanidad y esta vez es la derecha que en mayor o menor grado aplica estas mismas políticas y pretende hacerlas más eficientes, chocando con los intereses de muchos grupos de presión, paradójicamente ahora defendidos por la izquierda, y que de manera sistemática (estudiantes, por ej.) dicen No a cualquier reforma. Un No esencialmente conservador, que rechaza cualquier cambio de estatus, y que con este boicot permite a la derecha mezclar su parte voluntad real de mejorar las cosas con sus propios intereses económicos. Precisamente, este boicot sistemático es indicador del grado de desorientación de una izquierda política que no tiene ningún tipo de proyecto a largo plazo, precisamente porque acaba de finalizar, con un éxito rotundo, su proyecto político anterior a largo plazo, poniendo punto y final a todo un ciclo histórico.

Ahora todo es pop, incluso la política y el arte. Las elecciones en cuatro años han convertido la democracia en un sistema a corto plazo y la izquierda se ha acomodado a este sistema, un sistema político que se revela incapaz de hacer frente a las grandes problemáticas del siglo XXI, una sociedad basada en la mediocridad y el infantilismo (debido a la continua delegación de responsabilidades inherentes a la condición de ciudadano en políticos o educadores, por ej.), educada en el consumo y el mercantilismo propios de una economía totalmente insostenible ambientalmente y que genera desigualdades económicas sistemáticamente, y que gradualmente renuncia a defender las garantías democráticas por las que nuestros antepasados lucharon. La cuestión central, en definitiva, es ésta: el bienestar económico al que puede acceder una mayoría de la población ha causado su desinterés por la cosa pública (la política está desacreditada porque los ciudadanos ya no se interesan, no al revés) , destruyendo la capacidad de acción colectiva de la comunidad, acción esencialmente política, y que ahora necesitamos más que nunca. El aburguesamiento económico y por tanto también mental, síntoma contradictorio de la victoria de la izquierda, es un hecho social, como lo fue, sin ir más lejos, con la decadencia tanto de la República Romana como del Imperio Romano, dos situaciones políticas en las que la cuerda de la Historia dejó de estar en tensión, con desenlaces cualitativamente diferentes.

Precisamente, recuperar la tensión dialéctica de la Historia es el reto del nuevo ciclo histórico que la izquierda debe encabezar: plantear un modelo social, político y económico que básicamente supere la democracia de masas y se caracterice por una democracia auténticamente popular, eficiente y transparente (tema que abordaremos próximamente). Un proyecto político a largo plazo que, sin ir más lejos, no implique una caída de 7 puntos en las encuestas. Por favor.

6 comentarios

  1. Me siento bastante identificada con esta necesidad casi física de recuperar las tensiones históricas que tan bien irían para formarnos una identidad, para tener motivos en la vida. Sin embargo, creo que ese aburguesamiento mental consecuencia del económico del que hablas, propiciado por un consumo de masas casi generalizado (puedo no tener dinero para comer, pero ay la! tengo móvil), forma parte del enemigo.

    Antes los enemigos eran visibles, eran dictadores identificados, salir a correr a la calle delante de los grises era lo que se debía hacer. Ahora, también a consecuencia del secuestro de la política por parte de los partidos (listas cerradas, falta de transparencia con el ciudadano, corrupción, dominio absoluto de las técnicas informativas -en las ruedas de prensa no se contestan preguntas, en los mítings ellos mismos graban sus vídeos y la prensa no puede hacerlo-), los ciudadanos están perdidos en un marasmo de partidos que no saben qué coño es lo que proponen, y en el caso español, se vota al menos malo, algo, a mi modo de ver, absolutamente antidemocrático. Y luego resulta que nuestro gobierno progresista, debajo de algunas medidas sociales francamente loables, no cambia ni un ápice su política exterior, siguen siendo unos lameculos del poder, tampoco cambia su estructura económica para hacerla más justa. Sigue dando cancha a las macroempresas, siguen vendiendo armas a Israel, a Marruecos, propician (indirectamente) la privatización de los sectores públicos al rejarlos a la cola a nivel presupuestario.

    Francamente, ante tanta ñoñería, inmovilismo, ante tanta comida de olla del mercado -tengo miedo a perder lo que tengo, y por eso sólo miro por mi interés-, que lleva intrínseca una concepción absolutamente individualista del hombre, prefiero un enemigo visible que irrite tanto a la gente que saque a la calle, sólo el PP es capaz de hundir de ira el país. Lo prefiero a seguir con el puñetero “voto útil”, que no es la voz de la izquierda.


    • Aciertas en que ya no hay enemigo, precisamente por la misma disolución de la tensión histórica. Pero es que ésta es una buena noticia: las propuestas ya sólo pueden ser en positivo y no en-contra-de. Es más y quería comentártelo la otra vez, no creo que haya ninguna inteligencia detrás de las maldades de este mundo (para mí es un sentimiento casi religioso), es todo un devenir histórico y el aburguesamiento mental también. Hay quién se aprovecha de ello, pero no ni el culpable ni el instigador de eso.
      La “creación de tensión histórica” tiene que venir por parte nuestra, en positivo; plantear la construcción de un modelo social radicalmente nuevo, que afronte las problemáticas del siglo veintiuno. Sólo falta mirar hacia delante y no hay nada; esto es porque aún está todo por hacer.

      Saludos,


  2. Mis disculpas:

    “no creo que haya ninguna inteligencia detrás de las maldades de este mundo (para mí creer en que existe es un sentimiento casi religioso)(…) Hay quién se aprovecha de ello, pero no es ni el culpable ni el instigador de eso.”


  3. Estoy completamente de acuerdo en que tiene que venir de nosotros, pero supongo que el síndrome de la sospecha me ha invadido ciertamente (al conocer en bastante profundidad algunas problemáticas actuales), digamos que veo un enemigo tan grande y tan difuso que asusta, como una especie de virus. Como si hubiera ciertos despachos secretos en los que se diseña el devenir del mundo. Creo que como dices, este sentimiento tiene algo de religioso, pero también creo que en él hay algo de verdad. Lo que no puede suceder, como expresas en tu visión positiva, es que por este sentimiento de impotencia nos refugiemos en la absoluta pasividad. Tenemos un gran poder como sociedad civil. Y la pérdida de esta confianza en nuestra fuerza es lo que hay que recuperar. Porque es inmensamente grande, y porque al “maligno”, da igual si existe o no, es lo que le da más miedo. Las relaciones y acciones de las pequeñas hormigas humanas que no puede controlar y que, como ha demostrado la historia, pueden acabar con todo. Somos la realidad.


  4. Plas, plas, plas


  5. […] de un fundamento teórico, recuperando la iniciativa en el plano político que se perdió cuando el primer ciclo histórico fue finalizado. Ya no tiene sentido de seguir considerando a la izquierda parlamentaria, estatalista y sometida a […]



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